Paco Mora. REFORMAS

Reformas

 

Delirante. Lo de la educación en nuestro país, digo. Desde hace ya demasiados años el asunto se ha convertido en algo así como un partido de ping-pong, en un toma y daca entre políticos donde el lema que campea, llegados al poder los unos o los otros, es: reforma, que algo queda. No termina de perfilarse un cambio cuando se anuncia el siguiente. Y claro, así no hay manera. Por buena que sea la voluntad del reformador. ¿De verdad resulta tan difícil alcanzar un pacto de estado en materia tan sensible, de modo que, de una vez por todas, la educación no esté al albur del "ideario" o la "doctrina" del partido gobernante de turno? ¿No es posible pararse, sentarse, dialogar y darle una oportunidad real al sistema que más convenga? Llevamos mucho tiempo jugando a los dados con el futuro y, lo que es más grave, con los dados trucados.
Y lo cierto es que con tanta reforma y contrarreforma, con tanto ir y venir de ningún lado hacia ninguna parte, la comunidad educativa al completo -que cuando escucha la palabra de marras de echa a temblar- anda cada día que pasa más desganada y desorientada: padres que perdieron sin remedio el tren de sus hijos, profesores desmotivados que pululan entre itinerarios cambiantes y contenidos confusos -y deben tragar quina a diario- y, en definitiva, alumnos cada vez en mayor número adocenados, a los que entender con un mínimo de soltura lo que leen o escribir dos frases seguidas de más de cuatro palabras les cuesta sudar sangre, realizar una operación aritmética elemental, siquiera sea por la cuenta de la vieja, se les antoja tarea de titanes, y no confundir París con una nación y Austria con un continente les resulta poco menos que imposible.
En fin. Si no fuera por lo que es y, sobre todo, por lo que representa, a uno se le ocurre que lo que deberían hacer nuestros mandamases es dejarse de una vez de leyes y pamplinas y volver a métodos educativos contrastados, tipo "Enciclopedia Álvarez", por ejemplo (convenientemente actualizada y reformada, claro está); es decir, echar la vista atrás y retomar las viejas pautas del magisterio clásico, con ese entrañable maestro dentro de su clase enseñando como buenamente sabe lo poco que buenamente puede. Si no, colgar al fin el cartel de "Cerrado por reformas" y que sea lo que Dios quiera.

 

El Día de Cuenca
06 de abril de 2005.