Paco Mora. COLECCIONABLES

Coleccionables

 

El hombre del ojo de cristal rememora, con una pizca de compasión, los orígenes de la industria del coleccionismo. Recuerda el tiempo, no tan lejano, en el que los quioscos exhibían la menguada oferta de coleccionables por entregas que las empresas editoriales ponían en circulación, siempre los mismos: la consabida "Historia de España" en 124 fascículos a todo color, las cien mejores obras de la literatura universal encuadernadas en imitación piel, la enciclopedia sobre la fauna ibérica en 68 cuadernillos semanales de gran formato y tres o cuatro colecciones más de similar jaez. El hombre del ojo de cristal, coleccionista impenitente, se pregunta cómo pudieron enfrentar la rutina diaria en aquellos años oscuros personas como él, con tan escasa y sosa materia para juntar. Menos mal que las empresas del ramo se dieron cuenta en seguida de que ahí había negocio: sea por lo que fuere, el españolito de a pie tenía una marcada tendencia a reunir cualquier cosa que se le ofreciera de modo sistemático y envuelto en celofán. Así, el hombre del ojo de cristal recuerda con un estremecimiento de placer esas divertidas colecciones (las tiene casi todas) que pronto comenzaron a inundar el mercado: cascos de guerra en miniatura, carros de combate a escala, casitas de muñecas, fortalezas medievales, coches de época de hojalata, cabezas jibarizadas de todas las etnias del mundo, platillos volantes avistados sobre la tierra durante el siglo XX -reproducidos según el patrón mental común de todos sus avistadotes-, tocados y sombreros con los que el hombre, siglo tras siglo, se ha abrigado las ideas… Y un largo etcétera que ha convertido su casa en un abigarrado museo de curiosidades perfectamente inútiles. El hombre del ojo de cristal le tomó un especial cariño a su colección de Obras Maestras de la Literatura miniaturizadas en una lenteja, sobre todo porque fueron la admiración de parientes y conocidos: ¿cómo era posible escribir íntegro "El Quijote" en una sola lenteja de poco más de medio centímetro de diámetro?; pero la burra de su cuñada un día las estofó por error y al dolor por la pérdida de su colección más querida hubo de unir una indigestión de campeonato, achacable sin duda a las malas migas que entre sus jugos gástricos debió hacer el "Ulises" de Joyce con "El código Da Vinci". El hombre del ojo cristal espera, embargado por la emoción, que este curso salga por fin el coleccionable de todos los coleccionables (alguien de una conocida casa editorial le ha chivado que el lanzamiento es inminente, lo verá publicitado por televisión en unos días): "Parches oculares y ojos de cristal a lo largo de la historia", con reproducciones exactas de cada una de las piezas. No puede evitar, solo de pensarlo, que una furtiva lágrima asome por su ojo en falsete.

 

El Día de Cuenca
31 de agosto de 2005.