Caricatura de un gomero en apuros y despistado.
Han tenido que arreciar, las tan anheladas lluvias, furibundas, como casi todo lo que llega tardío o a destiempo, sin avisar, en tromba que perjudica más de lo que beneficia; de pronto, y a una hora impertinente de la madrugada, para que me atreva acometer este esbozo insignificante. Pergeñar desde mi destartalada pluma de escritor humilde, lo que un hábil dibujante es capaz de plasmar sobre una cartulina, sólo con la ayuda de un carboncillo, es la tarea que me propongo realizar, desvelado y mosqueado. Este oficio es una caja de sorpresas, pues el proyecto rondaba mi imaginación desde hace tiempo, y resulta que de repente, escribo, ya no para agradarte lector, sino más bien, para no reventar de risa o de pena. Para el caso que nos incumbe, da lo mismo, pues la caricatura es un género picaresco, que encubre en el ánimo de la gente muy desenvuelta, tanto una carcajada como un llanto. También es preciso recalcar, que oculta una sonrisa o una lágrima, en el semblante de la gente más aprensiva.
Son tal vez las aciagas vicisitudes que acarrea el andar de aquí para allá, hospedado en albergues de poca monta, donde la precariedad es norma común, pero no vulgar, el motivo de mi empeño en retratar a un gomero en apuros y despistado. No pretendo evadirme de miserias mundanas, ni ensañarme con una víctima indefensa. Pues el gomero de hoy, es un prodigio de erudición y astucia que goza de innumerables ventajas. Me planteo el reto, como un simple ejercicio literario, sin más. Por todo lo susodicho, estimado lector, te pido disculpas de antemano. Y, siempre que las musas de mi entendimiento me lo permitan, me aplicaré en el trazo, y evitaré de ser grosero o mezquino en las formas.
Si Bartolomé Esteban Murillo, insigne pintor, alcanzó bien merecida fama, por impregnar algunos de sus cuadros de una viveza inconmensurable y de un realismo admirable, no hay duda que poseía una técnica depurada para tal fin. Ese no es mi caso. Por lo tanto, vadeando la enorme laguna de mis carencias, describiré a grosso modo algunos rasgos que perfilen al sujeto, para posteriormente, adentrarme en el caso concreto del relato. Deseo hacer constar, que extenderé esta penosa, pero no fastidiosa tarea, describiendo sus hechuras, y descubriendo algunos indicios de su temperamento, pues es necesario dar cierta entidad, a este voluntarioso ejercicio.
Alternaré a mi libre albedrío la exposición, pues si la cara es reflejo del alma, quizá sean los andares reflejo del terreno que pisamos. Quiero decir con esto, que no abultaré esta historia con dijes perniciosos, para que redunde en beneficio de la claridad y gracia del texto, siempre que, en algún párrafo aflorase. Intentaré no caer en el error de pintar una mera fotografía de familia, ensanchando tanto el escenario como la escena, hasta abarcar aspectos del devenir del personaje en cuestión. Es consabido que toda criatura ignorante de su pasado, hiere su porvenir.
Sigo siendo Ismail Al Addrus (el estudioso), y di suficiente traza de mi identidad en un cuento titulado "Pasajeros, al tren". Cuento, que aún no he tenido la honra de divulgar, so pena de acarrear agravios no deseados al fulano protagonista de aquel evento. No quiero infringir las normas más elementales de convivencia entre vecinos, ni ser tachado de desagradecido. Pues alentado por sus beneficiosos consejos, he decidido ser cauto en todo lo que concierne la crítica, y eludir cualquier clase de pleito.
En 1973, naufragué en una playa del vasto sur de la isla de Gran Canaria con otros compañeros de fatiga, los cuales, agobiados por la penosa travesía, y decepcionados por no lograr el objetivo marcado, enfermaron de tristeza. Era nuestra intención, desde África cruzar el Atlántico. Hazaña, que reza en el cuaderno de bitácora de la decrépita patera en la que navegábamos, y que dio fe de nuestra inocencia, ante las autoridades que nos apresaron. El hecho de ubicarse, las Islas Canarias se infiere, en la derrota prevista, era ajena a nuestra voluntad. Andábamos influidos por las fábulas de ciertos respetuosos mercaderes libaneses y sirios, que describían América como un vergel prolijo en oportunidades para mozos bien plantados como nosotros. América es la anhelada meta que todavía perseguimos, siempre que Alá así lo disponga.
Dando tumbos por las islas orientales del archipiélago canario, conocí a Juan José Santisteban Pernambuco de Armas. Me recomendó mudar mis hábitos rigurosos de beduino empedernido, por otros más acordes con la época brillante que vivimos, desplazarme a la isla de La Gomera para familiarizarme con sus comedidos entretenimientos, y adquirir el refinamiento exquisito de sus costumbres. A juzgar por el ardor de su testimonio, son infinitos, calurosos, e inexorables, los lazos de amistad que unen la isla de La Gomera con una república americana, patria del libertador Simón Bolívar, llamada Venezuela. Es tal el influjo que esa república (llamada octava isla) ejerce sobre el archipiélago, que me pareció la idea genial, y, fruto de ese mismo parecer, es la digresión de esta maltratada reseña. Por lo tanto, yugulo drásticamente mi discurso y vuelvo al tema que nos importa, aunque te induzca pensar, pío lector, que este negocio no es más que un dédalo de insensatez.
Situaré al individuo, de nombre Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo, en un pueblo de las medianías, cuna de grandes y fervientes defensores de la isla. Alejado las necesarias y suficientes leguas de la capital, para no tacharle de villano. Con pocos asuntos pendientes en la isla más cercana, y eminente, que le evite motes livianos, mordaces, y jocosos. Además, tendría que recurrir a una lengua que me es ajena para apodarle "gomero light", y sería como conspirar a favor de los ingleses, que por cierto, en un tiempo no tan remoto, pretendieron conquistar estas afortunadas islas. En cuanto al encaje, pictórico se entiende, aprovecharé un folio apergaminado para los primeros apuntes, y si la textura del papel lo permite, resaltaré su faceta más amable, diluyendo a contraluz los defectos, de los que, como todo isleño que se precie, incluso anda provisto.
No desarmo el caballete hasta otra oportunidad más propicia, puesto que no soy pintor. Pero agarro el papel, lo despliego y tiendo sobre un tablero que me haga el avío, y sin más preámbulos, pongo manos a la obra. A ojo, se diría que Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo es un dechado sin parangón, de medidas casi perfectas. Pero si perfilo su retrato con grafito puro, acentuando el contorno de este bosquejo, digo que el tamaño de su cabeza es desproporcionado, y asimismo, luce una calvicie repentina que procura resguardar con un sombrero de palma indiana. Las exageradas dimensiones de su mollera, son quizás, fruto de su excesivo afán por analizar a todo súbdito foráneo que aparece por la isla. Es una tarea inmensa que requiere un cerebro privilegiado, pues no cabe en una enciclopedia ilustrada toda la sapiencia que se precisa, y fatigar la sesera de ese modo imperdonable, y sin reposo, ha de desarrollarla a la fuerza. Supongo. Aunque un amigo virtuoso, cuya sapiencia respeto, me refirió que, ese afán de observar a todo ser humano que recala por esas latitudes, es simplemente un complejo de sastre, que no podría sacar a relucir en una simple caricatura. Y es que, confeccionar un traje a la medida, impone una seriedad y fidelidad ajenas al propósito de este boceto. En fin, afilaré a cuchilla la mina del lápiz, dejaré a un lado el carboncillo, y me esforzaré en la siguiente estrofa.
Realzar a mano alzada, la calva de Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo (Que Alá sea misericordioso y me ilumine en este aprieto), me es prácticamente inabordable. Pese al inconveniente, y aunque acabe con los dedos pringados de creta blanca, revelaré que es la infeliz secuela de un paroxismo despiadado, que encaramado a un carro arrastrado por corceles apocalípticos, le produce insomnios crueles. Es como el estruendo de un galope desbocado, que hostiga y perturba su meritorio descanso. Según los abuelos del lugar, que más confianza y credibilidad atesoran, y que, fingiendo mutismo unos, otros embarcándose en singladuras de fortuna, escaparon a las atroces persecuciones de un levantamiento que acabó en guerra civil; todavía emanan de unos pozos recónditos y otras fosas volcánicas, lamentos y gritos sofocados, causando vigilias dantescas a la inocente prole de los antiguos edecanes de un risible oportunista de tres al cuarto. Son desgarradores gemidos y llantos de almas angustiadas, que resuenan como hálito atormentado o aliento cautivo, que se propagan entre las fallas geológicas de la isla y, por sus galerías subterráneas, acosan el sueño de la gente honesta, y empañan la reputación de los culpables de tan aberrante, macabra, y execrable ignominia. ¿Será el resurgir de una voz inconsciente de la historia? En cualquier caso, reconciliarse con el pasado, siempre será la brega futura.
Si bien, en el arte sublime de la pintura, se aconseja no pintar graso sobre magro, para que las pinceladas no chorreen sobre el lienzo; en este arte menor, gráfico y con tintes irónicos de la caricatura, también se corre algunos riesgos. Es obvio que para eso están. Encararlos valerosamente, plantea al dibujante un gran quebradero de cabeza, y si le observas detenidamente (al caricaturista se comprende), acertarás en evidenciar, lector, que tiene por costumbre resolverlos con una espontaneidad inusitada.
Pocas veces he mirado a los ojos de Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo, ya que suele usar una enormes gafas oscuras que le protegen del intenso sol que azota la isla. Y, como los días nublados no sale de su casa, enmendaré la caricatura con unos quevedos a la usanza del siglo pasado, o sea del XIX, que manifiesten avaricia, y una desgraciada cortedad de vista. De todos modos, ve poco. Es una miopía congénita a una falta de intuición, o previsión, que grava su futuro sin apenas darse cuenta. No sólo con ilustración y picardía se cimienta el porvenir de un pueblo. Es esencial adivinar la tendencia, el alcance, y la calidad moral de los flujos migratorios, tanto humanos como de recursos; para adelantarse a un eventual estado de cohecho, codicia o ambición, y atajar sus efectos perjudiciales.
¡Cuántos beneficios aportaría si utilizase simplemente unas lentillas! Aliviaría la penuria de los africanos menesterosos y hasta paupérrimos, que huyendo de conflictos y vejaciones, zozobran a diario por las aguas circundantes a la isla. Evitaría que algunos desalmados isleños, se lucren especulando vilmente con las desgracias ajenas. Acabaría siendo alabado por los parajes más recónditos de África Occidental. Sería como una figura mitológica, cuya obra figure impresa en leyendas venideras. Su bondad colmaría los corazones de una gente que habita selvas remotas, resarciéndola de los quebrantos, calamidades, y demás suplicios que acarreó una época de tráfico de esclavos, y cuyo esplendor denigrante parece persistir, encubierto hoy, por fórmulas desdichadas y temporales.
Urdir un entramado social tan denso y ecuánime, que palie, encauce, y revierta en provecho, los trastornos de otras culturas, es a mi juicio, espinoso. Sin embargo, cabe algunas atenuantes que facilitan la imparcialidad de esa temible y ardua tarea: la tolerancia, la discreción y el respeto. Siempre que las actuaciones vayan encaminadas en ese sentido, todos podremos sentirnos satisfechos.
Son las orejas de nuestro héroe, ejemplares. Las retocaré con pigmento de grafito para darlas volumen y profundidad. La prueba de que sus orejas adolecen de fama y reverencia, es su oído. Es tan fino, que es capaz de oír chismes inexistentes o ínfimos, que aunque fueran susurros, los amplifica hasta límites insospechados. Y, en un ardid sutil, acaba convirtiéndolos en murmuraciones que difunde por todos los rincones de la isla, como si fuese pregonero mayor de asuntos impropios y extravagantes. Cuento este descaro, porque lo viví en mis carnes. Yo, siempre fui un hombre pobre. Pero no sé qué tipo de cábala o sortilegio me arremetió, y con tan próspera furia, que en una ocasión, me confundieron con un célebre magnate, que entre otras pertenencias, disponía en Montecarlo, de un coche deportivo de marca Ferrari, una espléndida finca en La Riviera, y un boyante negocio en Andorra. Que Alá sea alabado, por haber disfrutado aunque solo fuese un día, de tan tremendo desconcierto. Aunque por mi atuendo de beduino, lo más formal hubiese sido, confundirme con un rico sultán de Damasco. Pero, la senda de estos chismes es tan fortuita.
Decidí hacer correr tantos y tan abultados y falsos rumores acerca de mi persona, que borré toda huella de mi glorioso pasado. De ese modo, he rematado una faena que me convierte en un hombre nuevo. Te aconsejo lector, aunque seas un granuja matutero, que si un día resuelves adquirir nueva personalidad, no dudes en visitar la isla para disipar cualquier matiz de tu legítima identidad. Si eres honesto, acabas despreciado; si eres filósofo, podas palmeras; si eres amable, te metes en pleitos; si eres modista, usas cabellera postiza; si eres forastero, te olvidan; si cantas bien, ahórrate el esfuerzo pues ni existes. En fin, una sarta de despropósitos acreedores de ser baluarte invulnerable ante cualquier asedio imprevisto.
La nariz, ni te cuento. Está dotado de unas napias enormes, rectas y picudas, de las cuales asoman unos pelos cortos que detienen todos los tufos nocivos. Por lo tanto, respira un aire muy limpio que le confiere un olfato tan agudo y perspicaz, que los días de caza, se abstiene de llevar a los podencos apropiados. Sale solo, y como un auténtico sabueso, se arrastra por tierra y husmea cualquier matorral extraño. Es capaz de rastrear por su cuenta y riesgo, desde lagartos o conejos, hasta perdices morunas. Por ese motivo, se ha llevado no pocos disgustos, pues su noción de la botánica deja mucho que desear, y su entusiasmo se salda a veces con las napias ensartadas de púas de toda índole. Por consiguiente, perfilaré su nariz con un trazo grueso y tosco, que resalten unas napias robustas, y curtidas a prueba de zarpazos esporádicos.
Debido a su peculiar inclinación por silbar (medio patrimonial y predilecto de comunicación en la isla), su boca es deforme. Aún así, alberga una quijada mellada, rematada por unas fauces descoyuntadas de tanto mascar caña de azúcar. Le gusta, y la importa de una isla vecina, pues los riscos y despeñaderos de La Gomera entorpecen su cultivo. Dibujaré la boca cerrada, por eso de: "en boca tapiada, no entran moscas, ni salen sandeces". Ha mudado el habla lánguida y zalamera del alegre sur, por un tartamudeo exótico tan embrollado, que se hace incomprensible a todo mortal. Si añadimos que se confunde al acentuar los vocablos esdrújulos, no hay quien lo entienda.
No obstante, los días en que hace gala de inspiración y elocuencia, su plática es amena y chistosa. Suele alternar en charlas instructivas, donde los trapos sucios de los vecinos más notorios de la isla terminan tan blanqueados, que ni con cal viva se obtiene semejante estropicio. A propósito, de tanto usar un trozo de guiñapo al que recurro para difuminar el cariz de esta caricatura, me veo obligado a tirarlo a la papelera. A partir de este momento, y a pesar de no alcanzar la rica armonía tonal deseada, utilizaré la goma de borrar.
Completaré esta parodia sombreando un gaznate robusto, encajado entre hombros macizos, que anticipen una anatomía forzuda. Y, prolongaré su fisonomía agregándole un cuerpo, canon de proporciones idóneas, que con sotana de fraile y sandalias de pescador, encuadraré en una miniatura de color terroso cálido, a escala un quinto de su cabeza, que produzca un engaño visual de ridícula ficción. Final de esta primera parte, y prólogo inevitable, de la chirigotera anécdota que luego adelanto.
En contra de lo que se pueda deducir de esta composición, el fulano en cuestión goza de un prestigio bien fundado, y sus ocurrencias figuran en el repertorio de los cómicos más relevantes de la comarca. No hay quien dude en sugerir sus peripecias como referencia obligada a cualquier simposium en la materia. Y, hasta allende los mares, se tienen noticias de su vivaracho deambular.
Me dijo una vez, disimulando su gangosa verbosidad.
A modo de orador fogueado en campañas de ultramar, lo habían invitado a intervenir en un certamen de la villa de Palma de Mallorca; pero había discutido acaloradamente con uno de sus vecinos, acerca del trecho que recorrería para trasladarse a la isla balear. Según Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo, la isla de Mallorca distaba una y mil millas de su querido hogar, y estaba dispuesto a demostrarlo aceptando la invitación. Se sentía incómodo, pues tenía que acreditarse como locuaz hablador y ducho en la materia. Además, andaba levemente escéptico, pues como buen isleño reacio a abandonar su terruño, era la primera vez que se aventuraba a salir de la isla.
Aplaudí su arrojo para animarle en su desatino, pues yo sabía que su curiosidad por averiguar cuentas ajenas, no toleraba límites tangibles. Así, tendría dos acertijos en que distraerse en sus ratos de esparcimiento.
A mi juicio, era una tremenda confusión; o tal vez, se solicitaba su presencia para entablar una conferencia irrisoria. Pues aunque era un hombre culto, le costaba tanto explayarse en público, que aburría al auditorio. Rivalizaba en algunos coloquios regionales, pero solía inscribirse con distintos seudónimos, y de ese modo, confiaba en echar mano de varias oportunidades para encandilar a la concurrida audiencia. Esta vez no, y como experto en temas colombinos, disertaría sobre el origen hebreo del ilustre marino genovés. Por lo que me alegré, ya era hora de que tomaran en serio sus agrestes pesquisas al respecto. Me confesó que elogiaría las proezas del almirante en una égloga concienzuda, que había redactado en las mil y una noches que llevaba sin cerrar los ojos de puro desvelo. Como un diestro arúspice romano, presagiaba el reconocimiento a su labor por parte de la comunidad científica, y se imaginaba coronado por los laureles de una gloria futura. Tal era su convicción, que embaucó en el empeño a dos de sus honorables paisanos y colegas, con quienes compartiría el lustre que otorgaba el encuentro, el triunfo de su cultivado discurso, y todos los gastos de viaje.
Pues no se equivocaba, y así fue. Un colosal éxito que lo elevaba a lo más alto de un excelso estamento intelectual, le auguraba un sin fin de halagos durante su estancia en Mallorca, y un recorrido por tertulias y fiestas privadas de toda índole. Sus compañeros celebraron el insólito acontecimiento, alabaron su oficio de pensador correoso, y le felicitaron por la maestría exhibida en su actuación.
Los tres amigos gozaban de tantos placeres mundanos y demás frivolidades, que olvidaron el tiempo que había transcurrido desde su llegada a Mallorca. El último día del periodo concertado con la agencia de viaje, se encontraban inmersos en un convite bien surtido, a cien leguas o más del aeropuerto, y como cándidos tenorios, alardeaban con los magníficos encantos de unas muchachas liberales que esa tarde les acompañaban. Se resistían perdonar sus hermosos atributos, y Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo, el que más. Tan empapado estaba de las conquistas del descubridor de América, que con el espíritu exaltado, se creía un apuesto galán distinguido por las academias más influyentes del lejano Caribe. Estaba tan enfrascado en cortesías plebeyas, que cuando quiso darse cuenta, los avisos de sus colegas eran gritos de alerta. Se habían excedido del plazo razonable para volver al hotel donde se albergaban, disponer de su abultado equipaje, y dirigirse al aeropuerto.
Tan alarmados estaban, por las siniestras adversidades que podrían sufrir si perdían el avión, que la fértil huerta balear les pareció campo de secano. De ahí el dicho de: "poner los pies en polvorosa", me imagino. Perdona pues, mi ignorancia lector, ya que como zagal africano, he de echar mano de mi fantasía para despachar algunas sentencias breves, que ustedes llaman aforismos, y que todavía no alcanzo a dilucidar. Lo cierto es que, no sucumbieron ante las delicias de unas muchachas atónitas, que vieron como sus pretendientes huían de un compromiso que apenas procuraron sellar.
Ni la premura del solícito portero del hotel, ni la pericia del taxista que los trasladó al aeropuerto, ni la benevolencia de los dioses, les salvó de perder el vuelo programado. Y es que, las prisas malas consejeras y los aeroplanos de ahora, no saben de la diosa Venus, ni de llevar al huerto, ni de gestas remotas, sólo entienden de puntualidad. Así que, afligidos, tuvieron que regresar a isla de La Gomera, por todos los medios variopintos que puedes concebir lector. Y, no relato aquí las peripecias acaecidas en semejante empresa, pues son suficientes para escribir otro tanto, en él que, tendría que simular un clima de comedia, para encubrir la genuina tragedia que sobrellevaron. Sólo referiré algo del malestar de Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo y de su facha, cuando después del fiasco, y al cabo de dos semanas de vagar precario, casualmente lo vi llegar a la isla.
Estaba demacrado. Poseso de un moderado delirio, me contó, que para engañar su panza hueca y no adelgazar más de la cuenta, se ejercitaba soñando que no tenía hambre. Lo desfiguraban unas barbas, que más que barbas, asemejaban estropajo de esparto adherido a sus mejillas. Me reveló que había trocado sus gafas de sol por una noche de hospedaje en una fonda tan cutre, que los lamparones del mosquitero le impedían resoplar. Fue una de las pocas veces que vi sus ojos, lagrimosos de abatimiento. Por vestimenta, tan sólo unos harapos abrigaban su destartalado esqueleto, pues a fuerza de necesidad, había malvendido todo su vestuario de novicio en rondeñas, y demás artes de galanteo. Flaco favor le habían hecho, en un lugar de la mancha que prefirió no recordar, y donde sin saberlo, se enredó con unos truhanes que le prometían manutención, pero cuyo apetito feroz saciaban, robando becerros en las fincas por donde pasaban. Optó por seguir cultivando su meritorio ayuno antes que zamparse la vianda de gorra. De ese modo tan decente, había escapado por los pelos, de acabar con su ya maltrecho deambular, entre rejas. A pesar de estos gajes, se juzgaba en deuda con su implacable tozudez, pues seguía sin admitir que las millas que separaban los dos archipiélagos, no eran mil y una, como él afirmaba. Tendrían que pasar varios años, antes de que reconociese su portentoso error.
Así como la aventura del retorno había trastornado su habla defectuosa, en una conversa más diáfana, también sus puntos de vista acerca del ámbito en él que se las apañaba, habían mejorado sensiblemente. Fue poco a poco apartando de su idiosincrasia lo más superfluo, y entendió que entre la dicha y el desamparo, sólo hay un soplo de vida. Recuperó el sueño perdido, y me prometió enmendar su severo talante. Con lo que, agradecí a Alá, que en su infinita sabiduría, yo pudiese recuperar a un amigo que daba ya por errado en el piélago de la intransigencia, y seducido sólo, por el beneficio ruin y decadente de estos tiempos modernos.
De lo que se deduce, que no vacilaré un instante en hacer añicos la lámina de papel acartonado en la que esbozo estos garabatos. Los tiraré a la papelera, y, por si acaso Alá, en su perpetua bondad, favorece mi suerte de humilde beduino, y algún día, logro emigrar a América; de ahora en adelante me dedicaré más a proyectar escorzos de obras arquitectónicas de gran y principal mérito, que caricaturas a tiempo parcial o contrarreloj. Si alguna vez lector leyeras ésta, arguyo que, alguien la ha estimado digna de figurar entre tantas otras, y ha encajado de pura pena o risa, las trizas. Vale.
En cuanto a Celestino Ambrosio Aurelio Infantes del Saucillo, dudo que accediera ni tan siquiera a ojearla, y menos aún a leerla pues. Luego andará absorto, según le plazca, en temas astronómicos o celestiales, que le ocuparán todas las horas del año en contemplar, acechando a través de un gigantesco telescopio, la tenue luz que desde el universo sideral, emite la estrella de la mañana, que señala la puerta del cielo, refugio de pecadores.
Diciembre 2001.
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