Paco Mora. 23-F

23-F

 

Fue aquella una semana rara. Apenas desayunados con el pocillo de aguachirle del rancho, nos hacían subir a un camión y nos aparcaban en un pinar cercano. Una vez allí, durante dos o tres horas, el juego consistía en darse barrigazos contra un lecho de agujas de pino y correr de un lado a otro (avanzando, siempre avanzando, reptando o encorvados) hacia un supuesto objetivo objetivamente indeterminado. De vez en cuando, nos proveían de botes de humo que debíamos lanzar al buen tuntún para vencer las reticencias del "enemigo" y obligarle a salir de su escondrijo, rendido y entregado. Después desfilábamos. Y así varios días, todas las mañanas, porque el lunes vendría un militar de alta graduación a observar nuestras evoluciones en aquella especie de maniobras.
Llegó el lunes pero no acudió el visitante misterioso, así que los carros de combate, los toas y los todoterrenos que la tarde anterior nos habían obligado a dejar como los chorros del oro y alinear en perfecto estado de revista en las calles del cuartel, allí se quedaron día y noche esperando a nadie. ¿Por qué no los devolvíamos a sus garajes? Claro que una pregunta tan sencilla no creo que llegáramos a formularla entonces. La vida cuartelera consistía básicamente en beber a espuertas en la cantina morapio peleón, criar sabañones como sandías en una garita, lustrar de continuo botas y hebillas, burrear en los dormitorios y cavar zanjas que una vez abiertas rellenábamos de tierra de inmediato, por tanto, ante una representación del teatro del absurdo tan acabada como aquella, los dictados de la razón hacían escasa mella en nuestra reblandecida calavera de soldados de reemplazo. Tras la filosofía del ordeno y mando se abre un pozo ciego, un agujero negro que debe parecerse mucho al vacío, o a la nada.
Cuando esa misma tarde supimos por la radio que un tipo con mostacho había entrado en el Congreso pistola en mano, el suelo se movió bajo nuestros pies. Nos acuartelaron en seguida y toda aquella amarga noche permanecimos en los dormitorios, pertrechados hasta las orejas, a la espera de órdenes: el azar, disfrazado de tiranuelo de ópera bufa, parecía habernos puesto en el bando equivocado. Muchos gastamos las horas pegados al transistor, horrorizados, trazando rocambolescos planes de fuga: llegado el caso, antes desertar que ser parte de esa aberración. Nunca una noche tan larga (qué fría la luna tras los cristales), tanto miedo junto, tanto desprecio acumulado. Lo demás es historia.
Pero como la vida es extraña y buena y suele cumplir -aunque le cueste lo suyo- sus inescrutables leyes de equivalencia, 23 años después me regalaría, ese mismo 23-F, la más hermosa y dulce noche que haya vivido jamás. ¡Ah de la vida! Felicidades, preciosa.

 

El Día de Cuenca
23 de febrero de 2005.