Paco Mora. LA FERIA

La Feria

 

Veníamos del trigo y de la vid -lo dije en un verso de otro siglo- y a nuestros ojos menudos todo se les hacía grande. Pepín, elemental rastreador de gamusinos y otras bestezuelas del campo, llegaba con su morralillo lleno a rebosar de asombro y de aire del pueblo y de embutido casero envuelto en hojas de periódico. Damián, tímido patológico, tímido de timidez reconcentrada, temblaba de emoción ante la magnitud del espectáculo y sus gafitas de alambre brincaban sobre el caballete de una nariz romana que tensaba y destensaba sus aletas a ritmo de charanga. La prima Rosi, pizpireta y revoleras, no paraba quieta ni a la de tres y todo lo miraba y lo tocaba todo y se le iba el corazón en risas por la boca. Hasta aquel día -corrían los 60- nosotros, chicos de pueblo todavía sin desbravar, lo más parecido a una feria que habíamos visto era el tenderete de un almendrero que vendía peladillas, garrapiñadas y turrón del duro, una especie de tiovivo a manivela con caballitos de cartón y música de pianola, una caseta de tiro con escopetas de aire comprimido y una familia de titiriteros que más que volatines hacían el ganso con una pértiga a son de pita y tamboril. Las atracciones, en fin, que caían por el pueblo para la Santa, una famélica troupe de feriantes de tercera que una vez al año plantaba sus reales en la plaza y se dejaba querer más o menos por la voluntad. Por eso cuando mi padre (bendito seas en tu Cielo, padre, cómo llenar aún hoy tu vacío) dijo que ese año pasaríamos un día entero en una feria de verdad -la Feria de Cuenca-, abrió de repente ante nuestros ojos niños un mundo de colorín desconocido. Con toda la parentela detrás -y buena parte del vecindario, que se apuntó a la fiesta ya que sobraba sitio en la caja del camión- el programa incluía un paseo por la ciudad, una visita al recinto ferial y una entrada para una representación sin par: la charlotada. A Damián, después de aquel viaje extraordinario le quedó una querencia, que terminó enquistándosele y se tornó fijación poco después: de mayor él quería ser enanito torero, para recorrer con su espectáculo cómico-taurino-musical todos los cosos del ancho mundo. Pero por más empeño que puso, las hormonas del crecimiento le salieron respondonas -en la pubertad sobrepasaba ya en un palmo la altura de los demás chavales-, así que hubo de abandonar pronto su sueño de dedicarse a las variétés. Acabó empleándose de tendero en el establecimiento de coloniales y ultramarinos del tío Daniel. Poco podía imaginar yo aquel día que, apenas dos años después, la vida me amarraría a esta ciudad para siempre y entre los mimbres de la cesta de San Julián me iría enredando sin remedio, trenzando y destrenzando ferias -siempre iguales, repetidas, sobadísimas- como si tal cosa.

 

El Día de Cuenca
24 de agosto de 2005.