Paco Mora. BASURA

Basura

 

Dicen los que saben de estas cosas que por la basura que genera un individuo (o una familia de individuos e individuas) puede conocerse no ya el nivel social, cultural, económico, etcétera del prójimo, sino incluso su personalidad. O sea que en los tarros de yogur caducado, en las mondas de naranja y en la frasca del morapio peleón que trasegamos mientras damos cuenta del estofado se refleja nuestro yo más íntimo con claridad freudiana. Así, es fácil rastrear en el celofán que envolvía cierto pastel de bollería industrial y en los restos de determinada pizza las tendencias poético-depresivas del benjamín de la casa, en el envase de un producto para el cuidado íntimo y en las peladuras de un par de frutas exóticas el afán por el orden y las maneras de gata presumida de la mamá del hogar, y en los cucuruchos de los helados de chocolate y las maquinillas de afeitar desechables la propensión del cabeza de familia a los deportes de mesa y al sexo explosivo.
De lo que no saben o no quieren saber los que saben de estas cosas es de esa otra basura que vamos depositando por ahí, fuera de la bolsa casera, es decir, de la que arrojamos al suelo -plásticos, chicles, latas, botellas, restos de comida- mientras transitamos por la vía pública, y que tras una noche de botellón, por ejemplo, convierten determinadas zonas de las ciudades en un auténtico balaguero en el que hozan nuestros jóvenes.
Descendiendo a un plano local podemos comprobar los estragos de estas noches de farra en algunos lugares céntricos y bien conocidos de Cuenca, del que no escapa el minúsculo parque infantil situado entre la plaza de España y la calle del Agua. Intentar un sábado a mediodía ir con tu hijo a los columpios del mentado parquecillo es exponer a la criatura a la tiña -o algún mal peor- entre las vomitonas, meadas, botes, vidrios de vasos y botellas y detritus varios que inundan el espacio sin que nadie haya tenido a bien retirarlos de allí. Y uno se pregunta, ya que se tolera el botellón (con sus montañas de ruido y mierda) como una costumbre de nuestro acervo cultural más acendrado, si para el ayuntamiento será tan difícil solucionar el problemilla, teniendo en cuenta que son niños, y por tanto seres inconscientes susceptibles de padecer todo tipo de percances, los usuarios de tan menguado corralito urbano. Debe serlo, sin duda. Por más que uno -que no entiende los entresijos consistoriales- piense que un solo operario de la limpieza, a primera hora de la mañana, dejaría aquello como los chorros del oro en un pispás y sin despeinarse mucho.

 

El Día de Cuenca
25 de mayo de 2005.