Paco Mora. RETRATO EN GRIS

Retrato en gris

 

La casa de Sebastián huele a alcanfor y a paño viejo. Los cortinajes decimonónicos penden de barras y rieles con una definitiva vocación de fantasmas de época, tras ellos las contracortinas y los visillos -sujetos aquí y allá con cintas y lazos- sumen el ámbito en una penumbra muy triste donde un haz de luz sucia hace apenas visibles los objetos. Las mesas camillas, con sus faldones de cretona, distribuidas por los lugares más inverosímiles en una abundancia que supera cualquier límite razonable, y los pañitos que motean de almidón los brazos y respaldos de los sillones, el cristal de las mesas, los muebles auxiliares o la caja del televisor no ayudan a aliviar la densidad de un aire tan espeso que por momentos podría mascarse. Los cuadros y adornos que cuelgan de las paredes son inenarrables. "Sí, ya sé", me dice Sebastián leyéndome el pensamiento, "también a mí me cuesta respirar en este museo de los horrores, y más ahora que con el trancazo tengo averiado el fuelle, pero qué quieres, son las cosas de mi mujer, o trago o me separo; a ella esta decoración de película gótica le parece de lo más chic y elegante. Debo decir en su descargo que la casa la encontramos así -sabes que es una herencia reciente de mi mujer- y así se ha quedado; lo extraño es que yo creía que a ella le gustaban los espacios diáfanos y luminosos, pero quién entiende a las mujeres". He venido por primera vez a la nueva (aunque debería decir vieja, muy vieja) casa de Sebastián porque, como él dice, está con el ánima en cabestrillo. Me cuenta que desde hace días desfallece en ese mismo sillón orejero en el que lo encuentro desmejorado y sin ganas -es un sillón de convaleciente, se queja, de convaleciente de hace dos siglos- y en efecto nada le falta, ni el batín ni las zapatillas de felpa ni la mantita a cuadros cubriéndole el rezago, para componer la pura imagen del anciano desvalido que ve morir las horas desde su silla de ruedas. "Lo peor es la lentitud", me dice, "en mi estado y en esta casa la lentitud lo invade todo. Ni siquiera la ventana es un entretenimiento. Es lo que tiene el casco antiguo, que está muerto, muerto y enterrado. ¿Sabes a cuántas personas vi pasar por delante de mi ventana en la tarde de ayer? A cuatro, bueno cuatro y un gato. Por aquí no pasan ni las águilas. Como no le demos otro aire a esta parte de la ciudad -y eso que se supone que es la más bonita y noble- en vez del de Patrimonio de la Humanidad vamos a tener que otorgarle el título de Patrimonio de la Humanidad Ausente, por no decir Fantasma". Me puede la tristeza de Sebastián, la grisura de su casa, el rancio sabor del aire que malrespiramos, así que aprovechando un silencio me despido precipitadamente. Va a tener razón Juan José Millás cuando afirmaba que la gripe es una enfermedad del alma. Y mortal de necesidad, según parece.

 

El Día de Cuenca
09 de marzo de 2005.