Paco Mora. HUYGENS

Huygens

 

Huygens es un robot con aspecto de platillo volante y tan menudo que apenas cabría en él un contorsionista. A pesar de lo cual, y haciendo bueno el dicho que asegura que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños, Huygens es un robot más listo que los ratones coloraos. Ha sido capaz, por primera vez en la historia del universo mundo, de posarse sobre Titán, una de las muchas lunas de Saturno, y enviarnos fotos del punto más alejado al que hasta ahora ha descendido una nave espacial terrestre, es decir, imágenes de un mundo ignoto nunca visto hasta hoy. Para ello, el robotito ha tenido que vagar por el espacio interestelar durante siete largos años, recorriendo la friolera de 3.500 millones de kilómetros enganchado a la nave Cassini. Aunque la información recibida todavía se está procesando y los padres de la criatura andan con el galillo acartonado por la emoción (comprensible por otra parte, ya que nadie podía imaginar ni en sus más disparatados sueños que llegaríamos a contemplar algo así), uno, quizá más soñador que los soñadores astrónomos, se siente un poco decepcionado con lo que ve. Titán es un lugar helado, pedregoso y desértico, un lugar surcado de grietas como monstruosas arrugas con un horizonte nítido abierto a la nada. ¿Y para ese viaje hacían falta alforjas? Si los científicos leyesen más literatura sabrían desde hace mucho tiempo que Titán y todos los cuerpos celestes de nuestra galaxia y aun de otras más lejanas, están descritos a la perfección tal cual ahora nos los muestra el pequeño Huygens. Exactamente así, sin faltar una piedra, un mojón de hielo, una grieta o un secarral. Lo que nos indica, una vez más, que en ocasiones la realidad imita a la ficción, o dicho de otro modo, que la literatura es una fuente de conocimiento tan importante como la ciencia, porque a veces incluso la anticipa. Excuso decir que en ciertas zonas de este planeta nuestro malherido, sobre todo de África, encontramos paisajes, aunque menos fríos, muy similares al de Titán, eso sí, con negrito incluido al fondo muriéndose a chorros de incredulidad y de hambre. Pero esa es otra historia.
Animados por el éxito, los científicos tienen ya perfilados sus próximos objetivos en Venus, Mercurio y Júpiter, con el muy loable empeño de ir desvelando y comprender al fin la magistral receta que hizo posible nuestro universo, desde el Big Bang. Apasionante. Y lo digo sin asomo de ironía pese a mi insidioso pesimismo. Porque aun logrando responder a las tres primeras preguntas esenciales -según Woody Allen- que atormentan al hombre desde que es hombre: ¿quiénes somos?, ¿adónde vamos?, ¿de dónde venimos?, la cuarta: ¿qué hay esta noche para cenar?, al menos para la mitad de la población mundial seguirá siendo un misterio insondable que se llevarán, o mejor que les llevará, a la tumba. Por inanición, claro.

 

El Día de Cuenca
19 de enero de 2005.