Paco Mora. DE BOTELLÓDROMOS Y ARBORICIDIOS

De botellódromos y arboricidios

 

La moda del botellón, lejos de ser afición pasajera, se ha asentado en los últimos años entre nuestros jovenzuelos casi como su única forma de ocio, en lo que a la noche se refiere. Las ordenanzas municipales que prohíben el consumo de alcohol en la vía pública se han mostrado inútiles, como no podía ser de otro modo, entre otras cosas porque no hay fuerza suficiente para frenar costumbre tan arraigada y tan de masas, una costumbre social la del bebercio, por cierto, que en nuestro país se mama desde la cuna, a qué engañarnos. Se ha apuntado como una posible causa del botellón los elevados precios a los que se dispensa el alcohol reglado -cuando no el garrafón- en los locales de copas. Y puede ser que los jóvenes no anden con el bolsillo muy holgado pero creo yo que la raíz del problema es otra: el botellón es la consecuencia natural de los sucesivos botellones en los que hemos ido convirtiendo cualquier manifestación social a lo largo de los años. Toda celebración en la que nos juntemos más de dos, todo festejo popular (San Mateo y Semana Santa en Cuenca o las fiestas patronales de nuestros pueblos, por ejemplo) no se concibe si no es con cantidades ingentes de alcohol de por medio; si a ello le unimos que la calle es el escenario habitual del parrandeo patrio, porque nos gusta mucho la calle y que los hábitos noctívagos o trasnochatrices del español son proverbiales, se comprenderá bien lo que digo. Lo que nos molesta no es, pues, que se beba -tiraríamos piedras contra el propio tejado- sino que el botellón traiga mucho ruido y deje toneladas de mierda en el centro de las ciudades. Quizá por eso se le esté dando tantas vueltas a la idea del botellódromo (vaya palabro feo). Pues qué bien. Si el modo de solucionar un problema es no verlo, o sea, confinarlo allá donde no moleste ni se vea, estamos listos. Pareciera que en este asunto intentáramos ponerle puertas al campo a lo meramente adjetivo, mientras en lo sustantivo (según las últimas encuestas uno de cada cuatro jóvenes reconoce emborracharse cada cuatro días) miramos para otro lado.
Supongo que el futuro botellódromo conquense estará ubicado, en buena lógica, en algún lugar periférico de la ciudad. Lo seguro, según pintan los tiempos, es que ese lugar será un terreno baldío y desarbolado, a tenor del afán arboricida en el que siguen empeñados nuestros munícipes. Tras los sonados arboricidios del pasado reciente, ahora han sido los ejemplares del Paseo de San Antonio los que han probado la motosierra. Uno no termina de entender nunca por qué se talan los árboles de las ciudades, qué mal hacen a nadie, pero aún entiende peor que la tala se haga como de tapadillo y sin dar explicación ninguna. Sospecho que con cada árbol cortado, en el eslogan de la ciudad (Cuenca: naturaleza y cultura) a la palabra naturaleza le chirrían los dientes; perdón, quise decir las letras. Requiéscat in pace, mi arbolito antoniano.

 

El Día de Cuenca
12 de octubre de 2005.