Paco Mora. SILENCIO

Silencio

 

Dice el proverbio hindú: "Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio". Sin el sabio concurso del silencio la música no sería música, sino ruido y la poesía una retahíla de palabras indiscernibles atadas unas a otras como longanizas, es decir, lo más parecido a una sopa de letras o a un trabalenguas que lejos de decir, nos desdice. En silencio honramos a los muertos, gritamos su impiedad a los bárbaros y poblamos de voces los más dulces motivos del corazón. Sin silencios la memoria, ese territorio ocupado por nuestro yo más íntimo -aunque hoy no nos reconozca- sería un erial sin nadie, un montón de escombro, un agujero en el tiempo por el que huyeron los años sin dejar rastro.
Amable lector, permíteme el autoplagio. En un artículo semanasantero (muy poco al uso) de abril de 1998 dije: "Jorge Luis Borges, que pasaba por el tamiz de la literatura cuantos hechos y personajes tocaban sus dedos lectores y casi ciegos (una deformación que humildemente comparto), dejó escrito: 'más allá de nuestra falta de fe, Cristo es la figura más vívida de la memoria humana. Salvo aquellas palabras que su mano trazó en la tierra y que borró en seguida, no escribió nada. La forma natural de su pensamiento era la metáfora. Para condenar la pomposa vanidad de los funerales afirmó que los muertos enterraban a sus muertos. Para condenar la hipocresía de los fariseos dijo que eran sepulcros blanqueados'. […] Por eso uno, que siempre pretendió escribir sin traicionar en exceso a sus metáforas, quiere rescatar hoy, sobre todos, al Cristo del silencio, a Aquél que borra definitivamente sus palabras de arena y las da al aire para que vuelen libres y se enreden en nuestras manos, Aquél que se emboza en el misterio de la muerte para renacer convertido al fin en pura palabra…"
En la noche de este Miércoles Santo de marzo, que alguien dio en llamar la de los olivos y los capuces blancos, la Cuenca nazarena se echa a la calle para celebrar "El silencio", una hermosa procesión ya centenaria. Y bueno sería, pienso yo, que aprovecháramos la ocasión -debates sobre nuestra fe o nuestra falta de fe aparte- para ir ganándole enteros al silencio en nuestras vidas. En esta sociedad estruendosa que día a día nos aturde (cuando no nos anula por completo) con su cencerrada cada vez más agresiva e insoportable no es mal propósito éste. Siquiera sea por pararnos un instante, tomar aliento e intentar escuchar a los otros o, al menos, oírnos a nosotros mismos. Que buena falta nos hace.

 

El Día de Cuenca
23 de marzo de 2005.