Paco Mora. THE END

The End

 

Llegadas estas fechas un poco petardas uno piensa que quizá procedería redactar un artículo de quita y pon, de esos que lo mismo sirven para un año que para otro, para las uvas tempranillas de ayer o las cencibeles de pasado mañana. Y es que echando la vista atrás sin acritud observamos que el columnario que hemos ido levantando cada miércoles a lo largo del año no difiere en lo esencial del que nos trajo a maltraer en el 2003, pongo por caso, o en el 97. Quiere decirse que los fantasmas del que somos, los demonios del que quisimos ser y los duendes del que nunca seremos rondan por donde solían y, mal que nos pese, desandamos pluma en ristre una y otra vez los mismos caminos circulares. Desde esta columna hemos paseado, de tarde en tarde, por la ciudad, por esta Cuenca rotondera, bolarda, tricolor y revisitada y la verdad es que nos sigue gustando mucho por más que a veces nuestros políticos maten moscas con el rabo y den palmas con las orejas, que ya son ganas de ganeta. Demasiado a menudo los renglones se nos han empapado de sangre: la guerra, la barbarie del terrorismo, la hambruna, la sinrazón de la violencia contra las mujeres nos han puesto un nublo en el alma y una arruga en la conciencia y una pizca de veneno en el corazón, pero no hemos sido capaces de aliviar tanto dolor acumulado, tanta muerte junta que nos mata y nos muere un poco cada día. A vueltas con la infancia, otras veces hemos llenado de cuentos estas gacetillas, de libros y de literatura, quizá porque aún entendemos que la poesía es el último faro de la utopía, que como bien sabe el lector es alimento frugal pero imprescindible para enfrentar cada mañana la delicada tarea de vivirnos sin avergonzarnos demasiado de nosotros mismos. Sobre todo cuando nos miramos en el balaguero de la televisión, que defeca a diario en nuestro cuarto de estar y que debe ser la que queremos (y merecemos), si no se equivocan los índices de audiencia que se disparan como la espuma, dicen, cuando Boris Izaguirre se descalzona marcianamente y nos casi-muestra su casi-pene.
En fin, como ven, pocas novedades, el calendario ha pasado sobre esta columna tambaleante con el runrún aparente de siempre. Tal vez si no fuera por Lucía, que el 23 de febrero y con apenas unas horas de vida me enseñó que además de llenar de palabras este artículo que lees, amable lector, es posible transmitir la emoción de lo que se escribe, te diría que dudo de que el año haya merecido la pena. Al menos, literariamente hablando. Pero claro, yo juego con ventaja, porque desde los ojos de mi hija se ve el mar. Feliz año nuevo a todos.

 

El Día de Cuenca
29 de diciembre de 2004.