Paco Mora. UN DÍA CUALQUIERA

Un día cualquiera

 

Lo decíamos ayer. En la cabeza del escritor a veces llueve a cántaros, qué ocurrencia, con la que está cayendo ahí afuera, y en su corazón -ese músculo tontorrón al que fía su estilográfica más a menudo de lo que debiera- se abre una espita que gotea, una espita que cierra mal y gota a gota va perdiendo maña, ganas y voluntad, como si de una herida abierta se tratara. Y el escritor, para levantar su columna, una columna que cada miércoles se tambalea entre la duda y el asombro, entre el jirón de sol y el gajo de luna -que vienen a ser lo que la morcilla de Burgos al chorizo de orza- piensa que hoy no le basta con acudir al lugar común del titular de periódico: el problema del agua, el baile estatutario de los unos y de los otros (cuántas vueltas todavía al decimonónico debate sobre la idea de España, o de España como idea, vaya usted a saber), la sangría de Iraq, la barbarie terrorista, la hambruna de la mayor parte del mundo que se muere a nuestra costa… etcétera, etcétera. Porque en ocasiones la columna se pliega, se hace pequeña y a ras de calle, sin alzar vuelo, se detiene en los ojos arrasados de esa mujer que arrastra su carrito de la compra con mucha fatiga, son unos ojos sin mirada, perdidos al fondo de unas cuencas que les vienen grandes; si pudiésemos mirar detrás veríamos una casa sombría y un marido desatento y un largo insomnio aterido de soledad y silencios, y quizá mucho frío. Y se detiene luego en la algarabía de los niños que, en el parque cercano, juegan unos junto a otros, no unos con otros porque hasta cierta edad el niño no sabe jugar más que consigo mismo, y entre risas, empujones, carreras y gritos va abriendo sus alas la mañana, incluso para los dos que en un banco apartado comparten porro y botellón de cerveza, para ir cogiéndole el tranquillo al día; los dos visten pantalones de pitillo, camiseta negra y, pese al calor, cazadora festoneada de lamparones; ni sienten ni padecen, apenas se mueven: hace tiempo que pasaron a formar parte del mobiliario urbano, y lo saben. Cien metros más allá la Carretería bulle de burócratas encorbatados, de paisanos de los pueblos de la comarca que han venido al analís, por lo de la próstata o a arreglar los papeles o acaso a las rebajas, de cuadrillas de estudiantes en paro que derrochan tiempo a manos llenas, de tipos corrientes y molientes, en fin, como usted y como yo, que no saben si van o vienen, si los traen o los llevan y que de vez en cuando se pierden en su propio laberinto interior pero siguen caminando, ¡ea!, qué vamos a hacerle, a otros les va peor. Será cosa de los calores. Y entre tanto, a la mañana de julio se le va poniendo una cara de lunes que para qué te cuento. La caraba.

 

El Día de Cuenca
13 de julio de 2005.