Paco Mora. EL CUERPO

El cuerpo

 

El cuerpo, decía aquél, a poco que lo cuides una miaja te dura toda la vida. Pero hay cuerpos que no aguantan nada. Y aun otros que a medio uso te salen respondones y siguen la fiesta por lado, de modo que cuando quieres darte cuenta descubres que vives en un cuerpo descuerpado, que es lo más parecido a vivir en el cuerpo de otro. Una gaita. Pues si no hay dos cuerpos iguales difícilmente casarán tus miembros, tus órganos y tus menudillos en esos miembros, órganos y menudillos impostores. Total, que cuando un brazo no te viene grande y no hay manera de manejarse con él, es un ojo que no encaja en una cuenca demasiado pequeña y te queda a la virulé. Algunos cuerpos superan incluso los límites de su durabilidad y andan por ahí dando la brasa mucho después de abandonar el alma que los mantenía en pie.
El caso es que el cuerpo, ese habitáculo que nos contiene y nos vacía, que nos sostiene y nos tumba, si bien se mira es una casita resultona con sus habitaciones y sus servicios distribuidos según y cómo, o según y quién. En ocasiones, a la casa se accede a través de un recibidor descomunal, perfectamente inútil, pero luego en la cocina hay que entrar de canto, de tan estrecha y en los dormitorios, liliputienses, no te cabe más que una cama plegable y una mesilla de noche tipo caja de zapatos. Otras casas, sin embargo, son el paradigma del equilibrio y cada pieza está diseñada con un grado de funcionalidad tal que las células que conforman nuestro cuerpo creen sentirse siempre en el paraíso. Lo malo de los paraísos es que tienen todos su manzana y su culebra esperando al acecho. Algunas casas son muy oscuras y mal oreadas -la oscuridad no ventila nada-, por eso ciertos cuerpos se dirían pesadas losas sin epitafio que caminan con la tristeza del mundo a cuestas, pero otras veces son tan luminosas que parece que uno anduviera con las luces de todas las habitaciones del cuerpo encendidas, comosi la energía fuera inacabable y de balde. Nada diremos de esas microcasas de 25 metros cuadrados estilo ministra Trujillo, porque aquí se trata del cuerpo, no de sus apariencias, tan engañosas siempre, y tan desvergonzadas. De lo que no cabe duda es de que habremos ganado la batalla de la medicina, una medicina del todo útil y moderna, el día que podamos vivir tan ricamente prescindiendo de esa casa con ventanas que llamamos cuerpo. O así.

 

El Día de Cuenca
20 de abril de 2005.