Paco Mora, escritor

TODOS LOS PECES SE LLAMAN EDUARDO

 

Francisco Mora, a través de 31 cuentos –divertidos unos, desgarradores otros-, nos propone una lúcida reflexión sobre los problemas que aquejan a nuestra sociedad, al hombre, en fin, perdido definitivamente en su laberinto. Todo ello con un lenguaje, un ritmo interno en las narraciones y una manera de definir a los personajes y de extraer todos sus matices a la tensión de las situaciones que muestran la capacidad del autor para la recreación de atmósferas inquietantes y que nos revelan a un escritor con unas dotes para la palabra poco comunes pues sus historias, absorbentes y turbadoras, ágiles y contenidas, sorprenden al lector más avezado.
Un detective vigila a un tipo que, en apariencia, no hace más que leer y escribir; una mujer pasa el velatorio de su padre en compañía de un ser callado y escurridizo y de una mosca; un hombre se despierta una mañana y descubre que en su casa han levantado una frontera; cierto día, el río trae el cadáver de una mujer muy hermosa a un pueblo olvidado… Historias que cabría situar del lado más onírico y surreal de la existencia, en ese punto de extrañeza donde la irracionalidad de lo cotidiano cobra carta de naturaleza, en el envés de la trama de la vida donde, a veces, las cosas que creemos más firmes se tambalean ante el vértigo de lo absurdo y la realidad, tan huidiza, adopta un orden diferente.
El lenguaje, el ritmo interno de las narraciones, la manera de definir a los personajes y de extraer todos sus matices a la tensión de las situaciones, su capacidad para la recreación de atmósferas inquietantes nos revelan a un escritor con unas dotes para la palabra poco comunes y sus historias, absorbentes y turbadoras, ágiles y contenidas, sorprenden al lector más avezado.
Pero hay mucho más. Porque con los 31 cuentos de este libro –divertidos unos, desgarradores otros- Francisco Mora nos propone una lúcida reflexión sobre los problemas que aquejan a nuestra sociedad, al hombre, en fin, perdido definitivamente en su laberinto.

 

 

  Reproduzco a continuación diversas noticias y artículos que han aparecido a raíz de la publicación de este libro.

 

Entrevista publicada el 18 de diciembre de 2007 en "El Día de Cuenca".

 

"Creo en ese golpe de la realidad que se nos escapa y cambia todo".
El escritor Francisco Mora acaba de publicar su última obra, "Todos los peces se llaman Eduardo", un libro de relatos, de cuentos, que ha surgido con el trabajo de más de cinco años y que muestran lo extraordinario que puede llegar a ser nuestro mundo más cotidiano".

 

"Todos los peces se llaman Eduardo" es el último trabajo del escritor y colaborador de El Día Francisco Mora. Se trata de 31 cuentos, en el sentido clásico del género, relatos breves que muestran lo absurdo y asombroso que puede ser lo cotidiano, con perdedores y personajes anodinos que se ven de repente envueltos en lo extraordinario. Cinco años ha tardado en escribirlos este autor que ya está preparando nuevos trabajos.

- ¿Cómo han surgido estos cuentos, estos 31 relatos?
- Es un libro escrito a lo largo de cinco años, con relatos que iban surgiendo, que me iban surgiendo. Son muy breves, y sin intención, acabaron teniendo mucho en común, y se presentan vinculados a la actualidad, también sin pretenderlo.
- Lo cotidiano rozando lo absurdo, o lo absurdo de lo cotidiano, ¿es ese el fondo de los problemas que ha querido reflejar?
-Bueno, en realidad sí que son muy cotidianos. Están llenos de gente muy normal, de perdedores, con situaciones que llegan, dentro de la normalidad, al punto del absurdo, pero es que quizás nuestras vidas son así, hasta llegar a ese punto de magia, que rompe esa mediocridad, ese absurdo, esos problemas cotidianos. A mí, al menos, me salen así mis historias, porque nunca me he interesado por esos mundos fuera del mundo en los que se centran algunos escritores.
- Y después de escribirlos en un período tan largo, como son cinco años, sin intención de que tuvieran vínculos, ¿cuál es el nexo de unión entre estos cuentos, si es que lo hay?
- Mi primera idea era escribir cuentos, sin más, muy del día a día, con escenas cotidianas, pero en los que siempre surgiera algún elemento extraño, aquello que no atrapamos de la realidad. Luego, además, me di cuenta de que los temas que trato, en forma de cuentos en la tradición más clásica como forma narrativa, están conectados con la actualidad, y hablan de asuntos como la soledad del hombre, la violencia, la pena de muerte, e incluso los malos tratos, temas que son muy actuales, aunque al principio no me di cuenta de ello.
- Los personajes son "normales", las situaciones "cotidianas", en una especie de catálogo de vidas anodinas que son sacudidas por lo extraordinario de la propia realidad. ¿Por qué esa fijación con los perdedores?
- Bueno, pues porque así somos todos, nuestra vida es normal, no tenemos nada de extraordinario, pero sin embargo yo quiero creer en la magia, en ese golpe de la realidad que se nos escapa y que lo vuelve todo extraordinario.
- ¿Estamos trabajando ya en más historias como éstas?
- Bueno, estoy trabajando. Tengo otro libro ya acabado que espero que vea la luz pronto, y proyectos en la mente, como una posible novela, pero de eso mejor no hablamos, porque si no los proyectos sin acabar se tuercen.

 

"Todos los peces se llaman Eduardo".

 

Reseña sobre el libro realizada por Hilario Priego y publicada en "El Día de Cuenca" el 30 de diciembre de 2007.

 

Francisco Mora (Valverde de Júcar, Cuenca, 1960) es un autor más conocido entre nosotros como poeta que como prosista, aunque es también un perfecto conocedor del género narrativo, tal y como atestigua el libro que recientemente ha publicado y que lleva por título “Todos los peces se llaman Eduardo”. Además, desde hace varios años ejerce también como columnista, labor que viene desarrollando semanalmente en las páginas de “El Día de Cuenca”.
Hasta ahora, Francisco Mora había publicado, entre otras obras, un libro de relatos (“Las lágrimas”, 1984) y varios poemarios (“De la tierra adentro”, 1983; “La luna de los álamos”, 1982; “Sonata breve con desnudo y lluvia”, 1994, y “Memoria del silencio”, 2000). Como señalábamos más arriba, a estas obras viene a unirse ahora una magnífica colección de cuentos (publicados en la madrileña editorial Exlibris) cuyo continente y contenido resultan, sin duda, extraordinarios. Este nuevo libro lleva por título “Todos los peces se llaman Eduardo”, y se compone de treinta y un relatos que se insertan dentro de lo que podríamos clasificar como cuentos clásicos, aunque con una nueva puesta al día para el lector actual; como puede leerse en la contraportada de la obra, estamos ante “historias que cabría situar del lado más onírico y surreal de la existencia, en ese punto de extrañeza donde la irracionalidad de lo cotidiano cobra carta de naturaleza, en el envés de la trama de la vida donde, a veces, las cosas que creemos más firmes se tambalean ante el vértigo de lo absurdo y la realidad, tan huidiza, adopta un orden diferente”.
“Todos los peces se llaman Eduardo” es un conjunto de relatos breves (en algunos casos se puede hablar incluso de auténticos microrrelatos), algunos de los cuales están impregnados de un gran sentido del humor, mientras que otros resultan duros y desgarradores. En cuanto a los temas, Francisco Mora siente predilección por aquellos asuntos que, de algún modo, reflejan los problemas actuales que aquejan a nuestra sociedad y al hombre desnortado de nuestros días, pero en todos los cuentos brillan las cualidades del autor como prosista. Se ha dicho repetidamente que, para formar a un buen narrador, son necesarios muchos y muy diversos elementos: inteligencia y capacidad de observación, una rica experiencia vital, habilidad para contar historias interesantes (y, a la vez, significativas), una formación literaria que permita manejar eficientemente las técnicas narrativas y el lenguaje. No son muchos los escritores que consiguen reunir estos elementos, pero Francisco Mora está sin duda entre ellos, pues ha logrado llevarlos a su obra mediante una paciente y laboriosa dedicación.
Desde el punto de vista estilístico, Francisco Mora ha sabido crear una obra en la que todos los elementos compositivos están perfectamente estructurados. En este sentido, en “Todos los peces se llaman Eduardo” encontramos una prosa muy efectiva, una acertada dosificación en el manejo de la trama y, especialmente, una extraordinaria habilidad para la creación de atmósferas apropiadas para cada cuento. Decía el maestro Julio Cortázar hace ya algunos años que un cuento es un relato en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo, de una manera que podemos calificar casi de fatal, hacia un final. Pues bien, exactamente eso es lo que ha conseguido Paco Mora con este conjunto de narraciones breves que comentamos.

 

"Todos los peces se llaman Eduardo".

 

Reseña sobre el libro realizada publicada en la revista "Crónicas de Cuenca" el 12 de enero de 2008

 

Edgar A. Poe, uno de los pioneros del relato breve, escribía en su “Filosofía de la composición”, texto teórico en el que explicaba el proceso creativo de ese poema antológico que es “El Cuervo”, acerca de la idea de impresión o de efecto, y concluía: “Resulta claro que la brevedad debe hallarse en razón directa de la intensidad del efecto buscado, y esto último con una sola condición: la de que cierto grado de duración es requisito indispensable para conseguir un efecto cualquiera”.
El gran narrador, poeta y ensayista estadounidense subrayaba así la importancia fundamental de la duración narrativa, llevándola más allá de la simple consideración cuantitativa para incluirla en otra de tipo cualitativo: la extensión de una narración va más allá de lo formal para integrarse, si es realmente coherente, en la consideración de un género que crea sus propias reglas en pos de una cierta expresividad. Por eso, el cuento no es género menor sino una expresión artística específica donde la brevedad, la concisión, responde a un sentido concreto y no a la simple miniaturización. De la misma forma que un soneto no es un poema de sólo catorce versos, tampoco un cuento es una novela reducida.
Como se debe deducir, el logro de este efecto va unido a un “tempo”, a un ritmo determinado que es donde alcanza su eficacia y eso es lo que ocurre con los 31 cuentos que Francisco Mora ha publicado recientemente bajo el título de “Todos los peces se llaman Eduardo”, cuentos de una extensión adecuada para la “intensión” donde personajes aparentemente cercanos se muestran dentro de una lógica donde la paradoja los convierte en kafkianos, en unos textos que siendo prosa suenan como poemas del sinvivir casi cotidiano. Una buena noticia para empezar el 2008.

 

"Todos los peces se llaman Eduardo".

 

Reseña sobre el libro realizada por Ariel Fernández Aguas y publicada en "El Día Cultural" el 13 de enero de 2008.

(Apoyado en su buen decir narrativo Francisco Mora juega en estos relatos a mostrarnos lo real y lo aparente como las dos caras de una misma moneda)

 

Más conocido como poeta y como columnista que como narrador, Francisco Mora comenzó sin embargo su carrera literaria a golpe de relato con la publicación, en 1984, del volumen “Las lágrimas”, cuyos textos habían obtenido el Premio Carta Puebla de cuentos. Con “Todos los peces se llaman Eduardo”, publicado por la madrileña editorial Exlibris, retorna pues a esos sus orígenes para darnos una espléndida muestra de su buen hacer también en este campo. Buen hacer por la calidad de su escritura y buen hacer por el mundo que, en ella apoyada, crea y nos transmite a través de unas historias –breves, alguna bordeando incluso el microrrelato- con las que nos introduce, casi sin que nos demos cuenta y como el que no quiere la cosa, en ese terreno incierto que se despliega en la confusa frontera de la realidad a pie de calle del hacer y deshacer nuestro de cada día con la ambigua y en tantas ocasiones desasosegante también, qué demonios, realidad de nuestros sueños, temores, fantasías y deseos.
Kafka, Monterroso o Davis Grubb –por el propio autor desvelados- pero también (que el bagaje literario de Mora es amplio y sólido) Cortázar, Millás, incluso, aunque sea en guiño, el mismísimo Juan Rulfo y junto a ellos, mucho menos esperables pero presentes en admirable amalgama sin disonancias, que ya es ser hábil, Aldecoa o -¿verdad, Chete?- el mejor Marsé, ahorman el esqueleto del contar del autor sin que, por otra parte, deje éste, haciendo suyas tales influencias y yendo un paso más allá, de transmutarlas en personal, diferenciada e identificable impronta. Porque, convenciéndonos con su hábil decir de que lo aparente y lo real no dejan de ser –se sea mago o no se sea- las dos caras de una misma moneda, y de modo similar al que nos tiene acostumbrados en muchas de sus columnas periodísticas, Mora juega a desvelarnos los permanentes vasos comunicantes de la diaria rutina con lo inesperado, o con un horror que no siempre, por cierto –cual bien nos muestra en el cuento que da título al volumen- está del lado de esa segunda realidad impalpable sino de la mucho más inmediata dura verdad –privada o pública- más cotidiana. Y sin darnos tiempo a reaccionar, nos lleva de la mano ora a uno, ora al otro de esos dos campos tan poco o nada en sus historias delimitados, para, por ejemplo, darnos de bruces con ese absurdo casi de andar por casa que –vuelto el vigilante en vigilado o enfrentados a la insólita continuada presencia de cualquier ciclista trajeado- puede en cualquier momento instalarse a nuestro lado, si primero cual sombra llegada de puntillas, mutado luego en rotunda presencia incontrovertible; o para mostrarnos como uno puede, tantas veces, acabar siendo “el otro” (¿o el otro uno?); o cómo lo peor de los fantasmas es lo reales que a veces llegan a ser; o cuán atemorizante puede resultar la visión del propio futuro o el dejar a la intemperie, sin el habitual protector disfraz de la palabra, nuestros más íntimos pensamientos. Y es que, al fin y al cabo, nadie nos puede ni nos podrá certificar nunca –al menos en el cosmos narrativo de Francisco Mora- si no seremos, más que el sueño de Monterroso, el del propio dinosaurio.
Libro muy bien escrito y de un tono medio muy alto, hay que esperar que sea avance de una mayor dedicación a la narrativa de su autor, algo que al comentarista le da que sí va a ocurrrir. Porque está casi cierto de que Francisco Mora –sin abandonar tampoco su hacer lírico- va a proseguir, para gozo de sus lectores, por esta senda con la misma firme decisión con que el protagonista de su “Línea 22” está decidido a que nadie le impida hacer lo que tiene que hacer “así que crezcan las calles y trencen garabatos y laberintos”.