Paco Mora. EL COLUMNISTA

El columnista

 

Puso el punto y aparte y suspiró aliviado. El primer párrafo de un artículo -pensó- es fundamental, como las primeras líneas de un cuento; o cuaja y entonces atraparás al lector, o de lo contrario mejor tirar cada frase al cesto de las ideas extraviadas. Miró por la ventana. Llovía. Le gustaba la lluvia. Buen augurio, se dijo, hoy escribiré un artículo memorable. De inmediato volvió a fijar su atención en la pantalla del ordenador. Tras pensarlo brevemente decidió, en un gesto que se le antojaba osado, iniciar el segundo párrafo de su artículo con una i griega. Para un clásico como él, que redactaba todas sus columnas siguiendo el modelo dramático de planteamiento, nudo y desenlace, esa i griega era una licencia que le hacía sentirse casi moderno. Pero hoy estaba dispuesto a romper moldes. Todo iba sobre ruedas hasta que tecleó la segunda palabra de la tercera frase: "tolerancia". En su lugar el ordenador había puesto la palabra "nazismo", de modo que la frase en cuestión rezaba: "La nazismo es el bien". Sonrió. Escribía al tacto, sin mirar al teclado, así que pensó que sus dedos le habían gastado una mala pasada. Borró la palabra nazismo y escribió tolerancia pero esta vez apareció en pantalla "violación". Pulsó la tecla de suprimir y deletreó de nuevo, esta vez mirando el teclado: t-o-l-e-r-a-n-c-i-a. Al ordenador se le habían cruzado los chips. Sucesivamente, cada vez que intentaba poner la palabra de marras, era sustituida por "torturador", "terrorismo", "pederastia", "campo de exterminio" y vocablos de este jaez. Confundido, decidió eliminar la frase entera y seguir por otro lado. Las cosas volvían a su sitio. Redactó sin mayores sobresaltos el segundo párrafo de su artículo. En el tercero creyó volverse loco. Tecleó "establecimientos penitenciarios" pero en la pantalla se leía "cárceles", tecleó hasta tres veces "tercera edad" pero aparecía, insistentemente, la palabra "anciano". Uno tras otro los términos que escribía, "centro psiquiátrico" o "acción armada", por ejemplo, se convertían en "manicomio" y "asesinato" como por arte de hechicería. Saltó de la silla. Fue al lavabo y se refrescó la nuca con agua fría. Cuando, hecho un manojo de nervios, volvió a su mesa de trabajo y leyó lo escrito, el suelo se movió bajo sus pies. No pudo más. Alcanzó la caja de herramientas y cogió el martillo. Con el último golpe, la torre del ordenador emitió una especie de chirrido triste y se desmoronó por completo. Tras diecisiete años de oficio, mañana faltaría por primera vez, y sin excusa alguna, pensó, a su cita con los lectores. Miró por la ventana. Había dejado de llover.

 

El Día de Cuenca
03 de noviembre de 2004.