Paco Mora. DEL BROTE AL SIGNO

Del brote al signo

 

Se supone que desde que se creó la palabra, el lenguaje sirve –además de para poder articular el pensamiento- para entendernos, porque a fin de cuentas la palabra es el hombre, la esencia que lo singulariza (lo hace racional) frente a las demás criaturas del planeta. Claro que, desde entonces, aquel mamífero, que en nada se distinguía de cualquier otro simio, se fue transformando a la vez en un ser manipulador, egoísta y tramposo. Es lógico: descubierto el poder de la inteligencia, ¿por qué no utilizarlo para someter incluso a los de la propia especie?, ¿por qué compartir ese poder entre todos cuando se toca a mucho más acaparándolo entre unos pocos? Con el lenguaje, el hombre ha creado el antilenguaje: la palabra torticera, enredosa, hueca, que lejos de servir para entendernos, se “inventa” para falsearnos, embaucar y engañar. Y no, no estoy hablando tanto de eso que llaman corrección política, que impide que a un negro se le llame negro –so pena de que te tilden de racista-, o decir poetas si de inmediato no decimos “y poetos” –porque lo contrario es discriminatorio y sexista-. ¡Cuántos tabúes y prejuicios! No, hablo sencillamente del eufemismo, esa expresión vergonzante que encubre una verdad que nos resulta intolerable: si le metemos una bomba en el pecho a un niño es mejor llamarlo acción armada o daño colateral que asesinato, dónde va a parar. Zapatero hablaba, mientras la economía del país se desangraba a chorros, de “brotes verdes”. El actual ministro del ramo –seguimos chorreando crisis a cántaros- habla ahora de “signos incipientes”. ¿Qué será lo próximo? ¿“Briznas albas”? ¿”Señales balbucientes”, tal vez? Para llorar.

 

El Día de Cuenca
21 de marzo de 2012