Paco Mora. LA VISITA

La visita

 

Ocurre, paciente lector, que cuando tú leas estas líneas estaremos inmersos en el día de después y este periódico, como otros muchos del ancho mundo, ya habrá dado cuenta del acontecimiento con gran profusión de imágenes y comentarios, pero este columnista debe escribir sin embargo, para que te lleguen a tiempo sus palabras, el día de antes, o sea, sin saber y un poco a voleo, mientras el acontecimiento en cuestión se está produciendo; por tanto solo podemos elucubrar sobre lo que supone una cumbre hispano-italiana del más alto nivel que ha elegido nuestra modesta ciudad como punto de encuentro.
Independientemente de los acuerdos de Estado que en Cuenca se puedan suscribir y que, sin duda, influirán de un modo u otro en asuntos de interés general para el país, muchos conquenses se preguntan por la repercusión que para la ciudad pueda tener un evento de esta magnitud, es decir, hablando claro y pronto, si lo de salir hoy en los telediarios y ser materia noticiable más o menos destacada en medio mundo nos reportará beneficios a corto y medio plazo, sobre todo en lo que se refiere a la cosa turística, clave económica futura (quiérase o no) para una ciudad como Cuenca, con escasos recursos para la industria pero con un patrimonio paisajístico y urbano magníficos (léase casco antiguo, que Carretería y la plaza de la Constitución mejor no mentarlas). Y piensa uno que, como ya ocurriera con la inesperada visita principesca de hace unos meses, amén de alguna otra más pedestre de populares personajillos de la prensa rosa, bueno está que nos pongan de moda por ahí, porque si como es sabido lo que no sale en la tele no existe, desde luego en los últimos tiempos Cuenca existe, existe mucho. Mi temor, con todo, es que la nueva moda no sea más que eso, moda y como todas, flor de un día. Y así, cuando recibamos a chorros a esos turistas de a pie que han escogido una de las ciudades más bellas de España para pasar un día de asueto, los espantemos porque no estamos preparados o no sepamos darles unos servicios -en el más amplio sentido del término- que no sean de chicha y nabo. Por ejemplo, cerrando en bloque los bares en el día turístico por antonomasia, el domingo, obligándoles a andar a la repelea por conseguir una caña o un simple bocadillo en los cuatro locales que quedan abiertos.
Pero esa es otra historia. Lo que hoy importa es que la espectacular hoz que se baña en el Huécar -esa misma que apenas habrá podido mirar un instante Berlusconi con el rabillo del ojo, dada su agenda apretadísima- ha entrado de lleno y sin llamar en infinidad de casas, desde Jerez de los Caballeros a Pistoia. Y mira tú por dónde hemos vuelto a tener nuestro minutito de gloria.

 

El Día de Cuenca
01 de diciembre de 2004.