Paco Mora. LA FAMA

La fama

 

Que hay enfermedades del alma, mortales de necesidad, para las que ni siquiera tenemos nombres es algo que venimos barruntando desde hace tiempo. Y una de las más perniciosas es la del anonimato. Se diría que ser hoy un tipo anónimo es una dolencia grave que debemos tratarnos cuanto antes si no queremos caer en el pozo insondable de la depresión, antesala del secarral en el que se agostará sin remedio nuestra vida de don nadie. De otro modo no se entiende el afán de miles de paisanos que acuden para curar su insignificancia, como moscas a la mierda, a los santuarios/hospital en que se han convertido las televisiones. Todo vale por obtener tus cinco minutos de gloria, por fardar ante el vecindario del imponente palmito de señor importante que la tele te procura. Da igual si para ello tenemos que abrirnos las venas en canal ante las cámaras, mostrar nuestros pudibundos despojos frente al auditorio, rebuznar o dar a los cerdos nuestro corazón roto en pedazos: has salido en el cajón catódico, luego tu yo más íntimo ha cobrado carta de naturaleza real entre los vivos, has dejado para siempre una huella indeleble sobre la tierra.
Intentar explicar a esa legión de fantoches que toda obra humana, por sublime que sea, nace con una definitiva vocación de olvido sería perder el tiempo; difícilmente podrás ver un árbol si lo que miras es tu ombligo. Lo que resulta más chocante es que un buen número de escritores, músicos, pintores, etcétera, es decir, gentes por lo general preparadas y cultas que gastan sus días en intentar ofrecernos obras artísticas de mérito, se muestren tan remisos a la hora de aceptar esta dolorosa verdad. Gregorio Martínez Sierra, autor multiventas y quizá el escritor más famoso de su época en este país, apenas unas décadas después de su muerte anda sumido en el ostracismo, no se reeditan sus libros y probablemente a la vuelta de unos pocos años más nadie recordará su nombre. Don Quijote, ese jovenzuelo de 400 años de edad -con 800 seguirá siendo un pipiolo-, está condenado sin remisión a convertirse en polvo de estrellas el día en el que alguien apague la luz de la galaxia.
Por eso nos produce tristeza -y unas gotas de ternura- ver a esas rutilantes figuras del pop/rock de los años 60-70 arrastrando su sombra fatigada por las más recónditas aldeas de nuestra geografía, casi cobrando la voluntad y representando una pantomima de sí mismos, de la grandeza alcanzada antes de que el olvido desdibujase sus rostros. Se me dirá, con toda legitimidad, que hasta los ídolos caídos habrán de hacer algo para procurarse el pan, pero a veces quizá es más saludable cambiar de tahona. Porque al fin, si algo hubiera de quedar, más vale que fuese nuestro gesto y no el de nuestra máscara.

 

El Día de Cuenca
14 de septiembre de 2005.