Paco Mora, escritor

PREGÓN DE LAS FIESTAS DE VALDECABRAS EN HONOR DE SAN ROQUE.
14 de agosto de 2009.

 

Señor Alcalde, Autoridades, vecinos y vecinas de Valdecabras, amigos todos, muy buenas tardes.

 

En primer lugar, como no podría ser de otro modo, debo dar las gracias a los responsables de que hoy, en esta especial tarde de agosto, me encuentre aquí intentando pregonar –seguramente con más voluntad que tino- vuestras Fiestas en honor de San Roque. Es un placer y un privilegio que nada he hecho por merecer y, en consecuencia, no me gustaría defraudaros. Si he aceptado ser vuestro pregonero ha sido por dos razones fundamentales: por amistad (y algo tiene que ver en ello alguien que se encuentra por ahí, ¿verdad, Jesús Dalmacio?) y porque, lo digo y lo proclamo a los cuatro vientos y en voz bien alta: me gusta vuestro pueblo, me gusta mucho. Siempre que me he acercado por aquí (bastante menos de lo que debiera) me he sentido bien, he sentido que me encontraba en uno de esos lugares excepcionales, bellísimos, entrañables, acogedores que uno percibe como suyos, que uno hace materia de sus emociones más vivas, de su yo más íntimo. Y eso que, os lo confieso desde el principio para ser honesto con vosotros, el pregón es un género que he practicado poco y que no estimo demasiado. Quizá porque, en el mejor de los casos, el pregón suele ser un híbrido pseudoliterario en el que el pregonero de turno se limita a dar unas pinceladas, dispersas aquí y allá, sobre la pequeña historia, la intrahistoria, las costumbres, las cosas, las gentes y los paisajes del lugar pregonado en cuestión, o sea, un pequeño "peñacete" para la audiencia que se soporta como buenamente se puede con el oído puesto al relente, pues siempre es lo mismo, o más de lo mismo. En el peor de los casos -y es esta una costumbre puesta de moda hace ya muchos años- el pregón se convierte en un discurso, pues a quien se invita a pregonar las fiestas es a un político y, en resumidas cuentas, aquello termina siendo una loa de esto y de lo otro, de tal o cual partido, enmascarada de citas de los más prestigiosos autores literarios metidas en el texto con calzador: total, un tostón que hace un flaco favor a la Fiesta, en particular y que, en general, ha acabado por falsificar un género, el del pregón, que desde luego nació con muy distintos presupuestos e intenciones. Por fortuna, tengo más que comprobado que en vuestro pueblo las cosas se hacen de otra manera -o sea, como es debido- y cuando queréis montar una exposición llamáis a los pintores, cuando queréis músicas a los músicos y cuando se trata de letras, de hilar frases con una sintaxis más o menos aseada y con algún sentido, recurrís a los escritores. Enhorabuena. No todo el mundo, aunque parezca mentira, entiende tan cabalmente las cosas, de manera que nos venden por pintura gurrapatos en colorines, por música chinchimpunes desacordes y por literatura tontadas escritas con una prosa de parvulario.

 

Cuando uno recibe un encargo como el que hoy me trae aquí, lo que primeramente se plantea es qué clase de pregón convendrá a la ocasión y al pueblo, a la Fiesta, que por definición es tiempo de asueto y de alegría, de gracia, de amistad y diversión. Y la verdad es que no he encontrado respuesta, o, al menos, ninguna que me satisfaga por completo.

 

Podría trazar, por ejemplo, un viaje lírico (al modo del poeta José Luis Lucas Aledón) por las fuentes de Valdecabras, auténtica envidia de cualquier otro pueblo que se precie; esas fuentes (verdaderos surtidores de agua viva) de las que, si no ando muy mal informado, se han llegado a escrutar 79 (ahí es nada) y que al reclamo de su solo nombre cualquier sensibilidad artística medianamente atenta podría crear los más bellos poemas: La Escaleruela, Los Ceños, La Chozuela, La Morisca, La Rendija de la Tía Casimira, Herro Concejo, Valdeavellanos, El Enebro, El Mosquito, La Potaja, La Martina, El Piojo, La Medina… Fuentes de nombres evocadores, de potentes resonancias literarias, de las que no es de extrañar que quisieran beber las princesas, como doña Ana de Austria, que, según recoge José Torres Mena en su libro de 1878 “Noticias Conquenses”, (y cito textualmente): “Por el agua más delicada de Europa se tuvo la de la fuente del Herro de Concejo, que mana en el término de Valdecabras… […] De esta fuente bebía la princesa Doña Ana de Austria y de ella se la hacía llevar a París…”

O podría, ya metidos en harina, proponeros un recorrido ficcional, y a ser posible con unas gotas de prosa gótico-fantástica, por las cuevas y simas de las que vuestro pueblo es cantera, y que no le andan a la zaga a las fuentes en cuanto a sugestivos nombres se refiere: La Sima de las Palomas, La de Los Perros, El Simarrón, La Sima del Agua, La Cueva del Boquerón, La Cueva de la Mora, La de los Morciguillos, La del Gato, La del Cinorrio, La Cueva de las Ánimas: ¿Os imagináis qué magnífico relato romántico habría escrito Gustavo Adolfo Bécquer con una Cueva que lleva ese nombre?

 

Sin duda podría esbozar unas líneas que diesen cuenta de la historia de estos parajes bendecidos de la mano de Dios, desde la Edad de Piedra hasta Alfonso VIII, desde aquellos remotos años de la Edad Media en que estas tierras pasan a ser un señorío hasta hoy mismo, con algún retazo más o menos aparente que se refiriera a vuestra iglesia o, al menos, a ese hermosísimo retablo del primer tercio del siglo XVI que la preside. Pero lo cierto es que uno tiene poco de historiador y mucho menos de investigador o de erudito, de modo que lo más probable es que me perdiera en algún vericueto inextricable de la Historia.

 

Y, por supuesto, podría -y tal vez debiera- proponeros una sentida semblanza del Patrón, San Roque, ese hombre de Dios al que la circunstancia familiar llevó a nacer en Montpellier, allá por el año 1295, ya que, como muchos sabréis, era hijo de un noble magnate de la Corte de Pedro I el Grande, rey de Aragón, y como quiera que entre otros cargos, el padre de San Roque ejerció el de Gobernador de Montpellier, pues ahí tenemos a nuestro Santo, creciendo feliz en su terruño provenzal entre cantos de trovadores, narraciones épicas y fiestorros en castillos. Una vida regalada pero completamente banal que pronto terminó hastiando el espíritu inquieto y profundo del joven Roque. Así, cuando quedó huérfano y único heredero de una inmensa fortuna tomó la decisión que cambiaría su vida y marcaría su destino para siempre. Cumpliendo lo que dice la parábola: “Hubo un hombre rico que llamó a sus servidores, les distribuyó sus bienes, y después se marcho a una región lejana…”, el Santo donó toda su fortuna a los pobres y vestido de peregrino (ancho sombrero, bordón y capa) inició el largo itinerario en el que gastaría sus días; primero en Italia, donde se entregó sin descanso al servicio de los enfermos cuando la peste diezmaba con más saña a la población; luego en Plasencia, por ejemplo, donde atendía día y noche a enfermos y moribundos. Pero también él contrajo la terrible enfermedad y, como apestado, se le recluyó primero para, después, perseguido y calumniado, tener que huir a un bosque cercano, fuera de los muros la ciudad. Se dice que allí se curó, gracias a una fuente cristalina que calmaba su sed y a un perro que, compasivo, le lamía las heridas y le traía en la boca su colación diaria de pan desde un castillo cercano. De vuelta en su ciudad natal, Montpellier, no sólo no le reconocieron sino que, tratado como un espía, fue a dar con sus huesos en la cárcel, donde murió en 1327. Para la Iglesia, como no podía ser de otra manera, San Roque es el santo peregrino de la caridad, pues representa como nadie ese espíritu de entrega que hace de la caridad y de las obras de misericordia su razón de ser como hombre y como cristiano.

 

En fin, podría, podría y podría, pero yo creo que con ello poco aporto de novedoso al género y a los ilustres predecesores que en años anteriores vinieron a pregonar la Fiesta. Y se me ocurre que si habéis tenido a bien invitarme lo será por mi condición de escritor, por mi empeño de tantos años en hacer de la poesía, del cuento y de la columna periodística menester de vida: esos tres géneros de la literatura en los que, mal que bien, lleva uno casi desde siempre intentando domeñar palabras con todo el rigor y la honestidad literaria que su humilde ciencia le da a entender. De modo que debo suponer que lo que de mí se espera es que haga lo único que sé hacer: literatura.

 

Es lo que haré. Si me lo permitís, me gustaría contaros un cuento. Un cuento de amor. Si la Fiesta, si vuestras fiestas son un paréntesis (bendito paréntesis) en el duro calendario de los trabajos y los días, dedicado a la alegría, al jolgorio, a la diversión comunitaria, al ocio y al juego entre vecinos, quizá no está de más iniciarlas con un cuento de amor, que muy bien nos puede servir de pórtico a esa idea de unión, de confraternización que, para que la Fiesta sea de verdad memorable, debe presidir cada uno de sus actos. De este cuento di a conocer hace tiempo y en una sola ocasión un breve bosquejo, pero hasta hoy no lo he presentado en público más o menos acabado, entre otras cosas porque lo he desarrollado para la ocasión.

 

No os preocupéis, es corto y con él daré casi por concluido este pregón.

 

El cuento, en rigor una leyenda que mi tío Antonio contaba que ya contaba su abuelo podría narrarse, letra arriba, letra abajo, así:

 

Se llamaba Teófilo y rondaba los veintimuchos, aunque sus flacas carnes, su proverbial descuido en los cuidados mínimos del pellejo y el pobre aliño indumentario con el que cubría sus desnudeces –vivía casi con lo puesto-, le daban apariencia, como poco, de treinta y diez. Era hombre de escasas letras, desgarbado, tirando a feo pero de buen corazón que ejercía de ropavejero, malviviendo, con los cuatro cuartos que le procuraba la venta de trapos viejos y baratijas usadas, a las afueras del pueblo, en un antiguo y desvencijado chozo de pastores que él mismo recompuso con sus propias manos. Nunca se le conoció mujer ni pariente cercano o lejano alguno. Decían las malas lenguas que Teófilo era el arrebatado fruto de un amor pasional y clandestino en el que ardieron, durante una sola semana, una hermosa muchacha húngara y un señorito con posibles de la comarca. Habladurías. Corrían aquellos lejanos tiempos en los que raro era el verano que no se dejaba caer por el pueblo alguna troupe de saltimbanquis y titiriteros, que durante unos días llenaban las calles de colorín, músicas y ruido cobrando por sus humildes espectáculos la voluntad, que no debía ser mucha, la verdad sea dicha, a tenor de las catervas de ociosos y chiquillería que componían, básicamente, su parroquia. A aquellos artistas del hambre se les llamaba por estos pagos, con mucha novelería, Los húngaros, y alguna de sus muchachas, a las que con más mala baba que otra cosa se las tenía por disolutas y casquivanas, debió cargar con el infundio.

 

El caso es que un día apareció a las puertas de la casona de los señores de Peribáñez, un pudiente matrimonio ya entrado en años, un ramo de flores silvestres. El ramo iba destinado a Inesita, la única hija de tan provecta unión. A aquellas flores primeras siguieron, un día después, otras, y dos días más tarde otras más, hasta que aquella ofrenda floral dirigida a la joven y delicada Inés se hizo costumbre diaria durante largo tiempo. Como puede suponerse, las lenguas se estiraron hasta el paroxismo por los cuatro puntos cardinales del pueblo, y como quiera que siempre se había dicho que Teófilo bebía las mieles por Inesita, pues verla y ponérsele cara de carnero degollado era todo uno, no tardó en correrse la voz, no sin cierto tono de rechifla, de que el ropavejero era el donjuán enmascarado. Pero jamás pudo probarse que fuera él quien dejaba las flores para la joven Inés; y eso que el padre de la muchacha puso su mansión bajo vigilancia día y noche durante muchos meses. Fue inútil. Cada mañana allí aparecía el ramo de flores silvestres, en el último peldaño de acceso a la casa, sabe Dios por qué arte de hechicería.

 

Un malhadado día Inesita enfermó de fiebres, y por más que su padre, sin reparar en gastos, se trajo de la ciudad a los más prestigiosos galenos que no regatearon esfuerzos aplicando a la muchacha los más variados remedios para su mal: boticas y sangrías, ungüentos, lociones medicinales y cataplasmas, inyecciones, vahos aromáticos y linimentos, al cabo de dos semanas la dulce hija de los Peribáñez entregó su alma al Altísimo entre sofocos y delirios sin cuento. Aquel mismo día cesaron las ofrendas florales y, lo que es más extraño, a Teófilo se lo tragó la tierra. Nunca jamás nadie volvió a verlo ni en el pueblo ni en ningún otro lugar. Como bien puede imaginarse, la coincidencia levantó ampollas y disparó las habladurías hasta el disparate; lo que no viene al caso relatar aquí.

 

Muchos años después, cuando la usura del tiempo vino a hacer su labor de zapa en el chozo de Teófilo y ya la humilde construcción se desmoronaba sin remedio, saltó la sorpresa. El muro posterior del chozo era en realidad una pared falsa que ocultaba el muro verdadero y, en el angosto habitáculo que se abría entre ambos, apareció el esqueleto de alguien emparedado. Lo asombroso es que parecía haberse emparedado a sí mismo, pues allí estaban, mordidas de tiempo y orín, las herramientas propias de un albañil. Y lo más fabuloso e increíble de todo: en un añoso jarrón sin agua devastado por la herrumbre se erguía orgulloso un manojillo de flores silvestres, con unas flores tan lozanas y frescas que parecían recién cortadas.

 

Ocurre, a menudo, que el viento se queda quieto un instante, llenando el aire de volutas invisibles que parecen reconfortarnos con una gracia nueva, vivificadora, y sin saber bien por qué desde ese momento nos sentimos más ligeros, y con fuerzas renovadas alcanzamos a terminar el día con una sonrisa más o menos inconfesable. Este hecho menor, del que pocas veces nos damos cuenta, viene a reafirmarnos en nuestra disposición para la alegría, para la risa, para el gozo y el placer, para la belleza, en fin, que en su más amplio sentido podría abarcar a todos los demás. Y cuando de belleza se trata, aquí está el marco perfecto, lo estáis pisando, lo estáis sintiendo como yo lo siento tan vuestro como lo es mío: esta tierra de Valdecabras, de imposibles respuestas, que hay que amar con los ojos bien abiertos y a voz en grito, con la pasión irreprimible de los buenos hijos o los mejores amantes. Pero, a pesar de todo, yo me quedo con vuestra belleza, esa otra belleza interior, personal e intransferible, que cada uno llevamos puesta, porque, no lo dudéis, la del árbol, la del agua, la de la roca, la de la yerba, no es sino una extensión de aquella, prolongada a través de los siglos gracias al hombre que la llena y la habita dándole sentido pleno. Claudio Rodríguez, poeta y poeta sabio, escribió estos dos endecasílabos prodigiosos:

 

“La belleza anterior a toda forma
nos va haciendo a su misma semejanza.”

 

Ojalá no se equivocara. Y así esta comunidad pueda decir muy alto que legitima su fiesta en la alegría, es decir, en la belleza, como cotidianamente lo hace, estoy seguro, en su buena conciencia de grupo y en el trabajo.

 

Así pues, las cosas, en este nuevo agosto, detenido un instante en nuestras vidas, vuelve, como si de un ave migratoria se tratara, a alzarse el pueblo sobre sus pilares. Elévese el telón y con él se eleven todos los hombres y mujeres de Valdecabras. Yérganse los niños, los pámpanos y los viñedos y que su néctar delicioso sea escanciado en la copa comunal que os deseo y canto. Sea la alegría y el ritmo de la música un latido común que os sorprenda chocándoos la mano y la sonrisa, y en el tiempo preciso de un paso de baile venza el beso, tras su lucha milenaria, a la distancia. Pendan guirnaldas y risas en todas las ventanas y del corazón de cada uno de nosotros. Y sea así la fiesta. Así la copa de vino que alzo en este brindis de salutación y esperanza que yo, indigno pregonero agradecido, os anuncio y deseo.

 

Y ahora, gritad todos conmigo: ¡Viva San Roque! ¡Viva Valdecabras!

 

Muchas gracias.