Paco Mora. H5N1

H5N1

 

Es curioso comprobar cómo a los fenómenos de la Naturaleza susceptibles de provocar grandes desgracias damos en bautizarlos con nombres del todo humanos. Así, un devastador huracán puede llamarse Katrina, un tifón asesino Pepeillo y un tornado exterminador Baby Sister. Sin embargo, para apodar a las enfermedades producidas por esos otros fenómenos “naturales” (virus, bacterias y toda clase de bichas) utilizamos nombres crípticos, siglas y números mayormente. Supongo que es un problema de perspectiva. El mal que juzgamos exógeno se nos antoja abstracto, nos puede tocar o no pero desde luego no penetra en nosotros, de manera que podemos permitirnos con él, de antemano, ciertas chanzas. Por el contrario, el que se instala en nuestro organismo –la enfermedad- nos aterra, porque éste es personal y el dolor y la muerte que pudieran llevar dentro son nuestros y solo nuestros, por más que afecte a millones de semejantes, de modo que ni siquiera nos atrevemos a darle un nombre.
En los últimos tiempos se ha hecho tristemente famoso el H5N1, el más mortífero de los virus de la gripe aviar, todo un monstruo de tamaño liliputiense que causa estragos entre las aves y, por desgracia, también ya entre humanos. Dicen los mayores expertos sanitarios del planeta que es inevitable que el H5N1 mute y de aquí a nada se transmita de hombre a hombre, lo que provocará una pandemia que se llevará por delante a millones de personas. Quizá por eso los murciélagos vampiros –esos asquerosos ratones con ínfulas de ave- han decidido unirse a la fiesta desde Brasil. Las autoridades sanitarias de aquel país han dado la voz de alarma porque los siniestros chupasangres están atacando a la población de ciertas regiones: aprovechan la impunidad de la noche para hincar el diente y sorber los leucocitos de los incautos durmientes. El problema es que transmiten la rabia –también al ganado y a perros y gatos- y han causado ya la muerte de casi un centenar de personas. No quiero imaginar lo que ocurrirá el día en el que las aves portadoras del H5N1 y los ratones voladores unan sus fuerzas.
Así las cosas y previendo lo que se avecina no he tenido más remedio que seguir el ejemplo de mi amigo Miguel Ángel Ortega y hacer la caridad de retorcerle el pescuezo a mi periquito. Se llamaba Lucas y era casi humano. Un segundo antes de morir me ha mirado con ternura y con infinita gratitud ha piado mi nombre. Me ha partido el corazón en pedazos.

 

El Día de Cuenca
23 de noviembre de 2005.