Paco Mora. LA LOTERÍA

La lotería

 

Probablemente, lector amigo, mientras lees estas líneas fugitivas te acompaña de fondo, como cada 22 de diciembre, el soniquete un poco atorrante de los niños del colegio de San Ildefonso cantando en la radio números a euro. Si tuviéramos que ponerle una banda sonora a nuestro país durante los últimos cincuenta años, es seguro que las voces blancas de los niños de la lotería, desgranando su monocorde cantinela en vísperas de la Navidad, se llevarían la palma, y de largo, como música principal. Se me dirá que otras tonadas hubo -y aun sonidos y ruidos- que bien podrían merecer el primer lugar en esa hipotética banda sonora de nuestras vidas, pero se convendrá conmigo que ningún sonsonete ha permanecido así en el tiempo, año tras año y desde que nuestros abuelos tenían pelo salvo, quizá, el rompompompón de Raphael y su pequeño tamborilero, que esa es otra.
Llegada esta fecha, no obstante, quien a mí se me representa cada vez es Pepín Blasco, un personaje difuminado en mi memoria infantil del que muy pocos conservarán recuerdo hoy. En aquellos años y en un pueblo los servicios esenciales mínimos -electricidad y agua corriente en las casas, por ejemplo- iban entrando de a poco y para los vecinos, más o menos pobres casi todos aunque cada cual a su modo, la ilusión lotera se medía en unas modestas aspiraciones que nada tienen que ver con nuestros delirios actuales. Una pedrea -nadie se atrevía a creer en un premio importante- suponía un decente remiendo para pasar el invierno algo más calientes. Pero aquel año sucedió lo inimaginable. Apenas los niños del colegio de San Ildefonso hubieron cantado el primer premio, Pepín Blasco salía a escape de su casa y corría a todo correr por las calles del pueblo dando voces: "¡Somos ricos! ¡Somos ricos! ¡El gordo!". Una escandalera. Lo que nadie entendió nunca es el plural pues desde que murió la madre, Pepín vivía solo y sin parentela alguna conocida en muchas leguas a la redonda. El caso es que si como dice el dicho la dicha es breve, en esta ocasión fue además aciaga. Al doblar una esquina -tan atolondrada era su carrera- Pepín trocó su fortuna en infortunio: si lo común es que sea un coche el que lo atropelle a uno, el infeliz Blasco debe ser el único ejemplo conocido de un hombre que arrolla a un coche. Este tenía el perfil de un seat 600 y aunque el topetazo se saldó con lesiones leves (apenas un chafón en el seiscientos y un chichón de reglamento para Pepín) la desgracia quiso que con el golpe el hombre perdiera la memoria, y que con ella se esfumase para siempre la esperanza de encontrar el escondrijo donde había guardado el supuesto boleto premiado, por más que cien veces se pusiera patas arriba su casa. Apareció, eso sí, un rosario de hueso de la madre de Pepín, perdido mucho tiempo atrás, al que el pobre hombre se aferró como a una tabla de salvación los pocos meses de vida que, después de aquello, el buen Dios quiso concederle.

 

El Día de Cuenca
22 de diciembre de 2004.