Paco Mora. MELIANO PERAILE

Meliano Peraile

 

No soy soñador, me dijo en cierta ocasión sin dudarlo un momento, lo que chocará al lector menos avisado, que sublima la condición del escritor hasta el punto de convertirlo en un ser sobrehumano que gravita, con la cabeza a pájaros, un palmo por encima del nivel en el que se mueven el resto de los mortales. Pero es que Meliano Peraile pertenecía a esa estirpe de escritores que, como José Hierro que afirmaba carecer por completo de imaginación, sueñan a ras de suelo, con los pies firmemente asentados en la tierra, fiando la enorme capacidad reveladora de la palabra escrita a los bocados de realidad que la vida cotidiana, corriente y moliente, le ofrecía; una poética de la existencia la suya, demoledoramente humana, que acabaría por convertirlo en uno de los narradores más interesantes de su generación.
Uno conocía poco a Meliano Peraile pero admiraba en él –y sobre todo en su obra- su coherencia, su compromiso literario sin fisuras, su búsqueda constante de un lenguaje claro, preciso, acendrado que dotase a sus historias de verdad, de mucha verdad y, a ser posible, de emoción. Y admiraba, por encima de cualquier otra cualidad suya, su dedicación al cuento (aunque no siempre compartiese su desdén por otras concepciones del relato breve que no fuese la suya, decididamente clásica), una dedicación que, en un país que siente escaso aprecio por este género literario, no es mérito menor y da cabal cuenta del carácter de un autor libre, ajeno a modas y modos al uso, que desde los primeros compases de su carrera –allá por los años 50 del pasado siglo- supo encontrar su sitio en el ruedo literario, con rigor e intensidad, aunque ello le supusiese renunciar a los oropeles de la fama y a unas mayores ventas de libros que, sin duda, otros géneros pudieran haberle reportado.
Meliano Peraile se nos ha ido con octubre, entre los amarillos de un otoño huérfano ya para siempre de sus maneras de hombre honesto, y creo que su ausencia supone una merma sensible para las letras conquenses. Es un autor más que apreciable, poco y mal conocido en su tierra, al que convendría de una vez situar en su debido lugar. De su obra me quedo con algunos cuentos de mérito y una copla muy triste: No puedo contar mis muertos / con los dedos de mis manos. / Me he muerto con cada uno; / me voy muriendo a pedazos. / Canciones por seguidillas / algunos días les canto / y noto que mis cantares / tienen los versos contados.

 

El Día de Cuenca
09 de noviembre de 2005.