Paco Mora. TONTOS.COM

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Dice el periódico que cada día somos más tontos. Que ya no hay casi nadie que frecuente los libros con cierta asiduidad, por no leer no leemos ni el prospecto de la pomada rectal que alivia los bocados de realidad que nos asestan nuestras almorranas. Dice que cuesta Dios y ayuda encontrar a un chaval en edad escolar -pucelanos al margen- que sepa que el Pisuerga pasa por Valladolid, o al revés, que Valladolid pasa por el Pisuerga: el río estaba antes. Y que nuestros muchachos, embobados con la cosa audiovisual que los aísla a todo meter no ya de los otros, sino de sí mismos, huyen como alma que lleva el diablo de lo que requiera un mínimo esfuerzo: disciplina, trabajo, espíritu de superación, son vocablos oxidados propios del pleistoceno o de ciertos lugares exóticos -muy pobres, por supuesto- en los que aún no se han enterado de que resulta indiferente escribir la palabra burro con be o con uve: no por ello las agujas de los relojes dejan de girar en el sentido de las agujas de los relojes ni las olas de la mar océana de escupir su espuma sobre la arena de la playa. Pone en los papeles que gastamos más tiempo frente al televisor que jugando con nuestros hijos o haciendo el amor -casi otra antigualla, en la era del sexo virtual-, eso sí, engordamos nuestros michelines en sillones ergonómicos mientras nuestras guedejas chorrean programas de petardeo -que nos chiflan- por sus cuatro puntos cardinales. Por si fuera poco, parece ser que somos -y es este un pecadillo que afecta por igual a chicos y a grandes- unos egoístas recalcitrantes obsesionados por poseer, mayormente acumular, adictos a lo inmediato y facilón, descreídos, frívolos e insatisfechos, pelín agresivos y atentos casi únicamente a lo que es palpable y evaluable, a ser posible en términos económicos. Persuadidos, en fin, de que todo lo que se extiende al sur de nuestro ombligo es puro desierto.
Y no digo yo que no haya algo -o mucho- de verdad en esta retahíla de enormidades, pero tampoco será para tanto. No ha de ser menos cierto que cada época ha tenido sus apocalípticos y sus integrados y no por ello el sol -que se apagará un día para siempre- ha dejado de salir por donde suele. Admito, no obstante, ciertos signos inquietantes que hasta no hace mucho no había advertido. Días atrás me encontré con una amiga, a la que no veía desde hace años, y antes incluso de saludarme con los dos besos de rigor, señalando el libro que yo llevaba en la mano, me regañó: ¿aún sigues perdiendo el tiempo con esas cosas? No pasé por alto el impecable traje sastre -de diseñador prohibitivo- que vestía, ni el escándalo de alhajas que hizo sonar mientras se alejaba, más tiesa que un ajo, cuando nos despedimos.

 

El Día de Cuenca
16 de febrero de 2005.