Paco Mora. KAFKA EN SALAMANCA

Kafka en Salamanca

 

Hay en las afueras de Salamanca un hotelito, con nombre de café provinciano, que se diría erigido como una metáfora de la literatura del absurdo. Es un hotel muy pequeño, familiar, sin estilo, feo a rabiar. Las habitaciones, mínimas pero muy confortables, pintadas de color salmón desde la moqueta hasta el techo, están decoradas con los cuadros horribles de ese tal Thomas Weisenberger, que se conoce que no tenía mejor cosa que hacer que ir sembrando sus cagaditas por todas partes, lo mismo en estos hotelitos desflecados que en esos locales horteras donde la gente se desgañita cantando a lo nipón cubata en mano. Lo más llamativo de las habitaciones, además de la colcha y el armario de dos lunas -salmón, por supuesto- es la terraza, enorme, valenciana, a la que se accede por una puerta rematada con dos falsos arcos de medio punto. Lo que desde allí se ve es tan singular que no sabría darle nombre. Uno descubre de pronto, entre asombrado y divertido, que el hotel está situado en medio de un desguace ("Taller de ferralla", se lee en alguna parte), flanqueado a la izquierda por un avión militar de transporte de los tiempos de Mari Castaña y a la derecha por una de esas avionetas de pirueta colgada de un mástil. En el desguace, ordenadísimo por secciones, pueden verse de un lado toda clase de tractores destripados, desde aquellos primeros Universal color teja, panzudos, con sus grotescas chimeneas como morcillas de Burgos con pitorro y tapadera, hasta los Land y los Ebro y los International. Más allá, el sector camiones: los Barreiros, los Avia, los Pegaso como de juguete de los años 50 y 60, morrocotudos unos, chatos otros, pero todos con viseras donde aún puede leerse: "Dios me ampare" o "Félix, Ckristi, Merche" o "Electricidad Santolino" o "Carbonerías Chan" o "Soy un bala". En otra zona las máquinas, con sus palas como bocas de dinosaurio mellado y sus descomunales leznas despuntadas, y al fondo las cisternas, los bidones y los aljibes. Todo, como se ve, en un perfecto orden de cementerio municipal, con esa cualidad de material de derribo, de trasto y cachivache que acaba poniéndosele al tiempo cuando se le mira de frente.
Y uno piensa que haber estado unos días en un lugar así, en medio de ese paisaje desolado -campo herido sin batalla, naturaleza muerta de metales herrumbrosos- debe tener su aquél y su metáfora, aunque quizá por obvios no acierta uno a formularlos. Yo no soy Kafka, y bien que me pesa, por más que estuviera con él una vez en Salamanca.

 

El Día de Cuenca
01 de junio de 2005.