Paco Mora. FRANKESTEIN, HOY

Frankestein, hoy

 

La otra noche pusieron por televisión "Dioses y monstruos", esa deliciosa película sobre los fantasmas del alma y las tormentas del corazón que tiene como protagonista al otrora célebre director de cine James Whale en los últimos días de su vida, cuando ya es un viejo decadente y olvidado consumido por los recuerdos, unos recuerdos que lejos de exorcizar sus demonios han acabado por ofuscar su existencia, sumiéndolo en una penosa sensación de fracaso vital del que difícilmente podrá salir indemne.
Si Mary Shelley es la madre de Frankenstein, si fue ella quien soñó y nos hizo soñar la trágica historia de ese moderno Prometeo capaz de disputar a los dioses la llama de la vida, el padre del monstruo es, sin duda, James Whale. Él le puso rostro: esa cabeza tremenda de espécimen de barraca de feria con la expresión tierna y los ojos desvalidos del que mira sin comprender; él le puso el cuerpo acartonado, enorme del espantapájaros hinchado a la intemperie; él le puso los pies embutidos en unos zapatones con calzas que le daban el andar torpe, atolondrado, tambaleante del que intenta sus primeros pasos; él le dio, en fin, la tristeza, la mucha tristeza que su espalda de armario de dos cuerpos era capaz de soportar, creando para siempre un icono indestructible no ya del siglo XX, sino para los siglos venideros, de tal modo que será muy difícil imaginar otra facha para el monstruo (aunque intentos hubo, todos fallidos) que no sea la que Whale supo plasmar, con esa mezcla de ingenuidad y poesía, en aquel rancio celuloide de 1931. Lo sorprendente es que lo hace siendo profundamente infiel a la novela de la Shelley -en sí misma un mito por los siglos de los siglos- quizá porque el cineasta comprendió que los lenguajes del cine y de la literatura son distintos por completo y para ser fiel al espíritu que anima un texto a veces se hace necesario ser irrespetuoso con la letra. El tiempo le ha dado la razón a James Whale, por lo general de libros literariamente malos se han hecho grandes películas y de los buenos, como el de Mary Shelley, han resultado mejores filmes cuanto mayor ha sido la libertad para recrear en imágenes la historia que el texto original proponía.
Una concesión a la nostalgia: Uno vio por primera vez el Frankenstein de Whale en su más tierna infancia, en el cine de verano de su pueblo, sobrecogido por las andanzas del monstruo -que entonces para él era el malo, por supuesto- bajo un cielo de estrellas. Las lecturas posteriores de la película (y del libro): los límites de la ciencia, el miedo a la diferencia -al diferente-, la masa embrutecedora, por más que esté formada por individuos sensatos, capaz de las más terribles atrocidades, etcétera, eran recuerdos de un futuro que no podíamos ni imaginar tan de actualidad hoy.

 

El Día de Cuenca
30 de marzo de 2005.