Paco Mora. LUCÍA

Lucía

 

Lucía, hija, así es el mundo, aunque tú aún no lo sepas: este aire deshilachado en el que menudean tus deditos menudos abriéndose y cerrándose como mariposas locas, qué buscarán, qué cabriolas, qué pingoletas andarán ensayando. Este es el mundo, esta luz sosegada que se demora en tus ojos fulgentes, abiertos y enormes. Luz de la luz tus ojos, luz en la derramada luz de tu cuerpo que ríe y se inquieta y se descubre a sí mismo en cada torpe movimiento de las piernas, en cada gesto atolondrado de las manos. Lucía, mi niña, el mundo todo es desorden. Tú un dulce desorden que ilumina el trozo de cielo que hoy nos cobija.
Si supieras -ay- cuánto de ti trae el día. Satisfecho de sí, se embriaga el día y en su anchura vegetal navegas tú como un pececillo de colores, como un pez de diminutas aletas candeales que nada al buen tuntún en el es-tanque, chapoteando alegremente, pura gracia y misterio. Si vieras -ay- cuánto de ti se agita en el corazón vapuleado de tu madre: tú su niña pródiga, su perdida, su milagro. Si la vieras llorar a manos llenas, desbordar tu copa con la dicha de su llanto y luego reír a tontas y a locas… no le cabe en la sonrisa tanta dicha, se le escapa entre los dientes, generosa, silbante, apasionada. Tu madre, cuánto prodigio, mi niña, si supieras.
El mundo entero es un circo -mejor que lo sepas pronto- con sus malabaristas, sus trapecistas, sus contorsionistas, sus magos, sus payasos y sus fieras. Y un señor de bigote rizado que oficia de maestro de ceremonias. Dicen que a los niños os gusta el circo (pero tú no puedes saberlo todavía) con su falso colorín de cartón piedra, su redondel, su lona y sus bombillas de luz turbia. Yo no sé. Al niño que a veces va conmigo siempre le asustó el payaso listo. ¿O era el payaso triste? No sé. Te veo dormir ahora, tan inconsciente de ti, tan abandonada de ti, tan rebosante de ti toda y pienso que no, que no hay circo ni desorden. Tu sueño abriga mucho y le da pleno sentido al mundo.
Ea, mi niña. Recién amanece tu cuerpo claro y minutísimo y ya está tu padre haciendo filigranas de palabras con las letras de tu nombre. Qué fijación, Lucía, la de tu padre. No sabe lo que se hace. Contigo, no sabe. Se trabuca, tartamudea y llora como un bobo solo por mirarte. Ea, mi niña, ea, déjalo, que así es tu padre, no le entra el pecho en la camisa, será ganso…
Si hoy existe el universo, Lucía, es porque tú existes.

 

El Día de Cuenca
25 de febrero de 2004.