Paco Mora. HACERSE EL MUERTO

Hacerse el muerto

 

La muerte es un mal negocio. En la muerte se entra a lo tonto, sin querer, pero luego no se sale de ella ni aun queriendo. Por eso hay gente que se empeña en hacerle un regate, o sea, en hacerse el muerto, por ver si así la despista y pasa de largo: un muerto ya no puede volver a morirse -dice el vivales que así cavila-, como si a la dama negra y desatenta se la fueran a dar con queso y, por más trucos que inventemos, no jugara a los dados sobre el tapete de nuestra mesa.
En Italia andan estos días intrigados con la muerte (quizá fingida) de la actriz porno Moana Pozzi, ocurrida hace once años. Según parece la pornodiva murió en una clínica de Lyon en septiembre del 94 y allí mismo fue incinerada. Luego sus cenizas se esparcieron por los Alpes. Lo curioso es que en esas fechas en la mentada clínica no disponían aún de incineradora. Después se dijo que no, que en realidad había sido enterrada en Lerma, una pequeña localidad del Piamonte, pero ni en el cementerio hay tumba alguna que lleve su nombre, ni en los registros de la iglesia certificado de defunción que atestigüe el deceso, ni documento oficial ninguno en el ayuntamiento que haga mención a que la reina del porno italiano haya sido sepultada allí. La Fiscalía de Roma ha tomado cartas en el asunto abriendo una investigación. Detrás de esta muerte -simulada o verdadera- pudiera ser que se oculten una serie de enigmas, tramas conspiratorias y secretos no desvelados al más puro estilo de las novelas de intriga, dadas las estrechísimas relaciones que a la actriz se le atribuían con destacados políticos italianos. O sea, la muerte una vez más (Marilyn Monroe, Lady Di, Elvis Presley) entendida como una rama colateral de la política. ¡Acabáramos! Por especular que no quede. La muerte así planteada sí es negocio.
Pero no hay que irse tan lejos, aquí al lado, en alguno de nuestros pueblos, la muerte de mentirijillas también ha tocado su flauta más de una vez. Cuentan que Tomás el Tuerto le dijo a su señora un día: voy a por tabaco. Cuando la mujer quiso caer en la cuenta de que Tomás el Tuerto no fumaba ya era demasiado tarde. Alguien le había visto adentrándose tan campante en el pantano, hasta que se lo tragaron las aguas. Nunca apareció el cadáver, así que la mujer se pasó media vida rezándole a una fosa vacía. Lo que no cuenta la crónica es que desde entonces en la casa de Tomás el Tuerto, pobre de solemnidad, no faltó de nada, ni para su mujer ni para sus seis huérfanos. Las malas lenguas dicen que los regulares ingresos que la viuda recibía los mandaba el propio Tuerto, que no hallando modo decente de alimentar a su familia se había empleado de chulo en un barrio chino del Levante y, para tapar su vergüenza, había fingido su propia muerte. ¡Señor qué historias para el Día de Difuntos que se avecina!

 

El Día de Cuenca
26 de octubre de 2005.