Paco Mora. SONATA DE ESTÍO

Sonata de estío

 

El verano es lo que tiene, que hace calor, mucho calor, en ocasiones demasiado; el anticiclón africano que estos días se ha cebado en nuestros secarrales amenaza con hervirnos las glándulas sudoríparas y, a poco que se aplique, también las neuronas. Quizá por eso en esta época no nos sorprendan ciertos usos y actitudes que en cualquier otra estación sonrojarían al más pintado. Porque hay que ver a esos hombres, ya fondones, que en otoño visten impolutos trajes sastre, ataviados con esos calzorros (mal llamados bermudas) que dejan al aire unas piernas estrábicas y patidifusas, tirando a lechosas y varicosotas, unas canillas de tebeo que despertarían nuestra conmiseración si no fuera porque al verlas tan entecas y escurridas nos entra la risa floja; por no mentarlas a ellas, bien entradas en carnes pero embutidas en esas minicamisetas/faja/tubo que a la altura del flotador les estrangulan las mollas y se las dejan colgando, despavoridas y morcillonas, sobre la cinturilla de la falda o el pantalón como tocinos tendidos a secar. Son los rigores del calor, que nos obligan a bajar la guardia y nos ponen laxos y tontorros y sin ganas de nada. Así, por ejemplo, toleramos sin rechistar lo que nos echan en la tele, o sea, básicamente repeticiones de los programas y formatos más tostón de la temporada, por si no teníamos bastante basura catódica con la ingerida durante todo el año, y admitimos como música el desvergonzado chimpún de los cientos de sonsonetes que compiten por alzarse con el dudoso título de "canción del verano", cuando no directamente sus sucedáneos, porque parece ser que todo apunta a que en este 2005 la canción del verano ya ni siquiera será una canción sino un simple "tono" de teléfono móvil: según dicen los que saben de estas cosas el "tono" de esa ranita virtual que se anuncia por ahí está batiendo todos los récords de ventas conocidos, hasta el punto de que hoy por hoy ese chuntachuncillo de laboratorio se ha convertido en la banda sonora del verano, hay que ver, con lo que cuesta sacar adelante la carrera de música, con lo que le cuesta a un violinista ser violinista y a un tañedor de salterios y vihuelas ser un virtuoso del salterio y la vihuela. Pero hay que aceptarlo, es así, el verano, mal que les pese a algunos, tiene las tripas de salmonella, la piel de mosquito trompetero y el alma morena y rumbosa de los rayos gamma, es decir, un corazón de jarana en toda regla. A mí me encanta, lo confieso, quizá porque nos muestra tal cual, sin careta ni cáscara. Lo peor es que no dura nada y después de tres vueltas de tiovivo de la Feria de San Julián comienzan a pintar las hojas y en un tris se nos satura el paisaje de amarillos y ocres, qué triste, y el de los calzorros regresa al tergal y a la corbata y la señora mollar a la permanente y a su cara de sota. Una lástima.

 

El Día de Cuenca
10 de agosto de 2005.