Paco Mora. CUÉNTAME LA VACA

Cuéntame la vaca

 

Hace treinta años era otra cosa. El país entero olía distinto. El tirano agonizaba en su cama dictatorial rodeado de trepas y de una vieja guardia más bien escasa y escuchimizada pero carpetovetónica por los cuatro costados -¡faltaría!- y de la calle llegaba, cada vez más alta y con mayor insistencia, la voz de un pueblo cansado de tanta grisura impuesta a golpe de ley fundamental del movimiento, de tanta idea amarrada en corto al régimen, de tanto aire viciado de mentiras y medias verdades. Sin duda "libertad" era la palabra más repetida de norte a sur, hasta convertirse -por uso y abuso- en una muletilla o amuleto sin el cual habríamos andado como desnudos por la calle. A los jovenzuelos de entonces, nacidos a la sombra de la dictadura -dictablanda la llamaban los adictos-, no se nos caía la palabra libertad de la boca, seguramente tomada como un juego de las canciones de nuestros cantautores protesta favoritos que fueron, junto a Bob Dylan y los grandes grupos rock ingleses y americanos, casi nuestro único alimento musical de aquellos años. Supongo que formaba parte del entramado de una época que, por edad, nos pilló a contrapié y con el paso cambiado, y se nos impuso como los tejanos acampanados, los niquis con cordones, las camisas a cuadros, los jerséis de cuello alto, las greñas en el pelo y un afán irresistible -la sangre ardía en las venas- por emanciparnos cuanto antes y bebernos la vida de un trago.
En este contexto, las vaquillas de San Mateo no podían ser más que un espacio abierto para afirmarnos en esa libertad que intuíamos cercana, una afirmación la nuestra candorosa y del todo descafeinada, pues básicamente consistía en llegar un poco más tarde de lo permitido a casa, burrear en la Plaza Mayor a una distancia prudencial de los pitones de la vaca y compartir algún que otro guiño cómplice con las chicas de la pandilla, quizá más receptivas que nunca por aquello de que era fiesta. Aún no se había implantado la moda de las peñas, institucionalizadas hoy casi como cofradías de Semana Santa con discoteca móvil y botellón, así que cada grupo de amigos montaba la bulla por su cuenta, sin autoridad alguna que tutelara nuestras correrías mateas, lo que demuestra que cualquier tiempo pasado fue peor. Supimos que la vida iba en serio la tarde que nos arrimamos a la vaca más de lo debido y José Miguel recibió un empentón del animal. El reloj de pulsera de marca que su padre acababa de regalarle voló por los aires, con tan mala fortuna que vino a caer bajo la demoledora pezuña de la astada. Y ahí nos barruntamos que la edad adulta acechaba a la vuelta de la esquina, y el tiempo empezó a contar de otra manera.

 

El Día de Cuenca
21 de septiembre de 2005.