Paco Mora. VENDEDORAS DE TIEMPO

Vendedoras de tiempo

 

Nuestra hastiada y opulenta sociedad del bienestar está cambiando a un ritmo endiablado. Y uno de los signos más aparentes de este continuo fluir del tiempo hacia lo mudable se manifiesta en la enorme proliferación de nuevas profesiones que, casi día a día, van incorporando una varilla al abanico del mercado laboral. Mientras nobles oficios de antaño como los de pocero, mamporrero, zahorí o profesor de latín pasan a engrosar los libros de curiosidades, otros menesteres alimentan el puchero del personal. Y no me refiero a todos esos profesionales y especialistas nacidos al abrigo de la cosa informática o del mundo de la telecomunicación, porque ahí nos perderíamos entre chips, cables cruzados y ondas asesinas, sino a esas otras ocupaciones surgidas de la simple necesidad, de nuestro retorcido instinto de nuevos ricos o de la mera estupidez humana.
Hoy uno puede ser “agente matrimonial de animales de compañía” y montar un floreciente negocio consistente en sacarle los cuartos a cualquier tonto con mascota y posibles, o puede hacerse de oro atendiendo al instante los caprichos de un paleto con dinero: que a usted se le antoja a las cuatro de la madrugada una botella de champán francés de una determinada marca y de una añada imposible, pues sepa que hay empresas que en un pispás la pondrán sobre su mesa (no pregunte cómo lo consiguen), siempre que esté usted dispuesto a extender un talón con más de tres ceros a la derecha.
El otro día la tele informaba de lo último en profesiones: las vendedoras de tiempo, (el femenino no es casual, son mujeres las que han urdido el invento). El negocio es simple: del tiempo que a mí me sobra yo le doy, previo pago, el que a usted le falta. Que no puede perder dos horas para sacar la entrada del Madrí-Barça, yo hago cola por usted; que no puede estarse en casa media mañana esperando al fontanero, pues yo lo atiendo tan ricamente. Y así en este plan. Lo malo será el día que le cojamos el gustillo a eso de disponer del tiempo ajeno y, ya puestos, encarguemos a alguien que acuda al gimnasio por nosotros, que lea los libros que no leímos o que cumpla con nuestra pareja –estamos siempre tan cansados- una vez por semana. Tal vez ese día nos descubramos viviendo la vida de otro y seamos, al fin, felices perdiendo nuestras horas a pierna suelta.

 

El Día de Cuenca
30 de noviembre de 2005.