Paco Mora. DON EMETERIO EN SU VENTANA

Don Emeterio en su ventana

 

Don Emeterio era un maestro de escuela de los de antes. A don Emeterio lo sacabas de la tabla de multiplicar, la regla de tres simple, las muestras, los dictados, la Historia Sagrada y el sistema métrico decimal y no daba pie con bola. Pero tenía gracia para declamar en clase los tremebundos poemas de Gabriel y Galán y de Campoamor sobre amores contrariados y sucedidos trágicos de la España profunda, que nos leía de un ejemplar resobado de "Las mil mejores poesías de la lengua castellana", un libro que para él más que un libro era un devocionario. Y se echa de menos eso, fíjate. Esa costumbre de leer en voz alta a los alumnos. Nos embelesaba. Como supongo que embelesaría a los chicos de hoy, por más aturdidos que estén con tanto ruido ambiente y tanta imagen girando a cuarenta y cinco revoluciones por segundo. Lo que pasa es que los maestros de ahora no pueden ni quieren ni saben leer en voz alta, ¿cómo van a aprender los chavales? Pero esa es otra historia, a lo que íbamos. Don Emeterio estaba casado con la señora Felisa, una mujer pavisosa, beatuca y hacendosísima que lo llevaba siempre de punta en blanco, como los chorros del oro, y que a la larga sería el único sostén de su vida, pues nunca tuvieron hijos. Cuando murió la señora Felisa, apenas un año después de jubilarse don Emeterio, la soledad y la molicie fueron enfermando poco a poco al maestro. Salía de casa lo preciso; se alimentaba, decían, exclusivamente de leche y galletas maría y su único entretenimiento consistía en acodarse en el alféizar de la ventana de su cuarto y mirar la calle sin parpadear durante horas. Dicen que uno muere como ha vivido, pero no lo tengo yo tan claro. El caso es que don Emeterio se murió de repente asomado a la ventana, mirando sin ver la calle con sus ojos abiertos y extraviados. Y así permaneció dos días con sus dos noches, sin que ninguno de los que por allí pasaban advirtiera que los miraba un muerto.
No sé por qué Sebastián me larga esta tarde todo esto, y se lo hago notar. Pues para que lo cuentes, me dice, porque observo que ese articulillo que te marcas los miércoles anda últimamente alicaído y flojea un poco, y porque creo que la historia de un hombre que se muere en su ventana sin que nadie se dé cuenta debe tener su moraleja, ¿no?
Si Sebastián lo dice, será. Aunque yo no la veo. Claro que uno sabe poco de moralejas. Por si acaso, aquí le dejo al lector a don Emeterio de cuerpo presente en su ventana, mirando la calle desde el más allá, no vaya a ser que el lector, más perspicaz que uno sin duda, le encuentre su aquel al suceso.

 

El Día de Cuenca
02 de febrero de 2005.