Paco Mora. CUPONES

Cupones

 

Uno siempre ha tenido para sí que las tijeras son al peluquero, al sastre y al censor lo que la balanza al frutero, herramientas imprescindibles para cumplir con el oficio como es debido. Resultaría cuando menos chocante ver a un peluquero aplicarse en la cabellera de un cliente con unos alicates y a un dependiente pesando el kilo de pepinos a ojo de buen cubero, aunque uno conoció en tiempos a un barbero que para raparte la calavera utilizaba un instrumental más propio en el esquile de ovejas que en otra cosa y a un tendero cuya romana tenía más truco que el dado de un tahúr; pero esa es otra historia. Lo que no podía figurarme yo es que las tijeras acabarían convirtiéndose en utensilio habitual de quiosqueros. Hasta no hace mucho las armas del buen quiosquero eran, simplemente, unos dedos ágiles para despachar chucherías y contar calderilla y una sonrisa profiláctica con la que desearle los buenos días a ese señor tan formal que cada mañana compra la prensa. Los responsables de este nuevo uso profesional de la tijera en un gremio que hasta ahora prescindía de tan delicado instrumento son los periódicos, sobre todo los de tirada nacional. Lo que comenzó siendo una moda ocasional para atraer a lectores remolones ha devenido costumbre desbordada. Me refiero, claro está, a esos cupones de descuento que orlan generalmente la última página del periódico y que son canjeables por las cosas más variopintas, desde discos, libros y películas a figuritas en miniatura de tu serial televisivo favorito. El problema radica en que los cupones de cada día son ya tantos que el pobre quiosquero debe afinar de lo lindo para recortar el que corresponde y no otro, o para que no le salga un trasquilón y te mutile la columna de tu articulista favorito, como ha ocurrido más de una vez. Esta afición por el cupón canjeable le recuerda a uno otras épocas de mucha grisura en las que algunos establecimientos los usaban para premiar tu fidelidad, de modo que cuando conseguías juntar cierto número -tras años comprando en la misma tienda- te recompensaban con un juego de vasos de agua de duralex o con media docena de platos soperos de loza, ahí es nada. Yo no sé si lo de los periódicos con cupón responde a la misma política comercial de aquellos años o es sencillamente una forma como otra cualquiera de vender más ejemplares, pero uno tiene la molesta sensación de que le están endilgando lo otro, el cupón, donde está el negocio, y el periódico es mero pretexto para engancharte. Claro que, bien mirado, podrían hacer lo mismo los editores de libros, que se quejan de la escasez de ventas y así, por ejemplo, regalar algo que tenga que ver con el título de la obra. O mejor no, que hay ideas que queman. No vaya a ser que a alguien le dé por reeditar -con obsequio sorpresa incluido- la "Novela con cocaína", de Aguéev o "Las once mil vergas", de Apollinaire y la tengamos.

 

El Día de Cuenca
17 de agosto de 2005.