César Ibáñez

César Ibáñez París

POETA Y NOVELISTA

                                           

 

    César Ibáñez París, zaragozano de 1963, se aficionó a la letra impresa de la mano de Mortadelo, Quevedo, Borges y Conan Doyle. Licenciado en filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, trabaja como profesor de Lengua y Literatura en el Instituto "Virgen del Espino" de Soria (España), ciudad en la que reside.

 

Índice:

- Currículum.  #Currículum

- Sobre la novela Los frutos caídos. #Frutos

- Algunos poemas. #Poemas

- Un artículo: semblanza de Bernabé Herrero. #Bernabé

- Un cuento: El nombre intempestivo. #Cuento

 

CURRÍCULUM LITERARIO

Cuento

- Primer premio del VI Certamen de narraciones breves convocado por el CMU Santa Isabel de la Universidad de Zaragoza (1985) por Edad del hierro, espacio del guerrero.
- Accésit de cuento del II Premio Literario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza (1986) por El hombre del norte.
- III Premio de Relatos "Diario de León" (1988) por El sitio de los ojos.

Poesía

- Primer premio de poesía del I Premio Literario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza (1985) por Teatro.
- Primer premio ex aequo del VI Concurso de Poesía "Ciudad de Zaragoza" (1988) por Flamario.
- Teatro. Dedos de lumbre , plaquette nº 3 de la colección Cave Canem, Zaragoza, 1990.
- XIV Premio de poesía "Gerardo Diego" de la Diputación Provincial de Soria (1998) por La máscara blanca, publicado por la Diputación de Soria en 1999.
- VI Premio de poesía "Gerardo Diego" para profesores de Secundaria, otorgado por el IES Eladio Cabañero de Tomelloso (2000) por Días de clase.

- Participación en la antología Cierzo soriano. Poetas para el XXI, Soria Edita, 2003.
- Los límites palpables, en Poemas 2003. XXI Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza.
- XIX Premio de poesía Isabel de Aragón, Reina de Portugal (2004) por Cántaro y otros límites.
 
- XXI Premio "Ángel Martínez Baigorri" del Ayuntamiento de Lodosa (Navarra) por Intemperies (2005).

Novela

- En marzo de 2004 la editorial Umbriel de Barcelona publicó su primera novela, Los frutos caídos.

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Los frutos caídos

Umbriel, Barcelona, 2004

 

 

        En el pequeño parque de la pequeña ciudad, una de las dos capitales de provincia menores de España, aparece una mañana de junio, colgado de un pino, el cadáver de un adolescente poco recomendable. Todo apunta a que se trata de un suicidio, pero el comisario Maroto percibe, aun sin indicios claros, la huella de un posible asesinato, su aroma de niebla...

        Maroto sabe que tiene que darse prisa. Los asuntos de menores siempre resultan incómodos y no sirven nunca para ganar medallas al mérito. Sus jefes de Madrid quieren que dirija sus esfuerzos y efectivos a otro caso mucho más vistoso. Y él mismo, con un hijo de dieciocho años, no se siente a gusto hurgando en las vidas de adolescentes. Sin embargo, ayudado por el fiel subinspector Pérez, Maroto inicia una investigación en la sombra que le llevará a descubrir el lado más oscuro del alma humana.

        Con Los frutos caídos, César Ibáñez nos presenta a un comisario de peculiares gustos y personalidad inconfundible que hará las delicias de los amantes del género policiaco.

 

El Mundo, suplemento Aula, 11-06-04

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Algunos poemas

de César Ibáñez París

 

 

 

DE LA MÁSCARA BLANCA:

 

 

 

            AL RASO

 

 

Última flor de otoño ante mis ojos tristes:
tan quieta, tan madura,
fijada como en ámbar.
El final de este día de cruz es tu final,
tus pétalos de cera se adelgazan
mientras la rueda de las luces gira
inacabablemente.
Mis palabras te ofrecen sus sentidos:
eres indicio claro del tirano,
del único monarca, el transcurso del tiempo;
eres rúbrica frágil
de la escritura atroz de los planetas,
que resuellan sus órbitas veloces;
eres la calma de la simetría
en continua y doliente paradoja
con los bultos y sombras
que componen las almas de los hombres.
 
Hubo brasas de sol en el ocaso,
ya sólo su ceniza marca el luto,
la terca turbiedad de lo que veo.
Fatal y a la intemperie como un verso perfecto,
eres morada, mar, celada y fosa,
delicado estandarte de la nada.

 

 

 

            VERANO DE 1904

 

 

Delante de mis ojos sobrevive

el oro del cabello de la niña,

se curva aún a trechos el espejo

húmedo de la arena, palpita aún la espuma,

todavía la brisa hace ondear el lino

ligero y ya salado del vestido,

en este mismo instante

el azul encendido se abre paso

entre la niña rosa y la niñera blanca

y el sol se adueña de la escena como

los niños de sus sueños.

 

Ya sé que no es la vida,

ya sé que sólo es pintura al óleo

dispuesta sobre el lienzo por una mano sabia,

ya sé que ahí detrás no está la playa

sino el recuerdo tenso de lo hermoso

en la cabeza de Joaquín Sorolla,

ya sé que son de sequedad y polvo

los pies que vio el pintor y que con trazo diestro

dejó sobre la arena frescos, limpios.

Y la cabeza de Joaquín Sorolla

ya sólo es calavera.

 

Con todo, delante de mis ojos la victoria,

porque aquí y ahora y ya por siempre

el cuadro es más verdad que aquel verano.

 

 

 

DE DÍAS DE CLASE:

 

 

 

             MIÉRCOLES

 

 

Es largo y lento el día sin afán, sin desvelo;

va resbalando el tiempo cada vez más delgado

por la pendiente tibia de la luz consabida.

Se refrena la mano para crear un vuelo

de aérea caricia, se somete al dictado

de la cadencia tenue de la rama mecida.

Es espesa la espera de lo que ya ha llegado,

es frutal la saliva durante la caída,

es niebla la cabeza con los pies en el suelo.

La huella de una leve zozobra se ha borrado

y sólo quedan curvas. La danza de la vida

es la grave pavana de rúbrica y de hielo.

Acepto mi lugar en la rueda, en el nido

del ritmo, en el reloj: lo circular vivido.


 

DE CÁNTARO Y OTROS LÍMITES:

 

 

 

             TEJA

 

 De la raíz del barro nace la curva de pétalo

que soñó un hombre sabio.

Sólo la nube la conoce, sólo la lluvia la lima.

¡Con cuánto amor sostiene su sentido!

Desde el sol ha llegado un enjambre de élitros

para poner a prueba su paciencia,

desde la luna surte el reguero de azogue

que agiganta el invierno de la noche.

Debajo de su tesón severo vive el rescoldo del hogar,

descansa la mansedumbre de la lana,

urden sus jaulas lentas las arañas.

Liba la claridad en el sosiego,

como el musgo y los líquenes.


 

             MADERA

 

 

 ¡Qué negación del frío, qué rastro de la espiga

completa de verano, qué porfía anular, qué aspereza

de posos minerales, qué camino escondido,

qué inminencia de fronda, de nervadura, de hálito,

de tensión, de alzamiento!

En el mango pervive y en la puerta de casa

y en el cajón que guarda maravillas o lágrimas.

Porque nunca es cadáver.

Presencia vegetal hay en el coro oscuro

de la incensada catedral, en la cuchara

de palo y en el lápiz de aprender a escribir.

Hasta en el fósil vive, agazapada en su centro

la nuclear semilla de la savia.

 

 

 

            CAJÓN

 

Busca la cinta que ciñó su pelo

y la foto oxidada del viaje al mar

y la carta de nadie y el olor a esmerada

consunción y el anillo de boda y un reloj

que marca los silencios a deshora y un pañuelo

con flores amarillas y un billete

de tranvía capicúa y azul

y una entrada de cine, fila seis, verde claro.

¿Has encontrado las pequeñas cosas

que demuestran que no somos un puzzle, sino barro aventado?

¿Has mirado en el fondo del cajón?

¿Has visto allí, esperando, rumiando tiempo nuestro,

a la pequeña Muerte, tan humilde, tan sabia?

Muchas gracias, amigo. Si tú quieres

también puedo buscar en tu cajón el pecio triste

para que sepas que no has perdido nada

porque nada tuviste.

 

 

De  INTEMPERIES:
 
        Y DEJO QUE SEA MOZART, POR EJEMPLO
 
 
Me he perdido.
Iba yo de excursión por los cerros de Úbeda,
es decir, por el alma, por mi alma,
por sus airosas entretelas,
por su corteza íntima,
cuando, de pronto, miro y ya no veo.
¡Otra vez me he perdido!
Y es que así no hay manera,
con tanta distracción: este brotar de niños,
este campanilleo de cazuelas,
este olor desmedido a labios húmedos,
este afán de la luz por parecerse a la esperanza.
En fin, ya no hay remedio.
Será mejor que apague la mirada interior
y me proponga cosas de provecho.
Hago la ronda: Begoña, que no incordie;
Guillermo, que otro rato; Irene, que antes sí,
pero ahora no.
Pues ellos se lo pierden. Yo a lo mío.
Lo dicho: he de ser de provecho,
por lo tanto coloco en la boca de plástico
el círculo sonoro, me tumbo en el sofá
y dejo que sea Mozart, por ejemplo,
-también me sirve Albéniz-
quien me lleve otra vez a los cerros de Úbeda,
a los airosos límites del alma,
a la íntima corteza desvelada
por la que paso lento las yemas de los dedos
y en la que palpo las arrugas tibias
de la felicidad.
 
No he cerrado los ojos,
no he cerrado los ojos y me he vuelto a encontrar.
   
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Bernabé Herrero (1903-1957)

 

                                                                                                     por César Ibáñez París

        El soriano Bernabé Herrero Zardoya se ganó la vida como funcionario de Correos primero, brevemente como juez en 1936 y como profesor de español en el exilio francés. Su relación con la poesía tuvo dos vertientes: la más conocida fue su amistad, estudiada por José Paulino, con dos poetas de extraordinaria relevancia en la vanguardia española, Gerardo Diego y Juan Larrea, cuyas cartas dan fe del gran aprecio que sintieron por el común amigo; la menos conocida es su propia producción poética, difundida sólo entre la familia y los amigos en ediciones numeradas de 200 ejemplares que no han sido reeditadas. Acertadamente lo ha llamado Andrés Trapiello “poeta orillado”, pues su breve obra se quedó en las humildes orillas de la vida literaria española. Seguramente no pretendió otra cosa; de otro modo, habría solicitado la ayuda de su influyente amigo Gerardo Diego, verdadero artífice de la “puesta de largo” de la Generación del 27 en su famosa antología de 1932. Seguramente pensó que no escribía para la historia, sino para los que le conocían y apreciaban. Y sin embargo ahora, pasadas y repasadas las efervescencias vanguardistas, sus versos sencillos y hondos, a medio camino entre el popularismo mejor entendido y las más sutiles esencias del Modernismo, quizá nos suenan más cercanos que los de los equilibristas del verbo, quizá nos parecen más nuestros que los de los alquimistas de metáforas.

        El primer libro de versos de Bernabé Herrero es Emociones campesinas, dedicado “A Gerardo Diego, con todo el cariño y la devoción de B.H.” y fechado en el otoño de 1925. El libro está dominado por un popularismo estilizado, elegante y nostálgico, un folclorismo idealizado con fondo de tristeza. Conviene recordar aquí que Herrero fue un estudioso del folclore español, sobre el que escribió un ensayo titulado Canto, baile y músicos españoles, de modo que su uso de técnicas y ecos de la poesía popular es fruto del conocimiento riguroso tanto como de la admiración. También hay un tono modernista, pero del modernismo a media voz, el leve y sentimental, no el retórico y grandilocuente. Destaca la variedad métrica, que refleja bien esta dualidad complementaria: junto a coplas y seguidillas, recurre también a quintillas, décimas y serventesios en dodecasílabos.

La mejor vertiente popularista puede apreciarse bien en este fragmento de las “Seguidillas de ronda”:

 

            Cuando voy a la fuente

            de mi morena,

me parece que el agua

canta por ella.

Y cuando vuelvo...

Cuando vuelvo no canta,

llora en mi pecho.

 

Por nacer en Pinares,

solo por esto,

tengo un lote de pinos

altos y esbeltos:

el que tú quieras

te ofreceré de mayo

si te despiertas.

 

         La otra vertiente, la modernista, puede ser valorada a través de este fragmento de una “Estampa romántica”:

 

                        Un rayo color de rosa

ha prendido en la cortina

como espina luminosa

que en los pliegues se reclina.

 

La sonata se desata;

se diluye nota a nota

-la romántica sonata

tan presente y tan remota-.

 

         El texto más personal de esta primera serie es, seguramente, el autorretrato que traza en “Semblanza”. El jovencísimo poeta se ve a sí mismo como plenamente adulto tras haber sufrido la amargura del desengaño. Es significativo que sea un poema de gran sobriedad expresiva y con un final abrupto que recuerda a algunos viejos romances:

 

He nacido en Castilla, en la más fría

ciudad de la meseta,

donde ofrecen constante letanía

el Duero y San Saturio anacoreta.

Mis años infantiles de la escuela,

los años de primicias,

fueron años de espada y de rodela,

de escondite, ladrones y justicias.

Me asomé a los balcones de la vida

al ir al Instituto

y cabalgó mi juventud sin brida

hasta morder el prohibido fruto.

Hecho un hombre, cargado de ilusiones

y esperanzas risueñas,

quise aprender las altas perfecciones

que esconden las ciudades halagüeñas.

Amé todas las cosas sin medida

y soñaba despierto

... pero mi alma recibió una herida

por combatir a pecho descubierto!

 

        La segunda entrega poética de Herrero no se hizo esperar, se tituló Tonadas de camino y se imprimió, dedicada a Juan Larrea, en otoño de 1926. Las características de este libro son similares a las del primero, forman ambos un conjunto coherente en el que no se aprecia evolución significativa. Así pues, volvemos a encontrar la combinación de modernismo y popularismo, el lenguaje acendrado y la variedad métrica. Predomina el tema amoroso y quizá haya más elementos simbolistas que en Emociones campesinas.

        Lo popular adquiere extraordinarias gracia y delicadeza en el poema “No me hablan, me besan”:

 

No me hablan, me besan

cuando me miran

tus ojos habladores,

amada mía.

¡Ay amor!

Si me miran tus ojos

qué haré yo!

Si me miran tus ojos

qué yo no haría

sabiendo que me besan

cuando me miran.

 

        El último poema de la colección es plenamente modernista, una composición en alejandrinos que recuerda, por tono y lenguaje, al Juan Ramón Jiménez de las Elejías y de Melancolía. Así empieza:

 

El aura nocherniega posaba la caricia

de aromas y resinas fragantes de pinar.

Abriéndose a la noche, surgía la delicia

de niñas abrazadas al vuelo de un cantar.

La noche era una noche doliente, pensativa,

prendida en el bordado del estrellado azul;

nostalgias y recuerdos, en larga comitiva,

venían desfilando, rasgando el negro tul.

 

        Abundan en Tonadas de camino, como en Emociones campesinas, las referencias sorianas, a veces muy concretas, como la subida al castillo por el Espino que evoca en “Esta augusta mañana...”; a veces menos directas, limitadas a un detalle de paisaje natural o urbano. Aunque el poema más enigmático del libro, brevísimo y exacto como un pequeño diamante, igual podría referirse a Soria que a Sigüenza, su lugar de residencia en ese momento:

 

Vuelta de la carretera.

Novedad en el afán.

Otro paisaje a los ojos.

Otra sensibilidad.

-Compañera ¿no quieres sosiego?

-Es preciso llegar, compañero.


         Hay que esperar hasta 1934 para encontrar otro libro de versos de Bernabé Herrero, Letrillas castellanas, dedicado a Aurelio Rioja. A pesar del título, el popularismo se ha reducido notablemente; no así el Modernismo, cuya huella todavía queda en varios poemas: ecos de Rubén Darío en “Me dijo: ¿De qué color...” y maneras de Manuel Machado en “Morada de la verja favorable...” También se mantienen las evocaciones sorianas, teñidas de melancolía en “Calle del Peso” o llenas de serenidad en el magnífico soneto “Quiero vivir aquí”, reproducido por Trapiello en su artículo y dedicado a Jorge Guillén. “Rampa del camino” también es un poema soriano, una vuelta a la infancia vivida desde la ambigüedad: el recuerdo es alegre, pero al final el niño descubre la violencia que anida en la vida de los adultos.

        La referencia a Guillén no es casual. La mayor novedad del libro consiste en la aparición de la poesía pura en algunos textos, sobre todo en las décimas, tan guillenianas, del poema “Medinaceli. Portal...” Herrero demuestra ahora una capacidad de evolución que, lamentablemente, quedará interrumpida por las circunstancias biográficas: la guerra y un exilio que vivió con especial amargura. Veamos una de las estrofas del citado poema:

 

Lisa cima. Clara unción.

Sueño de azules ternuras.

Ahínco de las alturas

llanas contra el cielo. Airón

para ganar la efusión

de enamorados recientes.

Pausa, brisa de las frentes

surcadas. Nuncio. Promesa.

Castidad dormida, ilesa

de fuegos adolescentes.

 

        El motivo más reiterado en la poesía de Bernabé Herrero en los tres títulos citados, y muy especialmente en estas Letrillas castellanas, es la aparición de los ojos y de su capacidad natural, la mirada. El ojo y lo que el ojo ve: matices de formas y colores. Ojos que miran el paisaje, natural o urbano, y ojos de mujer cuya mirada esquiva o enigmática o inalcanzable hace sufrir al poeta. Y ojos que también miran hacia dentro, pues también el alma forma un paisaje visible que refleja, como el otro, los sentimientos del poeta. La mirada exterior y la interior se funden y se confunden, por eso Bernabé Herrero puede decir que “por la sufrida vereda / de los callados recuerdos”, es decir, a través de la memoria y, por tanto, de su propia mirada interior, “viene tu mirada sola, / sola de pureza y miedo”, mirada femenina y simbólica que, paradójicamente, “trae a mi alma el consuelo / de la caricia perdida”. Hay aquí un fondo de tristeza -la última palabra del poema es “miedo”- que es frecuente en nuestro poeta, aunque a menudo queda muy matizado, a veces incluso me atrevería a decir que disimulado, como si temiera caer en una poesía demasiado elegiaca. La tristeza puede ir asociada al desamor o a la distancia, pero también aparece de pronto, sin nombre y sin causa, lo que nos hace pensar en un rasgo de la personalidad del poeta, que sufría con cierta frecuencia episodios depresivos.

        El tema de las miradas, la interior y la exterior, el popularismo y el simbolismo ambiguo confluyen en uno de sus mejores textos, “Me alegra que tus ojos...”:

 

Me alegra que tus ojos,

luceros claros,

el fondo de mi pecho

puedan mirarlo

para que vean,

por todos mis paseos,

quién se pasea.

Si digo que te quiero

tú no me crees,

me miras y no acabas

de comprenderme;

por eso quiero

que, no mirando afuera,

mires adentro,

que a través de mis ojos

pasen los tuyos,

lleguen hasta mi alma

y en lo profundo

ténganse y digan

la imagen que entre duelos

llevo prendida.

 

        En Francia siguió dedicando una parte de su tiempo a la poesía, pero solamente publicó la docena de sonetos que componen el folleto titulado Orillas (Bayonne, juillet 1947) y los dos textos que aparecieron en la revista Les Langues Néo-Latines, la “Oración a Don Antonio”, un homenaje a Machado, poéticamente transmutado en santo laico por Herrero, y “Carta a Jorge Guillén”, un recuerdo de su amistad y una constatación de su tristeza, ya definitiva a la altura de 1954.

Los poemas de Orillas, dedicados a ríos y riberas del país de su mujer y de su exilio, son serenos, casi severos. Tanto el tono como el uso del lenguaje han cambiado bastante con respecto a sus libros españoles, pero como no conocemos esos “cincuenta o sesenta poemas inéditos” de que habla Andrés Trapiello, no podemos saber si hubo pasos intermedios entre la estética juvenil y la de madurez. Es de suponer que así fue. En todo caso, lo que leemos en los sonetos de Orillas es una poesía muy descriptiva, casi parnasiana, de léxico cuidado y preciso y escaso sentimentalismo. Las rimas, a veces difíciles, llegan a entorpecer, a mi juicio, la fluidez de la expresión. El que considero más logrado y les propongo ahora es el titulado “Orillas de la Loire”:

 

Orillas de la Loire. Mansa dulzura

de aguas verdes y verdes arboledas;

copos de nubes; tenues humaredas;

cielos de nácar; campos de verdura.

Viñas fragantes. Blanda arquitectura

de moradas calladas, suaves, quedas.

Islas y sotos. Mínimas veredas.

Jardines pensativos de clausura.

Cármenes que el crepúsculo recata

en oro, grana, rosa y verde anhelo.

Visos azules con fulgor de plata

en tejados y torres, en el cielo

bajo de Tours. Remanso de Turena.

Orillas donde el alma se serena.

 

        Pero su alma no encontró la serenidad junto a los ríos franceses, y la enfermedad y la muerte frustraron su deseo de volver a España, donde posiblemente tampoco la habría hallado, pues formaba parte de la raza de los insatisfechos. Sus versos merecen difusión y la atenta lectura de los gustadores de belleza que no aceptan prejuicios. En Soria debería ser conocido y apreciado, pero esto no será posible hasta que no se haga una edición solvente de sus poesías completas. Confiemos en que ese libro necesario no tarde en ver la luz.

 

 BIBLIOGRAFÍA

 

-         Bernabé HERRERO: Emociones campesinas, “Ediciones Castilla”, Madrid, otoño del año 1925.

-         Bernabé HERRERO: Tonadas de camino, “La Defensa”, Madrid, otoño del año 1926.

-         Bernabé HERRERO: Letrillas castellanas, Madrid, mayo del año 1934.

-         Bernabé HERRERO: Orillas, Bayonne, Juillet 1947.

-         Bernabé HERRERO: “Oración a Don Antonio” y “Carta a Jorge Guillén”, en Les Langues Néo-Latines, nº 130, 1954, págs. 45 y 46.

-         José PAULINO: “La correspondencia de Juan Larrea con Bernabé Herrero: noticia de una amistad”, en CELTIBERIA, nº 90 (1996), págs. 463-484.

-         Andrés TRAPIELLO: “Un poeta orillado”, en el libro colectivo Oscuraturba: de los más raros escritores españoles, Xordica, Zaragoza, 1999.

-         Enrique ANDRÉS RUIZ: “Un poeta raro: Bernabé Herrero”, en “Soria: tres olvidos provinciales”, en el nº 7 de Calle Mayor, Logroño, 1987.

(Artículo publicado en el n° 96 de Celtiberia, Soria, 2002)

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El nombre intempestivo

         

       - ¡Paco, abre tú, que yo ya estoy haciendo la comida!

         Paco dejó el Arriba sobre la mesa camilla, se levantó bostezando, se rascó sobre la oreja derecha y arrastró las zapatillas hasta la puerta. Al abrirla se puso blanco y rígido como un cirio. El bostezo dio paso a un temblor incontrolable de la voz.

         - Bu... bu... buenos días.

         - Buenos nos los dé Dios, camarada.

         Ante los ojos aterrados del hombre en pijama y zapatillas permanecían, tiesos y sudorosos, dos inequívocos falangistas. El que había hablado era un joven rubio y pálido con los ojos muy azules, breve de estatura, de grasas y de músculos. Le sobraba camisa azul por todas partes, la tela inevitablemente acordeonada bajo la prisión del cinto negro. El otro, situado un paso por detrás del rubito, era más alto y fornido, y además moreno, velludo y cejijunto. Su rostro redondo estaba dominado por unos ojos saltones y permanentemente entrecerrados que hacían pensar en un camaleón aburrido. En la mano izquierda llevaba una carpeta de cartón por entre cuyas gomas sobresalían las esquinas maltratadas de unos cuantos papeles macilentos.

         - ¿Qué... de... desean?

         - Tenemos que hablar contigo de un asunto importante.

         - ¿En... domingo?

         - El servicio a la Patria no tiene días de fiesta. Además se trata de una cuestión hasta cierto punto extraoficial y que exige de todos nosotros la máxima discreción.

         - Cla... claro, pasen, pasen a la salita de estar.

         Paco, agobiadísimo y taquicárdico, les indicó torpemente la habitación y, dentro de ella, el tresillo adornado con las labores de ganchillo de la tía Claudina.

         - Per... perdonen, en cuanto me ponga presentable estoy con ustedes, es co... cosa de un minuto.

         - Está bien, camarada, pero haz el favor de darte prisa.

         El falangista magro parecía impacientarse, circunstancia que puso a Paco todavía más nervioso de lo que ya estaba. Salió de la sala de estar balbuciendo disculpas y corrió por el pasillo hasta la cocina. Su mujer, distraída entre cuchillos, acelgas y cacerolas, no se había enterado de nada.

         - ¡Ay, Dios mío! ¡Águeda, que estoy perdido, que éstos vienen a llevarme, ya lo verás! ¿Qué hago yo ahora, Dios mío? ¡No tengo escapatoria!

         - Paco, hijo, ¿qué me estás diciendo? No me asustes y explícame, anda. ¿Quién ha venido?

         - Dos de Falange, Águeda, que dicen que tienen algo importante que hablar conmigo, ¡y en domingo! Sí, sí, hablar, éstos me llevan a la Puerta del Sol como dos y dos son cuatro.

         - Tranquilízate, hombre, tú qué sabes. Anda, vístete y piensa que no hemos hecho nada malo, así que no tienen por qué llevarnos a ningún sitio. A lo mejor se trata de algo bueno.

         - Sí, sí, bueno, ¡cojonudo va a ser!

         - Venga, no seas tonto y no les hagas esperar.

         La mujer se quitó el delantal y llevó al marido al dormitorio, donde le ayudó a desnudarse y a ponerse unos pantalones y una camisa mientras él no dejaba de lamentarse en voz baja de su maldita suerte. Se presentaron en la salita de estar tal como eran, antitéticos y complementarios, Paco cabizbajo y Águeda sonriente, Paco apoyado y sostenido y equilibrado gracias al brazo de Águeda.

         - Buenos días, caballeros. Ya perdonarán a mi esposo, pero es que últimamente anda algo mal de los nervios. Enseguida les traigo unos vasitos de vino y unas aceitunas que me han traído del pueblo unos parientes. Con este calor viene bien un refrigerio.

         Águeda volvió a la cocina y Paco se sentó en la misma silla en la que un rato antes leía tranquilamente su Arriba. Pensó en lo lejos que estaba de ese hecho minúsculo aparentemente tan cercano, Dios mío, cómo es posible que una vida dé un vuelco porque dos tipos uniformados hayan llamado al timbre. El rubito, sin más preámbulos, empezó a recitar, salmodiar más bien, un discurso consabido, unas palabras que sonaban como un eco de sí mismas:

         - En estos tiempos de gloria y crecimiento, de empuje y germinación, de verdes campos que anuncian el fruto abundante y seguro; ahora que España, liberada por fin del yugo marxista, camina junto con la nueva Europa del Führer hacia un limpio horizonte de orden y de justicia; precisamente ahora es más necesario que nunca que todos los hombres de la Patria asuman con alegría el peso de su deber y lo alcen, enhiestos y firmes, para ofrecerlo en el altar del común destino universal. Camarada, has de saber que la esencia imperial de la Patria exige de nosotros sacrificios intrínsecos.

         Su voz nasal y monótona le entraba a Paco más por los ojos que por los oídos: no podía dejar de mirar los labios gordezuelos y el bozo inquieto. Se sentía de pronto cansado y alelado; de hecho, no era capaz de entender el sentido de las frases interminables del falangista. Águeda volvió en ese momento con el aperitivo, pero el rubito apenas detuvo unos segundos su perorata.

         - La divina Providencia, madre generosa de los creyentes, ha puesto al frente de nuestras ilusiones y nuestros desvelos al excelso Caudillo, guía inefable de nuestros pasos en la tierra. España entera y verdadera debe agradecimiento eterno y obediencia sin tasa al Salvador de la Patria, al redentor que ha echado sobre sus hombros nuestras inmensas culpas, al liberador que supo hacer frente a la horda roja con arrojo sin igual, al místico impasible que mira al futuro sin temor ni arrogancia.

         El camaleón acabó de abrir los ojos y habló por primera y última vez con voz agrietada y cavernosa:

         - Habla bien, ¿verdad? Es que estuvo en el seminario de Toledo y ha sido novicio jesuita.

         El otro le dirigió una mirada hostil:

         - Gutiérrez, por favor, no me interrumpas.

         Gutiérrez volvió a entrecerrar los ojos, tomó su vaso de vino y echó un buen trago. El magro aprovechó para limpiarse el sudor de la frente con un pañuelo y fue dando fin al sermón:

         - Pues bien, camarada, tu específica condición individual tiene que cambiar, tu deber y el mismo Caudillo te lo reclaman y exigen. ¿Estás dispuesto al sacrificio anónimo?

         A Paco le temblaba todo, cuerpo y alma juntamente padeciendo los escalofríos del pánico.

         - ¿Se está... preparando una... segunda División Azul?

         - No, hombre, no es para tanto; se trata de algo personal, familiar si quieres. En fin, será mejor que vayamos al grano. Gutiérrez, dame los papeles.

         Mientras la mujer cogía la mano izquierda del marido intentando darle ánimo con la mirada, el aburrido abrió la carpeta, rebuscó entre las hojas famélicas y finalmente le tendió a su compañero, más bien jefe, un expediente formado por varios papeles de distintos tamaños unidos por un clip.

         - Veamos si los datos son correctos. Nacido el 20 de mayo de 1901 en Mondoñedo. Bachillerato elemental y contabilidad. Casado con Águeda Contreras el 5 de junio de 1930 en Madrid. Funcionario civil del Ministerio de Marina. Combatiente en el frente de Aragón tras la liberación de la capital.

         Paco asentía tristemente con la cabeza tras cada dato. Le pareció que la parquedad burocrática del falangista empequeñecía su ya pequeña vida hasta convertirla en algo irrelevante, despreciable, pisoteable.

         - Evidentemente, nada de esto supone un problema. El problema está en tu nombre, o más bien en la suma del nombre y del primer apellido. Como bien sabes, ese nombre y ese apellido juntos son gloriosos, ínclitos, inmarcesibles -y en este punto adelantó la cabeza pálida y subrayó lo siguiente que dijo marcando cada sílaba con una mueca excesiva de los belfos-: i-rre-pe-ti-bles.

         Paco cambió repentinamente el abatimiento por la sorpresa:

         - ¿Eso quiere decir que no puedo llamarme como me llamo?

         - Me alegro de que lo hayas comprendido a la primera. Es preciso prevenir que esta lamentable coincidencia pueda provocar cualquier malentendido o ser usada para la broma fuera de lugar e incluso para la burla ignominiosa. Los de la cáscara amarga siempre están al acecho de la más pequeña oportunidad para desprestigiar la Nueva España surgida del triunfo de la Grandiosa Cruzada de Liberación.

         Águeda soltó la mano de su marido y torció el gesto:

         - ¿Y se puede saber qué tiene que ver toda esta palabrería con que mi Paco se llame como se llama? ¿Habrase visto mayor...?

         Paco reaccionó de inmediato: empujó a su mujer sin contemplaciones hasta la cocina, le prohibió salir de ahí acompañando sus palabras con un puñetazo en la mesa y volvió a la salita de estar exhibiendo sus mejores modales. El instinto de supervivencia es poderoso, y Paco lo tenía ya muy entrenado a estas alturas de su tiempo vivido.

         - Deben ustedes disculpar a mi esposa, a veces tiene estos arranques de mal genio, pero enseguida se le pasa. Es buena mujer aunque corta de entendederas y sin duda no ha comprendido adecuadamente sus palabras. Después, cuando yo le explique quedará todo arreglado, no les quepa duda.

         - Bien, eso espero. No obstante, tomo nota, por si acaso.

         - No es necesario, se lo garantizo. Estamos deseando poder ser útiles, contribuir al engrandecimiento de la patria dentro de nuestras humildes posibilidades. Esta colaboración es para nosotros una alegría y un motivo de orgullo, se lo aseguro. Yo... yo estoy ansioso por conocer las instrucciones concretas que usted tenga que darme.

         Paco sabía mostrarse sumiso, es algo que había tenido que hacer muchas veces y ya se sabe que la experiencia es la madre de la ciencia. Al terminar de hablar, juntó las manos y bajó la mirada. Se percató de las manchas de sudor en sus sobacos y de que respiraba aceleradamente.

         - Está bien, está bien, no tienes por qué preocuparte. Ahora lo que nos interesa es que estemos de acuerdo en que tienes que cambiar de apellido. El nombre no importa, es común, pero a partir de este momento deberá conjugarse con otro apellido menos comprometido. Te sugiero que aceptes usar tu segundo apellido como primero y el tercero como segundo, de ese modo todo queda en familia.

         - Sí, sí, por supuesto, es una idea excelente, la mejor solución sin duda.

         - Así pues, a partir de ahora te vas a llamar Francisco Pérez Munguío. Obviamente, nosotros nos encargamos de todo el papeleo. Mañana mismo un camarada irá al Ministerio de Marina a cambiarte la cartilla de racionamiento y a llevarte una cédula personal y una partida de nacimiento adecuadas a tu nueva realidad. Hablará también con tus superiores para que modifiquen todo lo que sea necesario y avisen a tus compañeros. De informar a la familia y los amigos tendrás que encargarte tú, claro está. Como no tienes hijos por ese lado se simplifica el problema.

         - Sí, claro, eso es.

         - Y lo más importante: todo esto hay que hacerlo de la manera más discreta posible. Nada de comentarios en el bar ni de chismorreos de vecinas.

         - Por supuesto, por supuesto.

         - Bueno, y por nuestra parte nada más. Encantados de haberte conocido y de saber que estás incondicionalmente al servicio de la Patria y del Caudillo, camarada.

         - Yo también estoy encantado y... muchísimas gracias por todo.

         Los falangistas se levantaron del tresillo, torpemente arrugadas las labores de ganchillo de la tía Claudina. Paco se adelantó con la mano sudada tendida, pero ellos se cuadraron y un rígido resorte interior les alzó el brazo derecho:

         - ¡Arriba España!

         Paco se asustó aún más. Levantó y endureció la mano que se tendía y acertó a contestar con voz quebrada:

         - ¡Arriba España!

         Una vez que se hubieron marchado los dos visitantes aciagos, el ario y el saurio, Paco volvió a la cocina y se dejó caer en una silla, perfectamente derrotado. Su mujer se plantó frente a él con los brazos en jarra:

         - He oído desde el pasillo todo lo que te han dicho esos chupatintas. Fuera de aquí mandan ellos, en la calle y en el trabajo serás Francisco Pérez, no te queda otro remedio. Pero aquí no, Paco, en esta casa seguirás llevando con orgullo el apellido de tu bisabuelo, que se dejó la piel y los huesos en Cuba; el de tu abuelo, que arañó toda su vida dos palmos de tierra en Mondoñedo para dar de comer a su gente; el de tu padre, que se quitó el pan de la boca para que pudieras venir a Madrid a labrarte un porvenir. En esta casa seguirás siendo el mismo, por mucho que les fastidie a esos imbéciles la coincidencia. En esta casa, Paco, te seguirás llamando Francisco Franco.

 

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