Paco Mora. EL OLFATO

El olfato

 

A uno, una novia desalmada puede dejarle con un palmo de narices, pero lo que le hincha las narices a uno es la ordenación semafórica perpetrada en la ciudad, que ha convertido sus desplazamientos motorizados en un calvario. Uno, a veces, mete la nariz donde nadie lo llama y otras veces está hasta las narices de que nunca nadie le llame. A uno le han restregado por las narices que más que escribir columnas cada miércoles, como es su deber, lo que en ocasiones hace es tocarle las narices al lector con paparruchas sin fuste ni muste, ¡tiene narices la cosa! Uno puede, en fin, darse de narices con su propia sombra porque en realidad no ve nada más allá de su nariz, o porque es muy dueño y le sale de las narices.
Pero la importancia de la nariz, ese pegote carnoso y con ternilla situado en medio de la cara (a veces como un estigma), radica sin duda en que en ella anida el olfato. Unos científicos de una universidad de Virginia, conscientes de que el olfato es un sentido que influye en la parte lógica del cerebro y actúa sobre sus sistemas emocionales, han identificado una serie de aromas que disminuyen la agresividad y la fatiga de los conductores; así han descubierto que el cansancio producido por el gran desgaste físico que sufren las personas tras varias horas de conducción mengua considerablemente con las fragancias a canela o a hierbabuena y los olores a fresa o a pino reducen la agresividad que embarga a muchos conductores cuando se sientan al volante. Algunas marcas de coches han tomado buena nota y ya disponen entre su personal de brigadas olfativas encargadas de controlar el olor con el que sus vehículos salen al mercado.
Y digo yo que en esta línea bien podrían investigarse también esas fragancias que nos harían la vida diaria -lejos del volante- más llevadera. Por ejemplo, convendría encontrar cuanto antes la esencia que mitigue el dolor de tantos hogares en los que las mujeres son maltratadas por el asno del marido y que de paso acalle los rebuznos del susodicho, o el aroma que distraiga del cerebro de los dueños del imperio -y sus contrarios- su marcada tendencia a la belicosidad; por no hablar de los terroristas, asesinos, violadores, pederastas y otras morrallas, ni mentar a las petardas de verbena, macarras de playa, escribidores de best sellers, pintores al óleo de brocha gorda y demás fauna del artisteo. En fin. Quién sabe. Tal vez en ese apéndice morcillón que gobierna nuestra cara, o mejor en su capacidad para captar el perfume más hermoso de la vida, se dirima nuestra felicidad futura. O nuestro futuro sin más.

 

El Día de Cuenca
15 de junio de 2005.