Paco Mora. SIN RESPUESTA

Sin respuesta

 

El otoño y los noticiarios hacen buenas migas con la depresión. No se me ocurre un camino más directo hasta el frenopático que plantarse ante el cajón catódico y escuchar un telediario. Y lo peor no son las imágenes con las que nos bombardearán hasta tumbarnos, sino el problema de fondo que late tras ellas, el cúmulo de preguntas sin respuesta que permanecerán flotando en el aire sobre nuestras cabezas durante mucho tiempo, quizá para siempre. Miremos un noticiario cualquiera, de anteayer mismo: el Ártico se derrite a un ritmo endiablado, como no lo hacía desde hace millones de años; la causa: el calentamiento del planeta, en buena medida provocado por la emisión de gases de nuestros vehículos y fábricas; las consecuencias: imprevisibles, subida del nivel del mar y protesta generalizada de una naturaleza permanentemente agredida: huracanes y tifones cada vez más virulentos, terremotos, diluvios… Cuando hayamos envenenado el último río y el último gramo de aire, cuando hayamos asesinado al último animal y talado o quemado el último árbol ¿comprenderemos, al fin, que el dinero no se come? En Iraq, país invadido y sin ley, hoy ha habido suerte, solo han muerto siete personas y los desmanes callejeros no han sobrepasado el nivel de caos de costumbre. ¿Hasta cuándo? ¿Será posible zurcir en el futuro tanto descosido o será ya tarde y nos iremos todos al garete, en porreta viva, por los sumideros de nuestra ancha conciencia? No hemos empezado a calibrar todavía las terribles consecuencias de los huracanes en Estados Unidos y los tifones en Asia cuando es Méjico el país que amanece bajo la amenaza de unas lluvias torrenciales que prometen anegarlo todo, mientras aquí seguimos padeciendo la peor sequía del siglo, ¿otra vez la naturaleza defendiéndose del hombre con uñas y dientes? Las avalanchas de subsaharianos que asaltan las vallas de Ceuta y Melilla por cruzar la frontera que los separa de la miseria se han cobrado ya sus víctimas. Debates aparte sobre la responsabilidad de Marruecos en estos sucesos, demagogias a un lado de un gobierno, el nuestro, desbordado e incapaz de dar respuestas al problema, como no sea levantando unos palmos las vallas y mandando guardias y militares a vigilar la frontera, exabruptos al margen de una oposición poco sensible ante el tremendo drama humano que cada inmigrante arrastra tras de sí, cabría preguntarse si no es un derecho de todos los habitantes de la tierra, independientemente de su lugar de nacimiento, procurarse un plato de comida cada día, buscarlo allá donde esté, tener la oportunidad de ganárselo dignamente como usted o como yo. La cuestión, claro, es si usted y yo estamos dispuestos a compartir nuestro plato, a distribuir los recursos para que cada rincón del mundo sea de verdad habitable y nadie tenga necesidad de dejarse la piel saltando vallas. ¿Que es mucho pedir? Puede. Casi tanto como pretender que el planeta comience a girar justamente del revés.

 

El Día de Cuenca
05 de octubre de 2005.