Paco Mora. ESPEJOS

Espejos

 

Lo malo de los espejos es que reflejan nuestra imagen. No la real, desde luego, sino la virtual, la que por piedad nos muestran nuestros ojos, la de ese otro que se calza nuestros zapatos, se restriega nuestras legañas y desde el azogue nos observa con la mirada azulina del que mira sin ver. Y es que los espejos, desengáñense, nos mienten con el otro, con el que no es, con ese que nos suplanta cada mañana para que podamos enfrentar con ciertas garantías la delicada tarea de afeitarnos y peinarnos sin morirnos a chorros en cada viraje del peine y la cuchilla.
En un cuento de F. J. Palma un hombre descubre un día que la imagen que el espejo le devuelve no es la suya, sino la de una desconocida que imita en todo sus movimientos. El conflicto surge cuando el hombre (él) y su reflejo (ella) caen rendidos ante la evidencia y se enredan en una historia de amor imposible. ¿Cómo prender un beso sin prolongar en tus labios los labios del otro, porque hay un cristal de por medio? En fin.
Por lo que a mí respecta, confieso que de un tiempo a esta parte la lógica de los espejos de mi casa ha sufrido una inquietante transformación que me tiene con la mosca detrás de la oreja. La semana pasada, por ejemplo, mientras me arrancaba con las pinzas de mi novia esos odiosos pelillos que de vez en vez asoman por los caños de la nariz, mi reflejo se plantó en jarras ante mí y me espetó: "Aunque la mona se vista de seda…" Me dejó estupefacto, pero como de inmediato mi imagen continuó reflejando con precisión todos mis gestos pensé que era una figuración mía, una ilusión, tal vez las hilachas tardías de un sueño que aún no me había sacudido del todo. Pues no. Hace unos días, afeitándome, mi reflejo se puso en huelga en plena faena, de manera que tuve que acudir al trabajo con la mejilla izquierda a medio rasurar. Excuso decir que fui el hazmerreír de toda la oficina. Para colmo anteayer, el otro (o sea, mi reflejo) nada más verme prorrumpió en carcajadas e insultos, profusamente salpicados de babas y salivazos que me dejaron el cristal perdido de churriteles.
Leí una vez que los espejos son cuartos cifrados en los que te puedes encerrar y echar la llave por dentro. Pero qué quieren, a mí estas cosas me dan mucho miedo, así que he decidido cortar por lo sano y sustituir todos los vidrios con azogue por bonitos cuadros con motivos cinegéticos. Lo peor es que mi novia me ha dejado, dice que no puede vivir en una casa sin espejos porque es incapaz de maquillarse al tacto. Yo, por el contrario, estoy aprendiendo a peinarme y afeitarme de memoria, como hace mi amigo José Luis Jover en sus poemas. La raya del pelo me cuesta lo suyo. Aunque creo que ya le voy cogiendo el tranquillo.

 

El Día de Cuenca
26 de enero de 2005.