Paco Mora. EL GORRINO DE SAN ANTÓN

El gorrino de San Antón

 

Es lo que tienen los hospitales, que entre sus paredes cualquier historia es posible. En ese microcosmos cerrado y dolorido se dan la mano, tal vez como en ningún otro lugar, lo chocante y lo pintoresco con los bocados de realidad más descarnada. Frente al viejecito tronado que a las tres de la madrugada se escapa de su cama y se pone a bailar la yenka a la pata coja en medio del pasillo, una mujer sin luz en los ojos se muere a chorros devorada por unas hormigas invisibles que han empezado a tomarle un costado. Y es que quizá el hospital sea uno de esos escasos territorios -territorios del alma, por supuesto- donde pueden convivir con absoluta naturalidad lo parejo y lo disparejo, lo entero y lo demediado, lo grotesco, lo carpetovetónico, lo esperpéntico, lo cañí y lo cartesiano, como en esas músicas de fusión tan en boga donde todo vale porque de todo sobra.
Al otro lado de la cama donde pena su pena hoy mi padre, unas buenas gentes de Villalpardo, que andan también con el padre estropeado, me cuentan que en su pueblo acaban de recuperar una vieja tradición perdida hace muchos años: la del gorrino de San Antón. La cosa consiste en que el ayuntamiento adquiere un cerdo lechón que de inmediato pasa a ser propiedad de todos los vecinos, quienes se encargan de criarlo comunitariamente como Dios les da a entender. Me dicen que Babe -así le han puesto al animal por el estomagante cerdito de la película- es casi humano; juguetón, galante, manso y bonachón anda en libertad por el pueblo, paseando cada día sus diez arrobas de humanidad de un lado para otro y dando hocicadas en las puertas de las casas reclamando su sustento. Lo que más le gusta son las magdalenas y las chucherías. Un día, un perro que no debía entender sus juegos marranos le tiró un viaje y desde entonces está el pobre Babe desorejado, pero no por eso ha perdido la confianza en el género animal -sea éste racional o no- porque a pesar de la tarascada ahí sigue jugueteando con unos y con otros, tumbado al sol en la plaza (una de sus aficiones favoritas) y dejándose rascar la barriga con deleite porcino, cuando no se entretiene en hozar entre los árboles cascando almendrucos. A Babe le han anudado un cordel al cuello con una campanilla, para que no se pierda, y según me cuentan no hay nadie, ni del lugar ni foráneo, que deje de fotografiarse con él. Lo malo vendrá para San Antón, cuando al gorrino de Villalpardo le llegue su San Martín (no saben si rifarlo u organizar un banquete comunal con sus tocinos), a ver quién tiene arrestos de darle matarile, con el cariño que le han cogido. Supongo que tendrán que llamar a un matachín de fuera, porque sea alguien sin vínculos afectivos el que le dé el pasaporte. Aún así tiene miga la cosa porque a uno, si participase del ágape, le quedaría siempre la sensación caníbal de haberse comido a un semejante, o sea, la mascota de uno, que para el caso es lo mismo.

 

El Día de Cuenca
24 de noviembre de 2004.