Paco Mora, escritor
            LA CASA

 

   Si estuvieras aquí, en nuestra casa,
   si fuera otro día, precedente o futuro, da lo mismo,
   si tuvieras las manos de membrillo que un día quise
inventarte, me dejaría acariciar hasta morir,
    te pediría que tu boca succionase uno a uno los
racimos de mi cuerpo,
   me abandonaría a tu espalda y a tus brazos
   y llevaría hasta tu lengua, entre guayabas, la palabra
brisa y la palabra océano.
   Mira, el agua cruda insiste en los cristales, agolpándose,
viene la noche hacia una suerte de luto empapado y triste,
   como tú triste y ciega y desangelada.
   Afuera, la calle deletrea en neones tu nombre como un
acertijo,
   acecha y se yergue como una zorra en el sol perdido de
los barrios, en las estaciones de servicio, en los bares,
   en los burdeles que venden un paraíso líquido a precio
de saldo y en diez minutos se mueren,
   en el aire viciado de los parques donde el silencio se
corta a cuchillo y los árboles penden como ahorcados de
sus propias raíces inertes,
   en los cines astillados por el tiempo y la costumbre, en el
gesto de la gente lastimada que camina a trasmano de sus
sueños,
   que crucifica el misterio y se arropa y desteje
lentamente la vida entre mamparas grises.

 
   Tus ojos, vidrio desolado, me faltan en la casa,
   tus manos de pavana garabateando noviembre como
un párvulo,
   tus palabras lentas, puntiformes, trayendo ecos
olvidados de alguna historia de amor que también sería
la nuestra.
   Lo triste no es que las hojas caigan cuando adquieren el
dorado puro del otoño,
   sino que caigan las hojas verdes,
   y yo las he visto caerse, en todo su esplendor, como
labios atardecidos;
   (deshabitada mi carne y mi memoria, cristal ajado, sólo
me queda esperar, esperarte
   más allá de la muerte o de mi vida, una vida voraz que
nunca supe imaginarte del todo).

 
   Es tan pequeña esta casa. Los tabiques apenas son de
celofán transparente
   y una luz tibia, casi intuida, que difícilmente alcanza
algunas de las cosas que te hicieron reconocible,
   y yo sé que las cosas terminan pareciéndosenos
demasiado,
   que a la larga nos conforman a su imagen y semejanza
   y hablan por nuestra voz y ríen en nuestra risa y nos
suceden indolentemente en las vidas que nos preceden o
nos siguen
   y así, acaban siendo nosotros mismos.
   Si las cosas simplemente carecieran de nombre,
   si para nombrarnos no hiciesen falta tantos nombres
similares,
   acaso el ritmo del orbe sería otro.
   Tal vez hubo un tiempo en el que yo soñé tu sueño de
alondra,
   cuando apenas si los brazos me alcanzaban para
prender tu forma de mujer,
   tu textura peculiar que nunca supe.
   Si algo extraño en mi viaje son tus labios carnosos
como flores silvestres,
   tus manos diáfanas, tus dedos de acicate,
   si algo conservo, es tu aliento pausado, exhalando en
mi sexo una brisa de río,
   tu sueño en el umbral, desguarnecido, sin tiempo, ya
sin noche ni día, tu voz bromeando en mi oído:
   si pudieras morir un poco en mi muerte te cubriría con
mi cuerpo de arrope.
   Pero ahora sólo queda la casa, una casa ajena, una casa
deshabitada de mí mismo,
   las luces anaranjadas que se cuelan por el vidrio sucio
de la ventana proyectando siluetas falsas
   en las que ya no te reconozco,
   una niebla tan húmeda que puede espumarse entre los
dedos
   y esta soledad del revés a la que aparentemente me
amoldo y conformo
   pero que no sé de dónde viene ni a dónde me lleva,
   (el pájaro en su jaula también se basta y canta y sin
embargo no tiene alas).

Afuera llueve y en nuestra casa, impertérrita, silenciosa,
apagada, la noche se ovilla y desgrana un sueño triste.

 


 

           LAS HORAS MUERTAS

 

A la vuelta de este verso se duele
un animal herido,
un don impuro que sustenta
el orfebre dolor que va en la vida.
Tras esta palabra, una luna
amarilla a gajos deviene
en un niño de ojos tristes
que me tiende su mano invertebrada,
Entre renglones, acuclillado
en barbecho, el tiempo se demora
en los brazos de un joven
que se viste en mis camisas,
me hurga en los bolsillos
y se entretiene con los flecos
que deshilachan mi nombre

Aún no conoce el dolor
este muchacho. Aún es amable
el verso a su pluma enamorada.
"Vivir sin ti o no vivir:
ambas son empezar" -y escribe:
"tú, que formas un ocho perfecto..."
con la beatitud del grano en sementera.
Aún la tarde no luce palmatorias
de vela en el cuarto donde yace
ya frío el abuelo.
Aún a su paso el camino
se extiende, río arriba,
donde una muchacha le aguarda
con sus pechos de trigo a la intemperie.
Y sin embargo, a la vuelta
de éste verso último,
en el abismo blanco de esta página,
un niño de ojos tristes, las horas
muertas, conforta al joven en su dolor,
para mañana, para ayer.

 


 

           LA TRAMA

 

En un lugar de esta ciudad un hombre
solo, medita. En la habitación de un hotel,
encerrada en sí misma, una mujer
espera. Los une este minuto, el fantasma
acaso de esta línea inacabada...
Un cielo igual. La conciencia fútil
pero exacta del espacio en la lluvia:
plenitud del tiempo tras el vidrio,
transcurso, nube.
Más allá del pensamiento, de las brasas
que alientan su combustión incesante,
más acá de la otra orilla
del sentimiento, que su razón
confunde, está la palabra
en la palabra misma. Campanarios,
azoteas altísimas de imágenes
reunidas en un cuerpo que es el cuerpo
de todos y de nadie. El hombre
ahora pasea, la mujer
se derrumba en el diván y llora.
El sonido diminuto que las palabras
producen al chocar las emparenta,
en su hermandad se difuminan,
en su misterio se encuentran para saltar
al vacío y quebrar sus huesos luego.
En la lluvia se mojan y se agrandan,
con el sol se cuartean y se hinchan,
en la contradicción aparente está su música:
un puñado de tierra y el mar al fondo,
el instante y lo perpetuo que de ese instante
queda en el crujir del universo. Una palabra
lo es sólo en su herida. El hombre
ahora se detiene, medita, coge el gabán
y toma de la puerta de la calle.
En el hotel, la mujer, frente al espejo
del baño acaricia un revólver.
Unas letras de carmín en el cristal se duelen.
De pronto un disparo rasga el instante,
el destino que para ese instante está soñando
este verso recién asesinado.

 


 

           EJERCICIO DE CALIGRAFÍA

 

En este cuarto amarillo se adelgazan
las palabras. No vivo, la vida me vive
en algún otro que reescribe cuanto escribo.
Este cuarto tiene un ventanuco
cegado y una araña que no luce
y una lámpara de carburo oxidada.
Ha venido a mi escritura a verme morir,
a cifrar el verso, el vocablo preciso
que acaso me lleve. No hay salida:
"morir entre renglones", dije,
fieramente hablando, como un niño
apostado a una palabra que no entiende,
y es quietud, desolación, soledad,
memoria inabarcable.

En este cuarto desleído las palabras
son gigantes molinos sin quijote. Hans
sin hábito de payaso triste, un gesto
de impiedad, una derrota
en brazos de la amada. En la calle
un tranvía de otro tiempo se detiene
y se licúa ante los ojos estériles
de una muchacha, sus viejos viajeros
asienten quejumbrosos sumidos en la luz.
Galería de fantasmas debidos a la ausencia,
al abandono irremediable de las tardes,
al río ilimitado de la duda o el conocimiento
que en mi cuarto son luz, espacio,
moneda y signo.

Una palabra es un cuerpo desnudo
en busca de voz. La palabra
como dardo certero que horade el aire,
la memoria, el pensamiento, la conciencia;
la palabra como un rayo que no cesa.
(En Somalia un niño, en Johanesburgo un niño,
en el Zaire un niño, en Sarajevo un niño;
el mundo un niño de dolor, cuyo desgarramiento
es más grande que la tierra: aquí, sola,
una lámpara de carburo, un ventanuco,
una araña, una metáfora vana en la mesa).
Confieso que las palabras me duelen a veces
y otras veces las advierto
como torpes, meros ejercicios de caligrafía.