Paco Mora, escritor
RELATO DEL CURA TRISTE QUE SE MURIÓ DE PENA

 

          Mi amigo Tristán me cuenta cosas de los peces. Mi amigo Tristán dice que los peces tienen una vida secreta y saben más que Lepe. Por eso me habla de los peces todo el rato. Bueno, y también de otras cosas. Tristán es mi mejor amigo, aunque como es mayor que yo no entiendo bien todo lo que me cuenta. Él dice que no importa, que ya lo iré entendiendo. Tristán aparece y desaparece, según, pero siempre que lo llamo viene y se queda conmigo. Mamá dice que es natural que me invente un amigo, que casi todos los niños lo hacen alguna vez, que los cuentos están bien. Ella misma, de pequeña, tuvo a su amiga Susi, me lo ha contado muchas veces, pero dice que yo empiezo a preocuparle, porque yo no voy con otros chicos y no es bueno que vaya solo Conese. Yo le digo que no se llama Conese, que se llama Tristán y no es ningún cuento. Mamá termina diciendo siempre que sí, que bueno, que está bien, pero que tendremos que hablarlo más despacio. Entonces me dice Corazón y me da un beso de buenas noches. Mamá tiene la manía de llamarme Corazón a todas horas, y Corazonmío, y me da mucha vergüenza porque igual me lo dice delante de Tristán que en la escuela, con Laseño delante, y con los compañeros.
          Mi papá está siempre de viaje. Algunos sábados vuelve y cuando viene a casa me trae un juguete. No se le olvida nunca. Siempre es igual: entra papá, me dice ¡queaimachote! y mamá se va a hacer un recado urgente. Entonces papá me lleva al parque de atracciones o al zoo a ver los acuarios o a una peli de dibujos y al burguer. Con papá te mondas de risa porque sabe contar los chistes que te tronchas, aunque mamá dice que no es trigolimpio y yo no sé qué tiene que ver papá con trigolimpio. Cuando papá y yo volvemos, mamá ya está en casa pero ellos ni se saludan ni se miran ni se besan. Mamá me acuesta en seguida y al poco rato oigo voces en la cocina, pero no sé lo que dicen porque yo estoy en mi habitación y desde allí no se entiende. Mamá chilla mucho y parece que llora y papá saca un vozarrón que da miedo oírlo. Y se oyen ruidos de pisadas y de trastos y más chillos. Entonces yo me tapo la cabeza con la almohada, hasta que no se oye nada. Y luego veo por el rabillo del ojo a mamá, que entra en la habitación y me da un beso y se queda un rato mirando, aunque esto ya no lo sé bien, porque como me hago el dormido no lo veo. Y creo que papá se ha ido de viaje otra vez, porque no está con mamá y ya no lo veo hasta que es un sábado o dos sábados, o más. Una vez, después de una pelea con papá, mamá se puso unas gafas negras negrísimas que le caían fatal. Dijo que se las había recetado el médico porque tenía malos los ojos y no le podía dar el sol, y las llevaba en todos lados, hasta donde no hacía sol y entonces dijo que no era el sol sino la luz lo que le hacía daño, aunque también las llevaba puestas cuando estaba oscuro.
          Un sábado que yo sabía que era sábado porque no había colegio, mamá me dijo que papá no iba a venir a buscarme y que yo tenía que ser bueno y quedarme toda la tarde en casa de la yaya, porque ella tenía mucho que hacer y donde iba no podía llevarme. Pero no volvió a recogerme por la noche, ni al día siguiente tampoco, ni en muchos días. Y la yaya estaba nerviosa y le decía al primo Ginés y al primo Alberto que había que tomar una determinación cuanto antes, que esto no podía seguir así. Y yo no sé qué día volvió mamá a por mí. Se le había puesto la cara muy blanca y tenía puntos en el labio y una venda en el brazo y otra vez las gafas. Hablaba con voz rara, muy bajito y despacio, y me daba todo el rato besos y achuchones y decía Corazonmío, Corazonmío sin parar. Me dijo que había estado enferma y que en todo ese tiempo no había dejado de pensar en mí ni un minuto, pero ahora ya iba a estar buena y muy pronto nos iríamos ella y yo a otro sitio, a un sitio con mar. Y yo estaba muy contento y le pregunté si vendría papá con nosotros a ese sitio con mar y entonces ella se echó a llorar, y yo también, y me abrazó más fuerte. Y ya no dije nada y aunque llorábamos, yo estaba muy contento.
          Y entonces papá ya no venía los sábados y mamá decía que un juez no le dejaba venir, y yo pensaba que el juez era el hombre del saco. Un día mamá se quitó las gafas negras, dijo nunca más, las tiró y las pisó en el suelo. Y mamá se reía y me daba pingoletas y me llevaba a costalete y yo también me reía y mamá me decía claro que sí, Corazonmío, ríete tú. Y mamá estaba muy contenta.
          Y al otro día mamá llevaba otra vez las gafas y yo no sabía cómo podía ser, si las había roto. Y es que eran otras gafas. Y mientras nos comíamos unas tarrinas en la heladería se puso a llorar y me cogió de la mano y dijo no puedo más, no puedo más. Y yo miraba su tarrina casi entera pero yo tampoco podía porque la mía era extragrande y me la había comido toda y aunque mamá decía no pasa nada, Corazón, no pasa nada, toma, ¿quieres mi helado?, no paraba de llorar, así que aunque no podía más me la comí, pero mamá seguía llorando y ya no me miraba cuando le enseñaba la tarrina vacía paraque dejara de llorar.
          Y después, el interior de las chabolas, donde diez, doce o catorce seres humanos se hacinaban en condiciones infrahumanas; enfermos de difteria o de tos ferina, viejos sin mirada con los pulmones encharcados junto a niños desnutridos, madres secas dándole el pecho a niños demasiado crecidos, que con sus dientes rasgaban los pezones intentando extraer la leche de la que carecían. Y el padre Baltasar Castro, cada martes, se encomendaba al Señor y decía algunas palabras costosamente y salía con el alma encogida y la expresión mudada. Y al cabo de unos minutos empezaban los mareos, el sudor frío y el revoltillo en el estómago y finalmente tenía que irse por donde había venido, triste y derrotado y una vez más, llorando.
          "Este infierno me secará las manos. Esta angustia me fruncirá la frente y me roerá la sotana. Estos, mis cuatro latinajos mal aprendidos, que pretenden llevar consuelo donde el desconsuelo campa y se ensancha, un día me hablarán en una lengua carente de palabras, extraña y pura, que se avergonzará de mí, de lo que pude hacer y no hice, de lo que pude decir y callaba, de lo que los latidos de mi corazón me inspiraron y desprecié. Señor, dame fuerza para sobrellevarlo. Dame la luz y la palabra que me faltan."
          Nunca tuvo el padre Baltasar Castro vocación de mártir o santo. Siendo niño entró en el seminario, lo empujaron sus padres a empellones, y ya no salió de su atmósfera, irreal y pía, hasta que cantó su primera misa. "Tú serás santo", le dijo su padre, "por mis santos cojones", lo acomodó en el coche de línea con una maleta de cartón y el jersey de abrigo y una tarde de finales de septiembre lo abandonó a su suerte. Acababa de cumplir diez años y cuando el primer día de clase le preguntó a don Tertuliano, uno de sus profesores, que cuales eran los santos cojones, el cura, sin poder reprimir su pasmo, con la nuez bailándole en el gaznate descontroladamente por efecto de la saliva que tragaba a borbotones y repitiendo como un poseso avemariapurísima avemariapurísima avemariapurísima, le propinó la primera paliza en regla de su vida. "Acérquese, jovencito, avemariapurísima", le dijo don Tertuliano. "Ahora, avemariapurísima, desabroche y bájese los pantalones, avemariapurísima"; él, asustado y vacilante, obedecía. "También los calzones", proseguía don Tertuliano, "avemariapurísima, inclínese y agárrese con fuerza a la mesa, porque esto le va a doler, avemariapurísima". En ese instante, don Tertuliano, ante el oh lastimero y admirado de toda la clase, sacó un vergajo descomunal del cajón de su mesa y empezó, graduando cada golpe con exactitud matemática, a azotar el culo en pompa del padre Baltasar Castro. Las nalgas se le llenaron de marcas, como reguerillos hinchados y sanguinolentos y anduvo sin cagar duro el pobrecillo más de una semana. El padre Baltasar Castro aprendió, a tan tierna edad, a que las lágrimas le nacieran hacia adentro, pues en aquella ocasión no derramó ni una sola. Al día siguiente, don Tertuliano, que ya se ganaría el alias de Avemariapurísima para siempre, encontró grabada a navaja en el vergajo la inscripción: "avemariapurísima, qué piazo picha", que apenas si alcanzó a leer una vez y de corrido, pues de pronto se puso blanco, violáceo un segundo después y cuando parece que iniciaba los primeros compases de una suerte de baile de san vito, se desplomó y quedó despatarrado en medio de la clase y así, en la horizontal y todo y desmayado como estaba, repetía en su delirio: "avemariapurísima avemariapurísima avemariapurísima..."
          A la edad de quince años, el padre Baltasar Castro vino a polemizar con otro de sus profesores sobre aquella cuestión genital que tan tempranamente le escaldara el culo. A propósito de una clase en la que se hablaba del cuerpo como santa morada e instrumento santo necesario que alberga al alma en nuestro paso por este erial de pecadores, vio llegado el día de aclarar de una vez por todas el asunto y ante el asombro general sostuvo que entonces también los cojones serían santos, pues eran estos parte de la santa morada y que, por tanto, no había lugar para el escándalo ni para hacerse cruces, así pues, en rigor, procedía reparar la humillación que tan injustamente sufriera al llegar al seminario, cinco años atrás, por una pregunta inocente, propia de la edad y la ignorancia pero que, en todo caso y en conciencia, nada tenía de soez o capciosa, como demostrado quedaba ahora, al cabo de los años. El profesor, que había ido palideciendo sensiblemente conforme avanzaba en su exposición el padre Baltasar Castro, dio por terminada la clase de inmediato, con la socorrida disculpa de una enfermedad repentina. Cuando salía del aula, completamente transfigurado, se le oía murmurar entre dientes: "ahora comprendo por qué a salvasealaparte se le llama las vergüenzas, ahora comprendo, ahora comprendo..." A los cinco días del hecho su padre recibió una carta del director del seminario en la que amenazaba seriamente con la expulsión del muchacho si en adelante no enmendaba. La tunda que le dio su padre sería la tercera en regla de su vida. Mientras se la daba, el padre Baltasar Castro masticaba para sí: "arrea, arrea, que llueve sobre mojado y ya tengo costra, así que por mucho que arrees no dolerá".
          En el último año, el padre Baltasar Castro acariciaba la idea de un pueblo pequeño donde ejercer su ministerio. Un pueblo retirado de todo aquel desorden que tanto daño le estaba causando. "Yo no soy fuerte, Señor", oraba a modo de disculpa, "hay otros siervos tuyos más poderosos que yo y que podrían hacerlo mejor aquí. Yo sólo soy un cura temblón al que le pesa en exceso la carga que le has encomendado. Pero Señor, que no se haga mi voluntad sino la tuya, si es que así Tú lo has dispuesto". Y caía vencido por el peso de su propia conciencia, hecho un mar de dudas. "¡Estos malditos escrúpulos!". Y se aletargaba en el rincón más oscuro del confesionario procurando no pensar en nada.
          Le había escrito decenas de cartas al obispo solicitando una audiencia, pero siempre la respuesta era la misma: "...creo sabrá disculparme, en cuanto sea posible contestaré resolviendo su atenta. Suyo en Cristo..." Por lo que había optado por escribir otras cartas extensísimas en las que le relataba al obispo, con todo lujo de detalles, sus problemas de conciencia, sus dudas y miedos, las correrías vomitivas de su estómago cuando visitaba las chabolas de los barrios periféricos, el temblor de muerte anunciada de su mano cuando hacía un donativo ridículo que no alcanzaba para nada ni para nadie, los dedos en carne viva de las mujeres, manoseando patéticamente a todo aquel que se hiciera con cuatro perras chicas. En estas cartas le pedía encarecidamente al obispo destino en otra parroquia, quizá en el pueblo más remoto del atlas, pero en cualquier caso lejos de ese ambiente de pesadilla que estaba acabando con él y con sus creencias. Por el momento, estas otras cartas, no habían obtenido respuesta.
          Pensando que no quería pensar en nada se quedó dormido dentro del confesionario. Estuvo así mucho tiempo, hasta que un ruido de madera que cruje lo despertó. Dio un brinco, se enjugó los ojos sobresaltado y salió del confesionario. Al fondo de la iglesia, junto al cepillo de la limosna para el culto, dos niños se afanaban en recoger unas monedas del suelo. El cepillo estaba caído, con la cerradura saltada y completamente vacío. El padre Baltasar Castro se fue acercando sigilosamente y sorprendió a los niños.
          "¡Ajá, tunantes!. ¡Así que esas tenemos!. Robando al Señor en su propia casa. ¿No os da vergüenza? ¿No sabéis que eso es pecado mortal y que si murieseis ahora iríais derechos a los infiernos?".
          Los niños, aterrorizados, se quedaron clavados en el sitio, mirando fijamente al cura con sus grandes ojos tristes, aferrando contra el pecho, los puños cerrados, su diezmado botín.
          "No es lo que usted se piensa, señor cura", se atrevió a balbucir uno.
          "Yo no pienso nada. ¡Vamos!, dame ese dinero".
          Los niños alargaron los brazos y abrieron las manos, temblaban.
          "Y ahora, vamos a ir derechitos hasta vuestra casa. ¡Vamos!, tirando delante de mí sin rechistar, y al que intente la menor jugarreta le doy un capón que se acuerda".
          Caminaron un largo trecho, durante más de veinte minutos. Conforme avanzaban al padre Baltasar Castro le mudaba el color y se le apretaban las carnes. Cuando al fin vio ante sí la explanada de las chabolas un sudor frío, amargo y punzante le recorrió la espalda. En seguida se encontró dentro de una casucha insalubre donde un hombre y una mujer luchaban desganados contra un ejército de niños desnutridos de todas las edades, que chillaban o lloriqueaban o hacían sus necesidades en cualquier parte. Se le acercó el hombre, con expresión marchita y el padre Baltasar Castro no pudo articular una sola palabra. Se llevó la mano al bolsillo de la sotana, sacó las monedas, se las dio al hombre y salió precipitadamente a la calle murmurando una disculpa.
          Esa tarde le escribió la más larga y descorazonadora carta al obispo. La cabeza le estallaba de dolor y se le agolpaban las ideas. Comenzó a llover copiosamente y entonces pensó con más fuerza en las barriadas periféricas. Cuando llovía con esa abundancia los caminos se hacían impracticables, las chabolas se inundaban de agua, barro y detritus y los desvencijados cachivaches que componían el mobiliario andaban flotando por todos los sitios durante muchos días. Las ratas se ahogaban y flotaban también con toda la basura y entonces los niños, en venganza, las abrían en canal y el agua tomaba un color negruzco y se levantaba un olor nauseabundo que picaba un poco más los pulmones de los viejos. Y a aquellas pobres gentes se les calaban los huesos y sumaban alguna otra enfermedad a las que ya padecían y se morían un día más deprisa que de costumbre.
          Cuando hubo terminado la carta la metió, cuidadosamente doblada, en un sobre y la depositó en el buzón de la puerta de la iglesia. Después, como empujado por un resorte, se dirigió hacia el confesionario y permaneció allí toda la noche, en una duermevela angustiosa llena de pesadillas.
          Sería de madrugada, en medio de un sueño que tal vez le hablara al oído en una lengua extraña y pura que carecía de palabras, cuando notó la mano hurgando bajo la sotana. No supo si velaba o dormía, pero la mano siguió avanzando y él no tuvo fuerzas para contenerla. Tras despacharse, sin placer, sin lágrimas, buscó las últimas monedas en el trasfondo del bolsillo y las puso en la mano. No pudo mirar la figura que se alejaba llorando apagadamente y susurrando muy despacio: "tengo hambre, padre, tengo hambre".
          Poco antes de la misa de ocho salió de allí y fue a la sacristía. Se vistió con los hábitos litúrgicos y se dispuso a celebrar el rito. Cuando salió al altar comprobó sin asombro que la iglesia estaba completamente vacía. Esa mañana, el padre Baltasar Castro pronunció una brevísima homilía digna de un santo y al acabar la misa, cuando estaba dando la paz, comprendió que en ese mismo instante se moría de pena.