Paco Mora, escritor
            POR EL RÍO VAN CABALLOS

 

De nuevo, el otoño batiendo los postigos,
como si nunca antes la vida tejiera sus tapices
    en la casa.
Otra vez el vértigo abisal de la existencia hurgando
    en las cómodas, trazando signos de duda en las
    paredes y sobre la cal de mi alma.
Inmóvil, en el cuarto hay un hombre que mira
    y no pregunta,
inmóvil, junto a mi lecho, el curso del río
    viste canas amarillas y paréntesis de hierba.
Este es el lugar de la ruina y el silencio,
bajo este techo de arrogancia alcé una cabaña
    de naipes y palabras
que tumbó el vendaval. En tránsito
mi voz clamando por la herida,
en esta mies de nadie enjalbegada de fiesta
    que cicatriza en mi carne.

Una vez más el otoño golpeando los cristales,
dibujando caballos ocres en el río,
hermosos caballos rotos entre la niebla.

Caballos de tristeza semejantes a mi alma.

 


 

            VALVERDE DE JÚCAR

                                                 ( A la memoria de mi hermano Faustino.)
                                                                 ( G.L.M., a su amor, in memoriam.)

 

He salido al silencio empedrado de las calles,
vuelvo, sin más valija que mi voz aquietada, inútil,
traigo hambre, encendido el corazón; mi casa,
hoy páramo, cascotes vencidos contra el tiempo,
es una luz débil, cobijo de insectos y ratones.
Donde un día hubo un patio de baldosas rojas y geranios
y un rosal y un pozo de agua fresca. Vuelvo,
huérfano y desahuciado: consumido el aceite
del candil de la infancia, del pecho arriba
crece el silencio como avena loca; el dolor
que en el tiempo es nido y abandono, repta. Traigo
las manos sarpullidas de melancolía, la voz
herida por la ingratitud, la desesperanza
a remolque de la vida.
No soy de este lugar, mi alma que no fue nunca grano
sino agua, jamás os perteneció, mi carne
lacerada no os merecería.
Y sin embargo me pesa vuestra sangre como un surco,
el corazón me sabe a tierra, y a todos
os contengo: !salvadme del naufragio! Ved
la soledad de mi discurso, el decurso humilde
por el que transitan mis palabras. Las lamparillas
de la noche encienden vuestras manos y las mías,
que son de almizcle y barro, os ocupan la frente.
Miradme, soy el que escribe la vega,
el pantano desecado, la plaza
tomada de niños y quincalla. Soy el que habla
en un aula de párvulos, entre los olivares,
en la guarnicionería, en las tiendas
de textiles, en la trastera de un cine de verano.
Soy un gesto de siete
años varado en una casa de fantasmas.
En toneles y tinajas madura la edad. En tahonas
de pan caliente, recién hecho, con olor
de trigo cuajado, se amasó la vida.
Gustad cada racimo, cada brote del pámpano,
cada sarmiento alimentando la lumbre,
la dulce persistencia del membrillo:
para la vida no sirven las palabras. Nunca,
ahora lo sé, saldré de las calles de la infancia. Mi alma
que es pluma y cincel, velará sin llanto
las dos tumbas abiertas en el ánima de Valverde.
!Cuánto os he querido!
Como huyendo, he llegado para besar a los muertos,
como ladrón, de noche, porque mis pasos sean
eco de otros pasos más antiguos o, tal vez, venideros,
por no morir de miedo en esta siesta.
Volveré de amanecida, cuando el verde
de la vega alumbre la tierra de campanillas,
cuando mi cuerpo, pantano adentro, sea la vega
y mi alma campana de la torre
que engulleran las aguas. Vendré
y entre las ruinas
de mi casa
             levantaré el valle verde que te nombra.

 


 

            SUCEDE QUE ME CANSO DE SER HOMBRE
                                                                                     - Pablo Neruda -

 

Sucede que me canso de ser hombre,
sucede que camino y me desando
y vuelvo a mí constantemente, pero
ya no hay lluvia en el fondo de mis ojos.
Sucede que en la busca está la huida,
que mi alma es un envase de vidrio
no retornable, que hay manchas de sangre
en las sábanas, pero en mi cuarto
no hay nadie.
                       Sucede que algunas veces
entro en mi sueño y no me reconozco
más yo que en el sueño de los otros;
y con Miguel voy de mi corazón
a mis asuntos: la triste verdad
del indefenso sellada en la boca.

Sucede que me canso de ser hombre
y no puedo gritarlo sin morir
de frío. Hay pájaros amarillos
en mi pecho y una mueca de espanto
atenaza mis dedos: mi voz rompe
contra el cielo como un alud de voces.
Si al menos pudiera recomponer
el paisaje, para hacer de mis manos
un campo de trigo, si acaso fueran
mis labios escarcha.
                                  Pero sucede
que el hombre que late en mi corazón
se vació del hombre y anda triste
sin su caracola. Frente a la imagen
del espejo no hay nadie. Nada. Nadie.

Sucede que me canso de ser hombre
y en mi alma ya es invierno.

 


 

            VÍA MUERTA

 

Tarde gris de lumbre
y hojarasca.
Noviembre.
Silba un tren,
en el raíl, un niño
atento, escucha.
Un temblor súbito.
Un vuelo amarillo.

Una flor
desvanecida.

 


 

            SECUENCIA

 

He lanzado mi pluma, dardo y cincel, contra tu
nombre. Tu nombre: un poema de amor triste.
He resuelto suicidarnos en el último verso.
Te has sacado la pluma y dulcemente has dicho:
mejor borramos y volvemos al principio.
He mirado. Tus ojos, la dimensión de mi orfan-
dad. Mirabas.
En el cartucho de mi pluma un rastro de tinta
seca.
Ha sonado una risa y un disparo.

 


 

            AUTOBIOGRAFÍA

 

Yo vivo en la palabra y las palabras
arden en mi voz oscura;
en la palabra vivo, en el dolor
abierto de la herida
que las palabras dejan en lo escrito.

 


 

            FIGURACIÓN

 

   Algunas noches de otoño, el río
parece una herida abierta en la tierra,
una grande herida que supura
   y no ceja,
un desgarro oscuro entre el cielo
   y los hombres.

 


 

            VUELTA

 

No es que no quiera volver
sino que no hay retorno.

Un niño con un pájaro
muerto en la frente
me mira,
asomado a mis ojos
contempla y calla.

 


 

            NADA

 

Puedo decir río o almendro, damajuana o cráter
puedo decir castillo y omitir príncipe
puedo decir vida o muerte y abolir el tiempo
                       aunque
                       no me oigas
puedo decir el universo en un poema
nada pues        todo
es nada

las servidumbres del lenguaje
ya no te tocan.