Paco Mora. DICKENS

Dickens

 

Entre otras, hay dos características que distinguen a muchos de los escritores actuales digamos “serios”, es decir, a aquellos que buscan la excelencia en su obra, no el rédito bestselleriano que satisface la bolsa aunque para ello haya que reducir a escombros la literatura. La primera es cierto rechazo por el libro de encargo, error muy extendido que olvida que si pintores o músicos, por ejemplo, hubiesen pensado así, nos habríamos perdido incontables piezas maestras de la pintura y la música de todos los tiempos, realizadas, precisamente, por encargo. La segunda es la consideración de que toda obra de arte debe hacerse sin tener en cuenta al público al que se dirige, como si fuese pecado querer gustar y ese “gusto” mermase necesariamente la calidad; cuando el pecado, de haberlo, reside más bien en la condición onanista que tal postura implica. El genio, el talento, el rigor, la exigencia, están muy por encima de estas fruslerías y, cuando se dan, se dan sin porqué y en toda circunstancia. Cumplimos estos días el bicentenario del nacimiento de un clásico: Charles Dickens, escritor colosal que no solo publicaba sus novelas por entregas –cual cutre serial telecasposo-, sino que, entre entrega y entrega, recogía el parecer de sus lectores y variaba los argumentos conforme a sus opiniones. Lo que no le impidió escribir, como mínimo, media docena de obras maestras, en las que, además, se mojaba hasta los huesos por defender la dignidad del ser humano, denunciando la explotación laboral del proletariado –incluida la infantil-, la pena de muerte o la esclavitud, por ejemplo. A ver si se nos pega algo y leemos más, y mejor, a los grandes.

 

El Día de Cuenca
15 de febrero de 2012