albaquia

ALBAQUÍA

 

 

 

"No se crea que tanta perfección sea inaccesible a las fuerzas del ingenio. El imperio de la imaginación es demasiado grande, y el de la ilusión demasiado poderoso, para que nos detenga este temor."

        1. Gaspar Melchor de Jovellanos.

 

 

Al cabo de mucho andar a tientas por las islas, y avergonzado ante el infortunio de no haber logrado cruzar, desde África y de un tirón, el océano Atlántico, sentía en mis entrañas cómo la nostalgia, usurpaba la lucidez de mis sentidos. Añoraba tanto mi tierra natal, que el paladar se me hizo agrio, el tacto se tornó arisco, la vista se me nublaba a veces, el olfato me era casi insensible, y mis oídos, sólo percibían ecos remotos. Era como un deambular instintivo, entre venturosos recuerdos que acosaban sin cesar, esta índole mía de hombre aplicado y tenaz. Lo hacían quizás adrede, para poner a prueba mi entereza ante la aciaga soledad, que por ese tiempo me abrumaba. Extrañaba tanto el terruño, que me asaltó la idea de regresar a África. Y en un lapso, con sólo templar el ánimo quejumbroso, del que venía haciendo gala, esa idea brillante se convirtió en una obsesión febril. Sin embargo, la obsesión por el retorno planteaba serios trastornos, que tendría que afrontar con arrojo. Así que, decidí solventarlos con valentía. Impasible, meditaba trasladarme a la isla de Fuerteventura, con el plan de enrolarme en un barco de pesca, que faenara en el banco sahariano. Cavilaba abandonar la embarcación en el primer puerto al que arribara, pues como nativo del lugar, me sería viable desde allí, recorrer el trecho que faltase hasta alcanzar las montañas del Atlas; y donde una morada sencilla, y que aún conservo, me resguardase de la intemperie y del clima tórrido del continente. Asumí el reto con ilusión, pues es la mejor actitud, que un humilde beduino puede exhibir ante ese desafío. Puedes intuir lector, que de nuevo, soy Ismail Al Addrus (el estudioso), pero esta vez, trataré de narrar un hecho, que me aconteció hace ya cinco lustros.

Siendo ya, vecino fugaz de Fuerteventura, y al tiempo que indagaba cómo embarcar hacia África, comprobé que los parajes de la isla, eran idénticos a los de un próspero valle, que se ubica al pie del Atlas. Esa inaudita similitud me agradó, y se me ocurrió que tal vez, la isla mereciera la batida de un bárbaro como yo. En un descuido, relegué mis congojas y sensiblerías pastoriles, y me eché a caminar por su monte bajo. Iba y venía entre una orografía suave, recorriendo sus lomas y sus extensas playas, sin que mi andadura denotara mucho malestar, y procurando no dejar rincón sin ojear. Palmeras que se alzaban en el lecho de una cañada, un rebaño de cabras desparramadas; a lo lejos, algún caserío encumbrado, un cerro quebrantado por una cantera, molinos de viento que delataban agua empozada; sembrados en barbecho, alguna charla con un pastor melancólico, aparceros acabando su ardua jornada o de vuelta al hogar; en suma, y por aquel tiempo, eran las bucólicas escenas del campo. Pero las playas... Las playas eran de otro cantar, de un cantar turgente diríase. Como en África, arrulladas por el plausible murmullo de sus aguas cristalinas, todas eran inmensas, lo que no me asombraba, pues a lo largo y ancho de mi vida, he podido admirar muchas costas, no obstante, había una playa peculiar que me llamaba la atención.

A sotavento, orientada sur sudeste, esa playa desierta por entonces, solitaria e indómita, me fascinaba. Ávido por descubrir sus misterios, escudriñaba los escabrosos vericuetos de su orilla, vigilaba el vaivén de las mareas, y, paciente como un cazador sigiloso, aguardaba que los médanos asomaran. Si coincidía el ocaso del astro rey con la marea baja, en aquel momento contemplar la playa o caminar por su arena rubia, era como transcender a una dimensión ficticia, y donde la paz del espíritu, acallaba todos los dilemas e incertidumbres del mundo recordado hasta entonces. El culto que le profesaba, no me impedía sin embargo aprovechar esos instantes sublimes, para cumplir mis oraciones. Durante el curso de mi estancia, daba gracias a Alá y a Mahoma su profeta, por el regocijo que el merodear por la playa me suscitaba. También agradecía la hospitalidad de un hombre rudo, que moraba no muy lejos de allí, y cuya probidad era elogiada por los aledaños. Como pescador asiduo, ejercía su oficio artesano con una habilidad estimulante. A veces, al verme desamparado, compartía conmigo algún tasajo salado de congrio, secado al sol, y que capturaba con unas nasas hechas a mano. Era mi recompensa por proveerle de erizos, mejillones, y otros moluscos que, mariscando por la playa, laboriosamente apañaba. Con diligencia, él los colocaba como cebo en las nasas que solía disponer por las pesqueras del litoral, y que eran su único sustento.

Estuve así, vagando a mi albedrío, y viviendo como un anacoreta, hasta perder el hilo o la razón de mi existencia. Un día tras otro, repetía la misma brega infructuosa, el mismo subsistir incierto. Era capaz de ayunar días y noches sucesivas, persiguiendo un orden cíclico y absurdo. No osaba preguntarme el porqué de esa desidia, para no admitir el tremendo e irreconciliable error, que me condenaba a ese mutismo deplorable y brutal. Aunque deslumbrante, la playa me sometía a un abandono tan calamitoso, que perturbaba y dañaba mi voluntad. Rogaba a Alá una y mil veces, que en su infinita sabiduría, me señalara el porqué las cosas más bellas de la naturaleza, se otorgaban ese poder de atracción, y que a veces era tan fatídico. Esa arrogancia me subyugaba tanto, que cual apóstata, renegaba de todo lo que no fuera idolatrar esos instantes del crepúsculo, y en los que hechizado, evadía mis compromisos, fracasos e ilusiones.

Una noche estrellada de luna nueva, un frío intenso forzó mi efímero destino, y orientó mis pasos hacia una caverna aislada. Llevaba ya días durmiendo a cielo raso, y al divisarla, alivié la incertidumbre que me embargaba. Mejor aún, presentí que iba ser mi refugio, pues debido a la inclemencia que el sol desperdigaba por esas latitudes sureñas, andaba con el rostro abrasado, a la vez que el cuerpo consumido, me infligía un vahído tangible. Se imponía en mi proceder un cambio de talante. Así que, dispuse reservarme de los rigores del clima. Al llegar a su altura, comprobé que podía ser lo bastante honda para albergarme. Sin temor, agachado y a ciegas, me introduje en ella hasta que la tiniebla fue siéndome familiar. Me sorprendió la pulcritud de la gruta, y me tendí en la primera cámara, intuyendo que la caverna abarcaba más recintos cerrados. El silencio pétreo al que yo, ya estaba hecho, se convirtió por arte de magia, en hebra de terciopelo, y me dormí.

Cuando desperté, la obscuridad reinaba todavía en la caverna. Sólo un inerte rayo de luz, se abría paso a su través. La alborada, afable con mi escualidez, transigía beneplácita, permitiéndome seguir tumbado un rato más. Yo seguía con la mirada esa hilacha centelleante, como si emanara de una alidada celestial, que apuntase hacia la pared rocosa del interior. Lo curioso es, que al incidir contra la roca, aprecié un leve destello que me intrigó. Me incorporé rehuyendo de la nefasta flema que arrastraba, y me arrimé al punto de incidencia del rayo de luz. Al palpar la roca, noté que algo recio afloraba del aglomerado de arena, caracolas, y otras conchas marinas, que componían por ese lado la maciza pared. Trataba de desconchar esa amalgama sabulosa, rasgándola con tanta gana, que sentí un corte vivo en el dedo índice de mi mano diestra. No fue la sangre a borbotones, que chorreaba por el pedrusco de la pared, y que, atajé velozmente con una venda de trapo, desgarrada de mi vestidura andrajosa; sino más bien, evidenciar que sólo una pieza metálica y afilada, podía originar esa especie de herida, lo que en verdad me alertó. Seguí raspando con cautela, hasta descubrir una alguaza herrumbrosa, y por su tamaño, presentí que formaba parte de un cofre o arca.

Escarbando, desguarnecí la pared del cascajo que la arropaba, hasta descobijar una segunda alguaza, y los desechos de la tapa o frontal de un cofre de roble roído por los años. La madera estaba tan vencida, que al extraerlo, me fue imposible no despedazarlo. Sólo rescaté un mohoso alfanje, algunas monedas oxidadas, y un pergamino deshecho en trizas, que a duras penas ensamblé. Aturdido y emocionado por el hallazgo, di gracias a Alá de permitirme cual pionero, hallar un arma blanca con la hoja curva, y la empuñadura damasquinada, que atañía y ennoblecía tan llanamente mi cultura. Pensé en el acto, que cualquier desafortunado como yo, y que hubiese naufragado con otra arcaica galera en la isla, no hubiese dudado, antes de caer cautivo, en desprenderse de él. Desde luego, nunca pensé que fuese el vestigio ancestral de algún mercader árabe. Pero el pergamino era lo que más me tenía intrigado, pues la textura del papel denotaba una aspereza y un grosor, fuera de lo común. Y cómo dentro de la gruta, apenas se distinguían las monedas y la escritura borrosa del pergamino, cavilé examinarlas fuera.

Cuando me volví hacia la exigua abertura de la gruta, advertí que el rayo de luz ya no señalaba el mismo lugar. Entonces, deduje que quienes fueran los que escondieron ese cofre en ese lugar, habían de ser buenos navegantes, pues sabían medir ángulos, y conocían el valor del acimut del sol, al alba de esos días remotos. Traspasé la estrecha boca de entrada a la cueva, y me dispuse a revisar lo desenterrado. Las monedas no parecían de curso legal, pero lo que verdaderamente me encandiló, fue que la escritura era árabe, mi lengua materna, y sobre todo, la fecha del documento: El 23 del mes de Schewal del año 645 de la Héjira (Era mahometana), luego las monedas habían de ser antiguos cequíes o dinares nazaríes, y se desbarataron todas mis previsiones. Estaba ante unas reliquias, y me propuse averiguar de donde provenían, leyendo el manuscrito. Sorprendentemente, a medida que iba leyendo el texto, advertía cómo el primer pasaje transgredía todos mis rudimentarios conocimientos del lenguaje. Al cabo de un rato estrujándome los sesos, entendí que lo que me parecía un galimatías sin sentido, era sin embargo una sutil criptografía, que ocultaba un mensaje. Es decir, los caracteres eran arábigos, pero el idioma era una lengua romance. Luego tuve que, descifrar a fuego lento el texto del manuscrito, y transcribirlo para poder referirte lector, lo que en él se apuntaba.

Te ruego que seas indulgente, con la prosaica redacción de un beduino, pues has de cavilar que, arraigan en mí muchos defectos, que acarreo irremisiblemente desde mi nacimiento, y de los que aún, no he logrado desligarme. Son ínfimos vicios costumbristas, que procuraré atenuar para no defraudarte. De todos modos, para proteger la intimidad de esa aljamía, revelaré sólo los datos que no deterioren la integridad del autor, pues si recurrió a semejante ardid, temería por su vida o por la de su corresponsal. Más aún, cuidaré también de las sentencias que afecten a la ética o religiosidad del escrito, acallándolas inexorablemente, pues estimo oportuno inhibirme de las suspicacias que puedan engendrar. No obstante, y a pesar de lo aludido, este relato ambiciona ser memorable.

Por lo tanto, traeré a la memoria el período de la reconquista y postrero a la época del declive de los reinos de taifas o banderías, cuando el destinatario del manuscrito, de nombre Abdul Ben Slimane, que era el astuto reyezuelo de una tornadiza aljama arrumbada por la serranía toledana, y que tenía por esposa a la bisnieta de un visir del insigne califato de Córdoba, recibe a través de un emisario lego a la doctrina mahometana, el susodicho pergamino. El contenido del mensaje responde a una consulta que un mes antes, el propio Abdul Ben Slimane había hecho al ilustre rey de Granada, pidiéndole consejo acerca de las rutas libres de huestes cristianas, para llegar a los puertos de Gibraltar o Algeciras. Se infiere que, Abdul Ben Slimane suponía que dichas plazas fortificadas, estuviesen aún en manos de tropas musulmanas. En cualquier caso, si preveía cruzar el estrecho, su inquietud residía en el hecho que, había amasado una gran fortuna en monedas de oro y plata, piedras preciosas, aljófares, y otras alhajas de opulento interés, asaltando y saqueando un avaro y rico mercader hebreo de nombre Aben Rabí. Temía que este intentara recuperar el botín, aliándose con alguno de los intrépidos cruzados, que proliferaban ya por aquellas tierras.

El ilustre monarca de Granada, no sólo le señala el camino para atravesar Al Ándalus, sino que le aconseja, que una vez en Marruecos, no se detuviese hasta llegar a la localidad de Gulimim, más allá del río Dra, pues las insidiosas luchas tribales que pululaban por todo el imperio magrebí, podían frustrar su tentativa de iniciar una nueva vida en aquel continente. Además, le recomienda desconfiar de la profana soldadesca de los reyes españoles, y que también andaba revuelta en aquellos berenjenales moriscos. Le ruega acogerse bajo la tutela de un emir pariente suyo, que disponía de una gran escuadra de navíos, y que le ampararía defendiéndole de las represalias, que el rencoroso Aben Rabí pudiese llevar a cabo. Asimismo, le indica que enviará al citado emir una epístola, en la cual, hará referencia secreta de la ubicación de una isla, donde Abdul Ben Slimane pudiese esconderse un tiempo prudencial. Le promete que el emir no vacilaría en armar los bajeles precisos, y encabezar la singladura pactada. El manuscrito incluye los versos alejandrinos de un poeta almorávide, que ensalza el atractivo esplendor de las riberas de la isla, y que al parecer, era el lugar de esparcimiento preferido por los reyes y príncipes de esa dinastía. El sabio monarca concluye su discurso, alentándole a perseverar en su genial discernimiento y coraje, alabando a Alá por el bienestar de su vasallo, y rememorando una frase, que proclama cual oráculo, que sólo Alá, ser supremo y omnipotente, vence en todas las luchas que los seres humanos acometemos.

Cuando finalicé la ardua lectura del manuscrito, alcé los ojos, y desde el ribazo donde se situaba la caverna, miré hacia la línea del horizonte evocando unos cánticos berberiscos del alto Atlas, que entoné a media voz. Era el repentino exordio de un caprichoso alborozo, que sensatamente me invadía. Entonces, contemplando por encima de las dunas, el ancho mar que anegaba la playa, grandiosa y sinuosa como una sierpe mitológica, me afané en soñar despierto. No creo que fuese la desacertada incuria que me incitase a ello, ni el agreste silencio del lugar, ni una pena errante, pues he soportado embates mucho más ruines. Imaginé, porqué deseaba imaginar. Y tanto deseaba imaginar, que vislumbré varias chalupas o esquifes arribando a la playa, con sus tripulantes prestos a poner pie a tierra, y columbré que pronto, los botes de esa flotilla serían varados sobre la fina arena rubia. A lo lejos, imaginé reconocer los flamantes bajeles del emir que, apurando la bonanza de la marea, fondeaban en una rada invisible. Imaginé la marinería alzando las velas y echando al mar las pesadas anclas. Imaginé distinguir las toscas indumentarias de los marinos, y oír sus voces zaheridas por unos gritos que rebosaban de familiaridad cerril y burlesca.

La virazón soplaba floja a sotavento, y respiré hondo, como si me deleitara en ella. Al término de esa pausa, me precipité eufórico hacia la playa. Estaba tan ensimismado, que imaginé caminar entre una bien pertrechada cáfila, en la que se aviaban fardos y se tramaban bastas cubiertas de cañizo, de las que unos ascaries en tropel disponían adecuadamente, para montar las tiendas de un campamento fabuloso. Imaginé ver la carpa del emir armada ya, y que aventajaba al resto de las tiendas por su suntuosidad. Imaginé que al pasar delante del alfaneque, veía sus esmeradas alfombras, y elogiaba los adornos de su elegante y amplio aposento. Imaginé el diván acogiendo el consejo de los alfaquíes más notables. Imaginé engalanados jinetes cabalgando alazanes de pura raza mauritana. A la sazón, todo me era tan llano, que me regodeaba en ese dichoso lance sin denotar fatiga ni inquietud. Al anochecer, francamente entusiasmado, trepé hasta la cima de un cerro aledaño, y elaboré una almenara que los bajeles rezagados pudieran avistar.

Al volver, imaginé alcandoras diseminadas por la playa, y venados asándose al rescoldo de su leña. Llegué casi a oler ese aroma tan inconfundible. Imaginé las mujeres, ataviadas con paños de lana teñida o alquiceles de lino o algodón, y pañuelos de seda con los colores del arco iris, que cubrían sus cabellos. Las imaginé atareadas alrededor de unas vasijas de barro, amasando harina de centeno, trigo, sal y agua, o repartiendo las hogazas recién horneadas. Imaginé las risas de los niños jugando entre ellos. Imaginé la buenaventura de esas gentes piadosas, sin más anhelo que la virtud, sin más pesadumbre que el desarraigo, sin más vicio que el hambre, y sin más picardía que ser nómada. Era una gente apegada a hábitos ancestrales, y tan allegada a mí, que no eché de menos su afecto. Me bastaba su cordial cortesía y acogida. Entre ese pueblo comedido y leal, imaginé vivir y soñar.

Al cabo de un plazo razonable y lícito además, los imaginé desarmar ese vivac ingente, y estibar todos sus enseres o ajuares en los bajeles. Imaginé sus rostros tristes derramando lágrimas de desconsuelo por doquier. Imaginé sus almas tan apenadas, que no cabrían en mi dilatada aflicción. Los imaginé marcharse descalzos, tal y como llegaron, al compás de la melodía que emanaba de un albogue o caramillo. Se fueron sin desperdiciar barcia alguna. Sólo las cenizas de las brasas aún cálidas, y que las mareas vivas de la canícula equinoccial halarán mar a dentro, acordaron gravarse en mi memoria. La mayoría aguardó hasta el oscurecer, para que la noche disculpara su partida. Luego, izaron las velas a medias, como queriendo desairar el terral que soplaba sin fuerza, débil, como herido de muerte. Al ver la flota distanciarse sin otra opción, que la de implorar por una apacible travesía, lloré como un incrédulo.

Comprendí entonces, que en el mundo de por dentro, no se sabe nada, y que ni tan siquiera se sospecha. A saber que rondé así, como un loco, hablando a solas, sin imaginar el sueño del juicio final, ni él del infierno, ni él de la muerte, así hasta ahogar mis penas en los charcos de misericordia que brotaban de alguna recóndita albariza. Pero de repente, me sentí huérfano. Acaso tuviese yo que imprecar mi fortuna, por verme aterido y sollozando, como un hombre pusilánime y sin recursos. Pues no. Seguí vagabundeando por el litoral, infringiendo cualquier precepto que la razón seductora me sugiriese. Caminé entre los nubarrones de recelo que origina ese tipo de actitud. Y no paré hasta quedar exhausto, cerca ya de una aldea que llaman Morrojable.

Por aquellos días, ya no divagaba. Pero las fortalezas infranqueables de hierro y hormigón que se erguían ante mí, como monstruos prehistóricos, aterradores e invencibles, dañaban sin embargo el encantamiento, que cual acólito fiel y aquiescente, venía asistiéndome. Vi unas máquinas diabólicas machacando sin piedad las laderas de los cerros periféricos. Entre los jirones harapientos de mi vestidura, oculté el alfanje que llevaba en la mano, pues admití a regañadientes, que me sería inútil en esa maraña de obras gigantescas y desgarbadas. Fue una rendición inicua, y sin mucha fanfarria. Vi energúmenos de piel blanca repantigarse en unas hamacas, y embadurnarse con cremas balsámicas antes de tostarse al sol como lagartos. Al cabo de un rato, se incorporaban sedientos, y, resollando a duras penas, interpelaban al paso un lugareño, que andaba por ahí, ingeniándoselas con cocos y otras frutas tropicales. Otros, en pelota o desnudos, huían contrariados, increpando sin ton ni son, cuando el viento arreciaba, y la arena de la playa los desollaba sin compasión.

Vi en la claridad del día, que se sentían importunados por mi rústica presencia, y sin embargo yo andaba debelado. Tal vez en los saraos o bacanales que organizaban en la lobreguez de la noche, fuesen más transigentes, aunque tampoco pensaba quedarme allí para comprobarlo. No quise engrosar más mi desengaño, y con el ánimo enfangado de estupor, me largué de allí. Había vuelto a la cruda realidad de un mundo que me era ajeno e impenetrable. La adustez de los modales que esa gente solía gastar a mansalva, ultrajaba la lucidez de mis sentidos. Hasta el punto, que no percibía más que barruntes y arremetidas, contra todo lo que no fructificaba en un lucroso negocio.

Me dirigí hacia las casas de la aldea, para trocar las monedas del cofre recuperado, pero todos mis intentos de canjearlas por alojamiento o alimento se vieron frustrados. Me rechazaban de plano, como a un hereje. Eran palabras desalmadas e injurias sutiles, que interpreté al vuelo como que por allí, no se vivía de cuentos ni de historias raras. Mi andar indigente acabó por levantar sospechas infundadas, y unos alguaciles sañudos y depravados, estando yo desprevenido, me apresaron. Al cacheo que como vulgar delincuente fui sometido, debo el dar con mis huesos en la trena, pues a pesar de contarles la verdad, hallaron que el alfanje, los dinares, y el manuscrito, eran pruebas asaz fehacientes de mis fechorías futuras.

Desde mi improvisada celda, la única evidencia que de esa patraña pude colegir, fue hacer caso omiso a esa manía estúpida, del ser humano en apropiarse una tierra, y no admitir que, en verdad, es él quien pertenece a dicha tierra. Es parte de una filosofía primitiva, que me inculcaron tres indios canadienses, que para explorar por su cuenta y riesgo el viejo continente, y los países de los colonos que sin tregua los invadían, se enrolaron como polizones en aquellos vetustos galeones. Forma parte del indeleble reflujo altruista, que acarreó el descubrimiento de América, y cuya doctrina arraiga esculpida con cincel, en un mármol de la plaza de la República, en un precioso pueblo del sur de Francia llamado La française. No te cuento más lector, aunque quisiera, pues se sale del propósito de este relato. Pero fue el argumento que alegué ante el juez instructor que gestionó mi irrisoria instancia, y que pasmado ante tan irrefutable testimonio, no dudó en ordenar que me devolviesen lo despojado, y me liberasen.

 

Libre otra vez, mas harto escarmentado, estimé que antes de sufrir otro tropiezo infausto, me sería útil entregar el alfanje, las monedas, y el papiro con la escritura aljamiada, a un museo de las islas que los custodiase debidamente, y donde todas las ánimas vinculadas a ese género de vestigio, pudiesen admirar unas de las piezas más distintivas de mi cultura. Asumí desprenderme de ese tesoro sin rencor, pues jamás cavilé valerme de la infidencia como moneda de cambio al cobijo que ese territorio me ofrecía. Es más, visto el interés desorbitado que los nativos arrepentidos del archipiélago, mostraban por esas joyas atávicas, escribí a mi primo Hasan Algazara para que, en un abrir y cerrar de ojos, me enviase una alfombra voladora. Ya que de la encuesta realizada a los innumerables visitantes del museo, deduje que la mayoría la echaba en falta, y que eran los menos, los que no ansiaban alelarse con un viaje al mundo de las maravillas.

Por lo tanto, solicité a la autoridad competente un permiso ilusorio, y armé un tingladillo aledaño al museo, donde se exhibían las reliquias de ese imperio errado por los laberintos de la historia. Y sin más escollo que reprochar a mi primo la estrechez de la alfombra, me dediqué a despachar billetes para viajar por el universo de los espejismos paradisíacos. Volcábase la muchedumbre en adquirirlos. Tanto, que tuve que ofrecer té con hierbabuena entre el azorado cardumen de criaturas, que se amontonaba al frente del insólito tingladillo. Y es que navegar por el reino del ensueño puede ser harto provechoso. Todos sin excepción agradecían la gira. Algunos llegaban provistos de sus cestas de mimbre, donde incluían suculentas meriendas; otros, que no podían contener la tremenda emoción, ululaban más y mejor, que las gárrulas en temporada de cópula.

Convertí la plaza cual ágora retrógrada, en un zoco próspero y audaz. Fueron días felices que ayudaron a atenuar la injusta indiferencia de la que venía siendo objeto. Hasta recibí una misiva del sultán de Guayedra, animándome en el empeño. A pesar de causarles desvelos inefables, también los gobernadores locales, brindaron por el éxito del ventorrillo. Recibía cartas de todos los rincones de las islas felicitándome, mas exigiendo astutamente, que les reservase un sitio en la alfombra mágica. No quise acrecentar el ajetreo de esta quimera, pues entendí que todo ese agasajo, era el ineludible reembolso de la discorde albaquía de tantos siglos de apática y ufana lontananza.

Eramos tan parejos, que hasta en los sueños ingeniábamos las mismas barbaridades. Hasta tanteó aliárseme algún que otro consagrado orador canario, que sugería cómo realizar un sublime viaje naturalista a la Atlántida, adorando figuras de barro cocido, que llaman ídolos, y que se precian con tanto o más celo. Imaginé pues, acceder a su oferta, mas la rechazé, porque era más charlatán que mago. Al final de esta estólida aventura por el afortunado reino de los sueños, únicamente sé, que la concluí tan solo como la inicié. Algún desaprensivo la tachará de farsa, y puesto que payaso, de seguro que habrá sido alguna vez en la vida, leerla será, como verse reflejado en el frágil espejo de su candidez. Y cómo igualmente, aspiro a que rememores esta trilogía, la ultimaré lector, como casi todos mis cuentos, mencionando que también los mestizos harapientos, desde su soledad, divisan la tenue luz que desde cualquier resquicio astral, emite la estrella de la mañana, que señala la puerta del cielo, refugio de pecadores.

 

Febrero 2.002.

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