Paco Mora. EL EMBARAZO

El embarazo

 

Sebastián anda estos días como unas castañuelas con el notición real, que hasta parece que se ha quitado diez años de encima en un periquete. Me alegro por él, porque últimamente la sombra de una depresión en ciernes parecía abatirse sin remedio sobre sus hombros de cuarentón en crisis. Aunque me extraña, no tenía yo a Sebastián por un monárquico de pro precisamente, así que, acodados en la barra de nuestro bar de siempre, se lo hago notar. "Pues no, listillo", me dice con retintín, "no es que sea un monárquico convencido de los de toda la vida, de sobra lo sabes, pero sí soy juancarlista, como tantos españoles. Convendrás conmigo que la actual monarquía parlamentaria es lo mejor que le ha pasado a este país en tropecientos años, no tienes más que echar la vista atrás para darte cuenta, y sí, me alegro del embarazo de la princesa Letizia porque, pese a quien pese, estoy convencido de que con la descendencia real se afianza aún más y para siempre esta bendita democracia nuestra". Tras la parrafada, Sebastián apura la cerveza de un sorbo y apremia al camarero para que nos llene los vasos. Intuyo que hoy puede tener carrete para rato, así que no digo ni mu, entre otras cosas porque no tengo artículo ni ganas de escribirlo, de modo que si me lo dicta Sebastián eso que llevo ganado. "Además", continúa con el primer trago de la nueva cerveza, "con un poco de suerte este embarazo nos reportará una serie de bienes colaterales. Por ejemplo, si el bebé que ha de nacer en noviembre es mujer, cosa de la que me alegraría sobremanera, obligará a nuestros políticos a cambiar la Constitución en lo que se refiere a la sucesión real, eso está cantado, y de una vez por todas se nos irá esa especie de prevención o miedo que tenemos por reformar la Carta Magna, nos daremos cuenta de que no pasa nada, de que hay cosas que pueden -y deben- cambiarse sin que por ello tiemblen los arbotantes de la catedral de Santiago. Y los programas de cotilleo (bien llamados basura) quieras que no ganarán algo durante un tiempo, porque aunque nos servirán el embarazo hasta en la sopa, éste borrará de un plumazo todo el bodrierío y el petardeo del se nutren a diario; un alivio". De repente Sebastián se calla, tal vez durante más de un minuto. Por un momento temo que me deje la columna coja y sin final, pero es solo un susto pasajero, Sebastián, genio y figura, remata la faena diciendo: "El único borrón en todo este asunto es que la criatura no sea conquense, por más que la luna de miel principesca se iniciase, con nocturnidad y alevosía, en nuestra ciudad; lástima, con la ilusión que les haría a mis hijas fardar de un futuro sucesor a la corona de origen cuencano. Pero bueno, lo dicho, que sea para bien y, como dicen en mi pueblo, llegados los dolores que la princesa tenga una hora cortita".

 

El Día de Cuenca
11 de mayo de 2005.