Paco Mora. PLAÑIDELANDIA

Plañidelandia

 

Es el signo de los tiempos. Nos hemos vuelto unos quejicosos recalcitrantes, una suerte de ñoñas plañideras de mesa camilla siempre prestas a hacer sonar el moquero. Y claro, para redimir nuestras desgracias debemos buscar un chivo expiatorio sobre el que descargar de matute la adrenalina acumulada. Y qué mejor chivo que el sacrosanto Estado y, por ende, el gobierno de turno que administra sus estancias. ¿Que la pertinaz sequía amenaza con abrasarnos las pantorrillas y convertir en un secarral nuestras tierras?, pues pídale cuentas a la administración correspondiente, que para eso está; y si no que hubiese invertido más en investigación pluvial que en los tiempos que corren, tan avanzados tecnológicamente, no será tan difícil hacer que las nubes pinten cuando convenga. ¿Que le ha salido a usted un grano en el culo?, pues que le indemnice la seguridad social porque ¿no debe el Estado velar por la salud de sus administrados?, pues bien, si no ha sido capaz de velar por la de su trasero que al menos pague por su incompetencia. ¿Que nuestros jubilados avanzan peligrosamente hacia esa edad tan latosa en la que se vuelven como niños?, pues mire, que el organismo competente flete más autobuses y se los lleve sine die a Benidorm, que bien se merecen disfrutar un poco después de toda una vida de trabajo. ¿Que mis chicos, en fin, no dejan de joder con la pelota?, pues oiga, qué le costaría a la autoridad, ya que no prohíbe la fabricación de pelotas, alargar un poco el calendario -y ya puestos el horario- del personal docente.
El debate está en la calle. Han llegado las vacaciones y los padres no saben qué hacer con sus hijos, lo que es causa de una nueva enfermedad del alma llamada "síndrome de julio" que se manifiesta con los clásicos brotes de ansiedad y angustia, síntomas idénticos, por cierto, a los del "síndrome posvacacional" que acecha a la vuelta de la esquina: entre síndrome y síndrome acabaremos locos de atar, si es que un ataque de estulticia no nos da el descabello antes. Se han levantado voces diciendo que es éste un problema que debe solventar la comunidad educativa. Y no, mire usted, no. Igual que no le resolvió nadie su dilema cuando decidió si debía tener hijos o no. Fue aquella una decisión personal que, supongo, calibraría usted con responsabilidad y tino. Ni colegios ni institutos son guarderías, menos aún almacenes de niños. Todos, profesores y alumnos, deben tener, por pura higiene mental, al menos los mismos periodos de descanso que ahora tienen. Las vacaciones son parte esencial de la educación de los chavales y lo que los padres deberíamos hacer en este tiempo es devolverles a nuestros hijos las horas que les hemos escamoteado el resto del año. Hay maneras de hacerlo. Todo es querer. ¿O es que ya no se acuerda? Cuando nació su pequeño también trabajaban los dos y no hubo colegio que valiera no un mes, sino durante tres largos años. ¿Cómo se apañó entonces, pues?

 

El Día de Cuenca
29 de junio de 2005.