Paco Mora, escritor
EN OCTUBRE llegaba la lluvia.
Venía furtivamente, aprovechando una noche de luna
                                                                        llena
y ya no daba tiempo a refugiarse bajo el chaflán
   del porche de uralita, sembrado de gavillas.
Después un olor apelmazado, una umbría voraz
   lo ocupaba todo
y había que calzarse las nuevas botas de agua
y vestirse el anorak a cuadros azules.
En cuévanos de esparto maduraban las frutas
y el abuelo por las tardes reparaba los asientos
   de enea estropeados.
Los pájaros en el cielo terminaban de reagruparse
y batiendo las alas se despedían. Volando bajito
casi rozando las chimeneas.

 


 

LA CALIGRAFÍA dulce de tu vientre
me ha atardecido las muñecas.
Pende, ingrávido, el jacinto
colgado de un macetero blanco.
Me dices, sin mirar, que ayer
un autobús atropelló a un niño
y el pecho se te inflama
por el susto.
No hay nada, nada.
Sólo unos ojos extraviados
y -lo que parece ser-
la comisura de unos labios.

          ( a esta hora Pablo
          Neruda paseaba
          por Isla Negra,
          con su próximo libro
          de versos abierto
          por cualquiera de
          sus páginas en blanco )

No hay nada. Sólo
el amor irrepetible que no pudo
la esperanza malhadada que vendría.

La insondable extensión de mi suicidio.

 


 

LA TRISTEZA es dulce
Como el sexo
desahuciado
de las muchachas de nieve.
Vive en los ojos febriles de los pájaros,
llora en el aliento
humilde
de la niebla.
La tristeza es honda
y urgente y camina
de puntillas. Los álamos
son tristes como tristes
son las aves que los habitan de noche,
solos y líricos bajo la luna
inclemente de septiembre
se abandonan a un sueño sin retorno.
Un minuto basta para la tristeza;
un destiempo donde la vida no pase,
una gota
que tras golpear el cristal
resbale lentamente hacia el abismo
y en un tris de los ojos
se pierda para siempre
en la inmensidad líquida del charco.

Un labio sin beso al que asirse luego.

 


 

ASÍ, CUANDO la lluvia llene de cerezos nuestras sienes
y el abrazo germinal de la aurora
te haga inclinar las manos hacia delante;
y el cronómetro del tiempo desdibuje
las pinceladas insolentes de tu rostro
que alguna noche -edén escarmentado-
no supe corregir;
así, cuando el amor camine de puntillas
cegado de plumas y de aves
y los años incontables de tu pelo
tornen, violeta y blanco, el crepúsculo;
así, cuando volvamos;
así, cuando no seas.

La memoria será cumplida.