Paco Mora, escritor
MUCHOS AÑOS atrás la casa de nuestros hijos estuvo
habitada de cangrejos

y monedas antiguas y cántaras de vino tan espeso
como el barro.

De madrugada partían los buscadores hacia las tierras
más alejadas

y a veces regresaban, al cabo de los días, con agujas
de pino y pájaros amarillos,

a veces traían el carretón de un húngaro sin fortuna,

otras se quedaban en la tierra de nadie con los ojos
desbordados de monedas

y al final de una noche tormentosa los ríos los devolvían
muertos y sonrientes.

En la estación de las lluvias nutrían su aliento
de palabras huecas y gestos de envidia;

durante el invierno se enroscaban como víboras
al calor de una fogata y de los muslos prietos de
su hembra.

Después, todo fue perdido. Los cangrejos invirtieron
su venida y ya no se amasó el vino en las casas,
las manos de los orfebres se poblaron de álamos

y dejó de acuñarse el precio de la historia.

Los que quedaron, triste valija triste de resignados
ojos,

iniciaron un viaje sin retorno hacia las capas azules
de aquella tierra de nadie donde se expande el olvido.

Llegó entonces, por primera vez, la lluvia negra.

 


 

LO MÁS HERMOSO era sorprender a las muchachas
desnudas en el río:

sus pechos frutecidos, blancos, dulces; la mano
avergonzada intentando inútilmente ocultar el sexo
como un bosque.

Los pezones eran líquidos y puntiformes y se crecían
lascivos, ajenos al rostro colorado y a los labios
tambaleantes.

Sus pieles simulaban mandarinas y a veces plumas
de ánade o el suave tacto de los conejos recién nacidos.

Tras los ojos un hueco de luz y deseo que acababa
humedeciéndolas. Y perdían las mirada en una estrella
fugaz e invisible que nunca acarició sus cuerpos bajo
la luna.

Después llegaban los insultos, leves, quedos, sin
convicción. Y nosotros las perseguíamos, amenazándolas

y ellas reían y daban gritos a los pájaros y echaban
a correr excitadísimas. Y entonces sus senos se desmayaban
en la carrera, tan tiernos

y había que hacer un esfuerzo por no tumbarlos y
guardarlos en la boca para siempre.

Noche tras noche la bruma amarilla de finales del
verano escondía en sus brazos los besos encendidos,

la mojada, torpe monotonía de las yemas; y la sangre
agolpándose en las sienes y estallando por dentro
como un torrente blanco.

Los ojos eran vidrio y las manos racimos rebosantes
de zumo. Siempre una muchacha terminaba por derramarse
en nuestros labios,

su sabor quebrado perdura todavía en la memoria.

Al cabo de los años, y en alguna noche tibia de
líquida hermosura

he vuelto a ver la bruma amarilla contoneándose
desnuda, abstracta entre los álamos.

 


 

QUÉ LEJOS los molinos. Qué ocultos los álamos transparentes
en las noches de luna.

Qué distancia todo aquello que acaso habitaste un día
y te poseyó de escarcha y ausencia.

?En qué punto quebró tu esquirla? ?A dónde la sinrazón
doméstica que fue moneda de tu paisaje?

Murió la infancia y las plañideras en su agonía
le mesaban la incipiente barba,

la urgían con ung|entos de flores aromáticas y pastelillos
de vidrio

por ver si recobraba la postura o se abandonaba al último,
definitivo aliento.

Titilaban los álamos en despedida. Un perro devoto y sin nombre
orinaba en el féretro y miraba con ojos entristecidos,

los labios de cinc del abuelo sacralizaban, como un templo,
el porche y la tina donde una vez un niño se abrazó
a su mano y le sonreía.

La calle en reposo. Guarecida mansamente en su oquedad
malherida.

Pulsó la eternidad la íntima fibra de la muerte perpetua.
Un muchacho

con úlceras en el gesto, al que no reconozco en esta actitud
humilde que el espejo confunde

se coló de rondón en mi retina y puso escalas al tiempo
y me desdijo con ademán mentido de ternura.

Puertas al tiempo, puertas, puertas. Oquedades fingidas,
palpables oquedades

que se vencen con el viento como un junco y me acarician
levemente y me traspasan de silencio y abandono.
La muerte ha muerto vestida de luto riguroso.