Paco Mora. GRISURA

Grisura

 

Avanza la grisura, se expande sin remedio. Comienza a percibirse el día a día como una cenicienta aventura en lo gris donde pareciera que nunca pasa nada –al estilo de alguna de aquellas soporíferas películas de los años 70 llamadas de arte y ensayo-, mientras, paradójicamente, todo se derrumba alrededor, o sea, en los adentros del prota del film. Me dice mi amigo Sebastián, muy preocupado, que ha vuelto a soñar en blanco y negro, como en tiempos antañones en los que, como la única ventana por la que nos asomábamos al mundo –al mundo que querían asomarnos- era una tele que emitía en tonos grises, cuando conoció “en persona” a Fofó, el payaso de la tele de entonces, y vio que vestía de rojo, creyó que aquel Fofó en colores era un imitador, un mal dibujo animado con el que pretendían darle gato por liebre. En la empresa donde trabaja mi amigo han recibido con inquietud, no es para menos, la reforma laboral que, si como admiten hasta los que mandan –me dice-, no va a traer más empleo ni nada, ¿para qué sirve?, ¿para que la patronal sonría satisfecha? Avanza el gris, y lo peor es que el personal lo acepta como inevitable –se queja Sebastián- con ese “es la voluntad de Dios, resignación” que en el medioevo servía de coartada al poderoso para someter obscenamente al pueblo analfabeto y miserable. Dice mi amigo que ha oído que el único negocio boyante hoy es el de artículos de lujo: se han disparado las ventas; a los precios indecentes de siempre, claro. Después, como cambiando de tema, Sebastián me comenta con tristeza que anda enfrascado en la lectura de “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, de Stieg Larsson. Miedo me da.

 

El Día de Cuenca
22 de febrero de 2012