Paco Mora. EN LA PLAYA

En la playa

 

Dejémonos de viejos estereotipos caducos. Olvidemos ya el tópico del "botejara", que era el de aquella pobre familia que debía soportar padecimientos sin número durante sus vacaciones en la playa, de modo que lo que en principio se prometía como un paradisíaco periodo de descanso, acababa siendo un vía crucis inenarrable tras el que regresaban a casa deshechos. No. Ahora las cosas han cambiado, afortunadamente, y el turismo playero tiene su aquél. Es indudable que el viaje, hasta llegar a este oasis mediterráneo del que hoy disfruto con mi familia, se hace un poco lento y latoso (obras, caravanas, más obras, ya se sabe), pero seamos francos, bien mirado es mejor así, puedes disfrutar del paisaje a tus anchas y disminuye considerablemente el peligro de accidente por exceso de velocidad. Ya en tu lugar de destino te das cuenta en seguida de que el viaje merecía la pena. Desde el balcón de tu aparthotel contemplas cómo se abre el mar en todo su esplendor, aunque no corra ni un pelo de brisa y el aparato del aire acondicionado vaya a su bola. En el restorán compruebas de inmediato que las comidas son nutritivas y abundantes, si acaso un poco repetitivas: los lunes paella de pollo, los martes de verduras, de pescado los miércoles, los jueves de conejo, de costillejas y magras los sábados y los domingos de marisco. El arroz es salud, como bien nos enseñan los orientales, y como el restorán es de tipo buffet puedes hartarte hasta desbordar salud por los cuatro costados. En la playa no vamos a decir que no haya gente, porque gente hay por un tubo, pero si te esfuerzas un poco y caminas un rato igual encuentras un rodal en lontananza donde plantar la toalla y la sombrilla y aún te sobra sitio, y como el mar está limpio y tranquilo te das un baño que te sabe a gloria, aunque el agua esté como el caldo, que te advierto que para la niña de rechupete, así no le da impresión. La caída de la tarde, en el pueblo, es deliciosa. Kilómetros de terrazas en el paseo marítimo donde te sirven cerveza y pescaditos fritos; saben más bien a refritos y las cervezas están calientes pero, en honor a la verdad, la bandeja de pescado no se la salta un galgo y las jarras son de medio litro. Las noches del hotel están amenizadas por un dúo que, de no saberlo, te parecen tal que los Camela y a tu habitación llegan sus sones, re-mi, re-mi, re-mi, hasta que el cansancio te gana y entras con la sonrisa boba en un sueño reparador donde salen, pintiparados, los pescaditos, las paellas, la mar océana, los Camela de mañana y hasta el mismísimo plan de desarrollo del generalísimo Franco, mira tú por donde.

 

El Día de Cuenca
20 de julio de 2005.