Paco Mora. MASCULINO SINGULAR

Masculino singular

 

Hace años transitaban por Cuenca dos tipos singulares. Ignoro qué habrá sido de ellos pues su huella -al menos para mí- se pierde en la noche de los tiempos, así que no sé si abandonaron la ciudad, si la vida, siempre desatenta al final, se les escurrió entre los dedos una tarde de otoño o si sus respectivas singularidades acabaron recluyéndolos en la celda del cerebro que gobierna los sueños rotos.
Todos los que anden al menos un par de lustros más allá de la edad del pavo se acordarán del inefable Hombre-Coche. Si hubiera sido norteamericano, este sobrenombre, Carman, con resonancias de superhéroe, tal vez le habría reportado algún beneficio. Nuestro Hombre-Coche era un sujeto enteco, tirando a bajito, tan magro de carnes como enjuto en obras y palabras, y desprendía ese aire de timidez, de fragilidad y ternura que el buen Dios otorga a las almas cándidas, un aire que ni siquiera un suceso trágico del que fuera responsable en su adolescencia -y que no viene al caso referir aquí- podía empañar. La gracia de este hombre, ¿recuerdan?, consistía en colgarse al cuello unas matrículas y echarse a la calzada, entre el tráfico rodado, como un vehículo a motor cualquiera. Tan respetuoso era con las normas de circulación que jamás se le vio pasar de los diez kilómetros por hora ni saltarse un semáforo, para desespero de los conductores que circulaban por Carretería y que armándose de paciencia avanzaban en caravana tras él, so pena de arrollarlo. Nunca tampoco se le pilló aparcando en doble fila o tomando una dirección prohibida.
El otro tipo singular al que vengo a referirme, este sí, fornido y grande como un árbol, asentaba sus posaderas cada día en la parte baja del murete de la Diputación que linda con la calle de San Francisco. El hombre sacaba de un bolsillo del gabán un magnífico puro de más de un palmo y con mano de experto lo prendía, lentamente, recreándose en el ritual. Después, con el puro en la boca, inclinaba la cabeza hacia atrás todo lo que podía de modo que la chusta del cigarro apuntase al cielo; y así permanecía al menos una hora, dando suaves caladas y viendo avanzar la ceniza hacia sus labios. El reto, claro está, radicaba en lograr que la ceniza del puro, en frágil equilibrio según se consumía, aguantase entera sin desmoronarse hasta el final. Siempre lo conseguía. Menos la infausta mañana en que el Hombre-Coche dio en pasar por la calle de San Francisco con gran ruido de motores y carraspeos del cambio de marchas -algo no debía funcionar bien en su vehículo aquel día- y el tipo del puro cometió el error de mover levemente la cabeza, por ver con el rabillo del ojo la causa del estruendo. Sería la primera vez que cruzaban sus singularidades aquellos dos hombres. No pretendo escamotearle nada al lector pero el resto de la historia es ceniza.

 

El Día de Cuenca
28 de septiembre de 2005.