Paco Mora. QUIJOTECES

Quijoteces

 

Vamos a ver, ¿no se han parado a pensar que si Cervantes comenzó su relato con la magistral fórmula: En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…, es sencillamente porque quiso hacerlo así, porque esa burlona indeterminación, espacial y temporal, marcaba ya desde la primera línea el tono absolutamente inimitable que daría a la postre la mejor obra literaria de todos los tiempos? ¿Por qué entonces ese afán por buscarle apellido al lugar? Eso suponiendo -y ya es suponer- que en la cabeza de don Miguel el tal lugar tuviera los contornos precisos de una concreta población, que bien pudiera ser que fuera un mero producto de su imaginario, nada extraño, dicho sea de paso, en un libro que derrocha imaginación a raudales. Pero en cualquier caso, ¿no es una pequeña traición al espíritu que anima la obra cervantina intentar dirimir este asunto? Si Cervantes no quiere acordarse, sus razones tendrá -siquiera sean literarias- y el buen hombre debe andar revolviéndose en su tumba con esta moda de recordarle lo que hace cuatrocientos años quiso olvidar. Aunque yo creo que más bien andará riéndose a mandíbula batiente viendo cómo en el aniversario de su insigne criatura lo que no gastamos en salvas lo dilapidamos en memeces. Imaginemos: En el lugar de la Mancha que llaman Villanueva de los Infantes, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo... Pues no, la verdad es que no es lo mismo. Pierde mucho. Sobre todo en magia y en misterio. Y el que es uno de los arranques más arrebatadores, por ambiguo, de la historia de la literatura se vulgariza de pronto. Y que no se ofendan los de Villanueva, porque ocurriría igual si pusiéramos el nombre de cualquier otra villa del Campo de Montiel o de la Mancha conquense, por ejemplo; y que ya puestos a elucubrar, sus habitantes podrían sentirse también, y con todo derecho, como los legítimos herederos de los lugareños del lugar de marras. En fin. Son estas, entre otras, las cosas que nos traerán los fastos -un despilfarro- en la celebración de los cuatrocientos años de vida del caballero de la triste figura. Un empacho, intuyo. Y del que todos querrán sacar tajada, por más que la tajada sea de lo menos quijotesca. Esperemos, no obstante, que entre tanta pompa de jabón como, sospecho, se lanzará al aire este año, algo bueno quede y nos aproveche. Por amor a los libros, y a la literatura, y a los viejos hidalgos que alguna vez se soñaron caballeros andantes en un lugar de la Mancha de cuyo nombre el lector no quiere ni querría nunca saber. Vale.

 

El Día de Cuenca
12 de enero de 2005.